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“Se llama calma y me costó muchas tormentas obtenerla”: Dalai Lama

Se termina un año salpicado de violencia, agresividad, polarización, tormentas personales y colectivas, odio, rencor, ira, estrés y muchas emociones negativas juntas, tanto en el plano individual como en el social y en el político, tanto en Colombia como en el mundo.

Y estos problemas de la sociedad, de la política y de la mente, sin duda íntimamente relacionados, no se pueden asumir como si fueran fenómenos normales de la vida o de la condición humana. A no ser de que pensemos que lo normal sea vivir en una sociedad enferma de codicia, odio y violencia, como la nuestra, y con una mente perturbada por el rencor, el estrés y las ideas obsesivas, también como la nuestra. Hay que trabajar estos problemas para intentar superarlos, desde lo personal y desde lo colectivo; lo uno deviene en lo otro. En esta columna me centraré en lo primero: tal vez si mejoramos al individuo mejoramos la sociedad.

Deberíamos trabajar “por una sociedad libre de estrés y de violencia”, como reza el lema de El arte de vivir, una fundación humanitaria, educativa y sin fines de lucro fundada en 1981 por Sri Sri Ravi Shankar, quien ha sido nominado varias veces al Premio Nobel de Paz y quien se reunió recientemente con el papa Francisco.

No es fácil liberarse del estrés y la violencia, ni encontrar la calma y la paz interior, y muchos menos la felicidad y la iluminación, a las que con seguridad aspiramos todos. Tan no será fácil que el propio Dalai Lama, uno de los más importantes líderes espirituales del mundo, ha revelado: “Se llama calma y me costó muchas tormentas obtenerla”.

El yoga, la meditación, la respiración, la oración, los mantras, la relajación, el mindfulness, el servicio a los demás, el ejercicio y la alimentación, entre otras cosas, pueden contribuir a que contrarrestemos esas emociones negativas de la rabia, el rencor, el odio, el ego exacerbado, la depresión, la ansiedad, los trastornos obsesivo-compulsivos y a que alcancemos una vida iluminada por la calma, el amor, la compasión, la paz, el desapego, la trascendencia y la felicidad.

El consejo del yogui indio Swami Paramtej, reconocido instructor internacional de El arte de vivir, al que entrevisté en su más reciente visita al país, es contundente: “Mi recomendación es que aprendas a meditar lo más rápido que puedas porque en el mundo de hoy solo tienes dos opciones: o meditas o te medican, porque el tipo de vida que estamos llevando es muy estresante. El estrés te está afectando la mente, pero también te está afectando el cuerpo”.

Sobre la evidencia científica de las bondades de la meditación cito a continuación un párrafo del libro “El verdadero milagro”, del médico ecuatoriano Galo Salvador, egresado de Harvard, psicoterapeuta especializado en el manejo de las aflicciones del afecto y maestro de talleres de meditación:

“Al meditar, o cuando estamos en total bienestar u orando, nuestro cerebro libera óxido nítrico, un neurotransmisor que controla el flujo sanguíneo cerebral, libera endorfinas (sustancias internar que producen bienestar y alivio del dolor) y regula la producción de serotonina y noradrenalina; bajos niveles de estos neurotransmisores se asocian con ansiedad, depresión, obsesión y compulsión, entre otros desórdenes del afecto”. 

Desde los más remotos tiempos los hombres han buscado ese estado de gracia, principalmente en culturas orientales como la india, la china y la japonesa. En occidente se ha puesto de moda últimamente el tema a raíz de la evidencia científica de los beneficios de esas prácticas para la salud mental y corporal. Por eso, cada vez más médicos, psiquiatras y psicólogos recetan a sus pacientes terapias exclusivas o acompañadas de yoga, meditación y minfulness en países desarrollados, fundamentalmente, pero también ahora en países atrasados como Colombia.

Les confieso que al término de esta columna me espera un enriquecedor ejercicio de unión conmigo mismo, un encuentro con lo más profundo y auténtico de mi ser a través de la meditación. Será una práctica sencilla de unos minutos concentrado en la respiración y en la relajación a partir de unos deseos virtuosos dirigidos no solo de forma egocéntrica a mi bienestar, sino al de todos los demás, incluso al de la humanidad entera, hermandad a la que pertenezco. (Ahora recuerdo la fina y dura ironía de Facundo Cabral: “A mi edad, cuando me presentan a alguien ya no me importa si es bueno, malo, rico, pobre, negro, blanco, judío, musulmán o cristiano. Me basta y me sobra con que sea un ser humano: peor cosa no podría ser”). En esa práctica no faltarán algunos mantras, como el más primigenio y universal de todos: ¡Om, om, om! O como uno iluminador y lleno de esperanza: “Om mani padme um” (Guíame de la ignorancia a la verdad).

Se lo recomiendo a usted, querido lector; se lo recomiendo a políticos –incluso o empezando por los que tienen el ego muy grande o los que hacen gavilla y aprueban proyectos de ley en el Congreso a pupitrazo limpio en la madrugada, de espaldas al país-, gobernantes y dirigentes; se lo recomiendo a todos. Es probable que con cosas pequeñas como esta podamos empezar a construir una sociedad libre de estrés y violencia, y un mundo más compasivo y feliz. Soñar no cuesta nada.

Cabe aclarar que, si bien son espirituales, las prácticas de yoga, meditación, mantras o mindfulness no tienen nada que ver con el tema religioso o con la adoración a un determinado Dios en el contexto de profesar una determinada fe o creencia metafísica, política o social. Acá caben todos, como diría Facundo: judíos, musulmanes, budistas, cristianos, católicos, ateos, uribistas, santistas, petristas, fajardistas, lopistas y demás. 

¡Námaste! (del sánscrito ‘namas’: reverencia, adoración, y ‘te’: a ti, a usted). Námaste es mucho más que un saludo: “Te reverencio a ti”.
 

Fuente

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