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Cuando faltaban tres días para cumplirse un mes ininterrumpido de protesta social en Colombia, en medio de muertos, heridos, desaparecidos, detenidos, saqueos, vandalismo y un país paralizado y en crisis, surgió una marcha del silencio en Cali, la ciudad más golpeada por estos 30 días de paro nacional.

Las marchas del silencio no son nuevas. Han sido protagonistas de la historia por quienes siguieron la filosofía de la No Violencia que promulgó el Mahatma Gandhi para independizar a la India de Gran Bretaña.

Seguramente hubo algunas similares que antecedieron a la India y mucho más reciente otras como la de Jorge Eliecer Gaitán, unos meses antes de su muerte en 1948. En esa marcha pronunció su famosa oración por la paz.

Ya en pleno siglo XXI, al inicio de la década del 2000 un gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria Correa, aplicó para su región la filosofía de la No Violencia y recorrió el departamento en marchas pacíficas promoviendo el diálogo como la mejor herramienta para conseguir la paz. 

La filosofía de la No Violencia, de la Resistencia pacífica, pareciera que vuelve a tomar fuerza en Colombia cuando se presenta como alternativa para exigir soluciones inmediatas y de hondo calado que necesita nuestro país que ya demostró no estar dispuesto a soportar más el incumplimiento de promesas y compromisos que se quedaron solo en el papel.

La resistencia civil para el caso que nos ocupa debe pensarse y ejecutarse de forma silenciosa y pacífica. Se debe estar dispuestos a resistir sin responder a las agresiones con más agresiones y mucho menos atacando primero porque la respuesta será igual pero más fuerte. La no violencia tiene como armas la palabra, la fuerza de voluntad y la disponibilidad para lograr consensos. Una marcha del silencio en la que se gritan insultos y se incita a la violencia, no puede lograr los objetivos deseados porque solo conseguirá gritos y agresiones de quienes fueron atacados.

Quienes lideran las marchas y quienes las apoyan, así no participen en ellas, coinciden en que cansados de esperar a que se cumplan los acuerdos suscritos encuentran como única salida el bloqueo a los sistemas de transporte masivo o el cierre de carreteras que frenen la economía del país para que sean realmente escuchados.

Sin embargo, llevamos un mes no solo de bloqueos y manifestaciones que han obligado al cierre de comercios; a la suspensión de empleados de sedes bancarias y entidades oficiales que fueron saqueadas, incendiadas o vandalizadas; a la pérdida de alimentos perecederos que no pudieron llegar a sus destinos o que ni siquiera alcanzaron a ser recogidos en las veredas donde fueron cultivados; a la muerte de millones de pollitos y la parálisis de miles de toneladas de mercancía que no pudieron llegar a puertos para exportar a mercados internacionales.

Grave panorama, sin hablar aún de la pérdida de vidas humanas tanto de civiles como de miembros de la fuerza pública; otros tantos heridos y una cifra que cambia constantemente de personas desaparecidas en medio de los enfrentamientos y los disturbios.

Todos colombianos, todos con una familia en casa esperando su regreso y seguramente todos con la esperanza de que pueden alcanzar un país mejor. La cuestión en estos momentos es el cómo. Porque si los mecanismos empleados hasta ahora no han servido hay que buscar otras alternativas y una de ellas es sin duda alguna, la de la No Violencia aplicada a su máxima expresión.

Hay que ponerse en los zapatos del otro, dijeron en Cali varios jóvenes emprendedores que lideraron la marcha del silencio. Ese puede ser un buen consejo que deberíamos seguir todos. Detenernos un minuto, respirar profundo y ponernos en los zapatos del otro. Es decir: pensar en lo que están pensando, sentir como están sintiendo y entender lo que están viviendo.

Eso genera empatía, solidaridad y consideración. Todas las víctimas de estos 30 días de disturbios, enfrentamientos y caos tienen una historia, todos. Un pasado, un presente y unos sueños a futuro pero su sacrificio hasta ahora, ha sido en vano. La violencia, otra vez nos recuerda que no es el camino.

Si vamos un poco más allá de nuestras propias necesidades e intereses y sentimos un poco más en colectivo, desarmamos los espíritus, deponemos la ira y fortalecemos los mecanismos de manifestar pacíficamente, en silencio y en resistencia civil las agresiones tendrán que detenerse, los abusos de autoridad y los excesos de la fuerza pública no tendrán sentido porque no habrá contra quien aplicarlas y en ese momento estará listo el escenario para sentarse a negociar.

Fuente

RCN Radio

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