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No volvamos a la guerra

Fernando Posada



Por: Fernando Posada

Desde los primeros días de los diálogos en La Habana, la violencia en Colombia se ha visto reducida hasta alcanzar los niveles más bajos de los últimos cuarenta años. Las épocas de pueblos tomados por las guerrillas, bombas que no distinguían entre civiles y combatientes, y saldos desoladores de colombianos muertos cada semana en combates sin sentido, como panorama al cual tristemente el país se había acostumbrado por décadas, han sido reemplazadas por la esperanza de una nación que aunque debate todavía su futuro, finalmente parece entender que un proyecto exitoso de nación no tiene pies ni cabeza mientras no haya paz.

Los años de los diálogos en La Habana han permitido a los colombianos dimensionar desde una perspectiva humana las lógicas del conflicto, una facultad antes removida por la mentalidad impuesta por la violencia. La ausencia de actos de guerra durante estos meses ha llevado a que los ciudadanos se replanteen la ideología del horror, entendida por muchos como algo natural, que glorificaba unas muertes y celebraba otras, para entender algo que aunque resulta obvio, era antes impensable: que los muertos de esta barbarie absurda son todos colombianos, en gran parte provenientes del campo, nacidos en contextos de mucha pobreza y sin oportunidades reales de vida distintas a involucrarse como actores dentro del conflicto.

Como una pausa en medio del repertorio del horror, estos tres años de diálogos de paz han funcionado para retirar lentamente las ideas que el conflicto había generalizado entre los colombianos, de que la violencia puede justificarse en ocasiones y que la muerte en medio de la guerra tiene más de gloria que de desolación. Las discusiones que antes se daban por medio de las balas, poco a poco han encontrado su lugar en los salones del Congreso y asuntos como la necesidad de reformas en los ámbitos agrarios y de participación política, han llegado finalmente y a pesar de una larga demora, a ser parte fundamental de los debates más importantes en la esfera pública.

Y aunque la manera en que los diálogos de paz han sido conducidos, tanto por el Gobierno como también por las Farc, ha sido cuestionada por algunos bandos políticos, debe decirse que durante las conversaciones de paz los indicadores de violencia se han reducido de una manera drástica. Según estadísticas entregadas esta semana por Cerac, en los últimos 11 meses el conflicto ha tenido su periodo de menor intensidad en sus 51 años de vigencia. Pero la realidad es que Colombia sigue en guerra, aunque ésta se encuentre detenida mientras los diálogos siguen su curso. La palabra final ante la terminación del conflicto acordada por el Gobierno y las Farc la tienen los colombianos y de su decisión dependerán miles de vidas en el futuro.

No hay razón para que Colombia siga condenándose a una guerra perpetua, cada vez más difícil de solucionar, en donde no existe ni existirá un ganador, y que en cambio nos ha acostumbrado a perder con resignación la noción sobre el valor de la vida humana. El proyecto de Colombia como nación solo podrá tener futuro una vez se logre entender que la violencia es el principal enemigo del progreso y la ciudadanía se decida a removerla de todas las esferas de la vida civil. Regresar a la guerra, por el otro lado, solo ahondará más los conflictos humanos que la han alimentado y dificultará cada vez más su posible solución.