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En un grupo de WhatsApp mi suegra informó hoy a la familia que yo me había muerto: “Buenos días q pena no puedo ir se murió el esposo de mi hija mayor hoy es el entierro a las 11”. Quedé estupefacto. Leí atónito el mensaje en la oficina y ya no quise ni pude trabajar más. Cómo lo iba a hacer si estaba muerto. Además, leí el mensaje justamente a la hora de mi entierro. ¡Qué locura! ¡Qué desatino disruptivo! ¡Qué desgracia distópica!

Todo empezó mal esta mañana cuando tuve que venir a la oficina a trabajar a pesar de que hoy era el Día sin Carro, decretado por la Alcaldía distrital para contrarrestar los altos niveles de contaminación y de congestión de las calles de la capital. El Día sin Carro debería ir acompañado de manera inexorable por el Día sin Oficina o, lo que es lo mismo, por el Día del Teletrabajo.

Mucho tiempo tuve que emplear para conseguir el transporte que me condujera a mi lugar de trabajo. La hija mayor de mi suegra me ayudó en el empeño. Al final, luego de una larga hora perdida, pude conseguir un carísimo servicio especial de Uber. Tiempo perdido, plata perdida, productividad perdida en estas dos horas de búsqueda de transporte y recorrido hasta la oficina. Sin contar el retorno a casa por la noche.

Claro que nada de eso importaba ya porque yo estaba muerto, como lo había dicho mi suegra. Yo le creo a ella. De hecho, contra todo pronóstico, nos llevamos bien con la mamá de mi esposa. No iba a inventar ni a pensar con el deseo que yo hubiera fenecido sin previo aviso. Bueno, casi todos los muertos mueren sin avisar, con excepción de un alcalde que se lo advirtió a un presidente.

Y ahora qué voy a hacer si estoy muerto. Ni siquiera celebrar que está lloviendo en la ciudad tras muchos días de calor infernal, tiempo seco e interminables incendios. ¿Será que los incendios en los Cerros Orientales eran un anticipo de lo que me esperaba ahora que estoy muerto? ¿Será que adonde quiera que vaya hay incendios todos los días hasta la eternidad?

Y yo que quería portarme mejor para no correr el riesgo de quemarme en la paila ardiente de la cocina de Lucifer. Pero eso tampoco importa porque ya no puedo hacer nada. Lo bueno –no hay mal que por bien no venga- es que ya no tengo que perder plata, ni tiempo, ni paciencia tratando de conseguir transporte para ir a trabajar a la oficina. Ni perder tiempo en las redes sociales ni en los chats para enterarme en mala hora de que me tuve que morir, así ni siquiera sepa de qué, ni para qué, ni por qué.

¡Ah carajo!, me está sonando el celular…
 

Fuente

Sistema Integrado de Información

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