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Como cada cuatro años, el corazón se acelera con la llegada de un nuevo Mundial de Fútbol. Este de Catar se ha convertido en uno de los más cuestionados y políticos de todos. Las miradas del mundo se han posado no sólo sobre el deporte, sino también sobre la realidad de esa monarquía absoluta árabe. Sin duda, se habla tanto o más de las condiciones sociales y políticas que se viven en este país del Medio Oriente que de figuras como Messi, Mbappé y Neymar o de las propuestas tácticas y estratégicas de selecciones como las de Argentina, Francia y Brasil. Casualmente estos jugadores, llamados a ser las estrellas del Mundial, estarán sometidos a una especie de fuego amigo, ya que los tres  juegan en el PSG.

Colectivos de mujeres, ong, dirigentes políticos, defensores de derechos humanos, activistas y hasta bares -que no vares- de diferentes lugares de mundo han anunciado su boicot a la edición 2022 del torneo balompédico que concita la mayor atención del planeta. Se habla de la violación de derechos humanos, de la discriminación de las mujeres, de fundamentalismo religioso, del apoyo al terrorismo, de la falta de libertades, de la muerte de centenares de inmigrantes en la construcción de lujosos estadios y de la persecución de la comunidad LGTBI por parte del Estado catarí. Incluso, se ha llegado a hablar más de estos temas que del propio fútbol.

Tras 12 años de cuestionamientos, la FIFA y las autoridades cataríes esperan que la primera Copa del Mundo que se celebra en un país árabe se desarrolle con normalidad y que pase a la historia por sus bondades deportivas y no por oscuras razones extradeportivas. Sin embargo, casi que es imposible desligar lo uno de lo otro, el fútbol del contexto económico, político y social en el que se desarrolla. Así para algunos el fútbol sea una religión que está por fuera de la vida cotidiana de las personas e, incluso, por encima de ésta.

La historia de los mundiales nos trae ejemplos contundentes de esta dialéctica entre fútbol y política. De deportistas que antepusieron sus postulados democráticos, su deber moral como ciudadanos del mundo, a sus intereses deportivos y económicos. Recordemos el caso del delantero holandés Johan Cruyff, uno de los mejores futbolistas de la historia, que se negó a jugar el Mundial de Argentina en 1978 en protesta contra la violación de los derechos humanos por parte de la feroz dictadura que gobernaba el país suramericano.

Para muchos, Catar es como una hacienda, inundada de gas y petróleo, y gobernada con mano dura por la satrapía de la familia Al Thani desde mediados del siglo XIX. Dicen que hubo ríos, pozos de dinero para sobornar y comprar subrepticiamente la sede de este Mundial y que los jerarcas de la FIFA están involucrados y se han enriquecido en esta burda pantomima de un emirato que no tenía estadios y que lo que busca es mejorar su deteriorada imagen ante la faz de la Tierra. La paradoja es que están logrando lo contrario, ya que los reflectores del mundo están alumbrando los siniestros entresijos de la monarquía catarí.

Pero no dejaré que, al menos por ahora, la antidemocrática realidad de Catar me haga olvidar de las hondas emociones –positivas y negativas- que nos han procurado los mundiales anteriores, bien sea porque las hayamos vivido en vivo y en directo o porque la historia nos haya permitido conocerlas a través de videos o de libros y crónicas. Para destacar, centrado a vuelo de pájaro en el último medio siglo, la mágica belleza del Brasil de Pelé, campeón del 70; el fútbol total de la naranja mecánica holandesa de Cruyff; la sinfonía poética del Brasil de Telê Santana en el 82, aunque no quedara campeona como merecía; la incursión de Colombia en Italia 90; la trágica eliminación de la selección nacional en Estados Unidos 94; la catalana España campeona en Sudáfrica 2010; la Alemania suramericana campeona en Brasil 2014, y tantos otros prodigios que nos han deparado los torneos orbitales.

En cuanto a este encantador deporte, también, soy medio romántico y lírico, amo el buen fútbol por encima de todas las cosas y de todos los títulos, me gustan la técnica y el juego exquisito, me maravillan los jugadores talentosos y admiro a técnicos propositivos que proclaman y exhiben un fútbol ofensivo, de ataque, creativo, como Guardiola, Menotti y Telê Santana. En ese sentido, confieso que una de las mejores selecciones que jamás vi, que más me han emocionado, que mejor me han representado en un campo de juego, muy por encima de muchas de las que han quedado campeonas, es la inolvidable -bajo la batuta de Santana- de Zico, Falcao, Junior, Toniho Cerezo, Éder y Sócrates.

Por eso, tal vez porque me pasó algo parecido a lo que cuenta de forma poética Jairo Aníbal Niño en “La alegría de querer”, “jamás olvidaré a mi profesora de filosofía. / El día del examen final, / al presentarle mi trabajo, / me dijo que me parecía a Sócrates. / Me llené de orgullo / y creo que los ojos se me llenaron de lágrimas. / Caminé hacia mi pupitre / como si lo hiciera por el aire, en palomita. / Era el mejor elogio que había recibido en mi vida. / Yo, parecido a Sócrates, el gran jugador de fútbol del Corinthias, / Sócrates B. S. de Souza Vieira de Oliveira, / el inolvidable mediocampista de la Selección Brasil”. 

Por eso, como dice Eduardo Galeano en su antológico libro “El fútbol a sol y sombra”, “he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios –o en la tv, digo yo- suplico:

-‘Una linda jugadita, por amor de Dios’.

Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”.
 

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