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Detrás de cada rostro hay una historia que nos negamos a escuchar a veces, porque los confundimos con vagos o algo más.

Este 18 de diciembre se conmemoró el día mundial de los migrantes, una situación que se vive en muchos lugares de la Tierra pero de manera particular en países como Colombia, donde hemos recibido cerca de un millón 400 mil venezolanos cifra que, según las estimaciones, duplicaremos en los próximos seis meses. ¿Impresionante, verdad?

Como impresionante también el que se nos haya vuelto costumbre ver familias enteras de venezolanos vendiendo dulces en las calles, los semáforos y los puentes, o durmiendo en los albergues temporales o debajo de los mismos puentes donde en el día ofrecen los bolívares que ya en su país no tienen valor alguno, pero que para ellos puede significar la comida de una noche más, un paquete de pañales o una medicina urgente.

Se convirtieron en una escena más que vemos todo el tiempo y decidimos incorporar, como tantas otras cosas, a nuestra ya larga lista de realidades que llegaron a nuestra existencia y se quedaron allí sin mayor explicación, sin ninguna consideración, posiblemente porque no quisimos darnos cuenta que detrás de cada rostro de nuestros hermanos venezolanos hay una historia que vale la pena escuchar, para entender que necesitan una mano solidaria.

En uno de esos almuerzos que son tradicionales por esta época del año, nos reunimos en casa de una amiga varios colegas con nuestras familias para dar las gracias por lo vivido y por la amistad que se fortalece entre nosotros con el paso del tiempo. Y allí encontramos a Yair, un joven venezolano de menos de 30 años con su mujer Yermaín, de unos 25, y sus dos pequeños hijos: Aarón de 3 y Abraham de apenas un mes, y colombiano. A ellos, otra de nuestras amigas periodistas que los había conocido hace unos meses en un semáforo, los invito a ese almuerzo.

Han tratado de sobrevivir con dignidad después de huir de la crisis en su país donde dejaron padres, hermanos y otras dos hijas pequeñas. Él es perseguido político y está tramitando sus papeles de asilo en Colombia; ella llegó con él y con Aarón hace un año largo y se asentaron en Cúcuta, pero allí no les fue nada bien y decidieron venirse a Bogotá hace cinco meses. Aquí nació Abraham, quien no estaba en los planes de la pareja pero gracias a quien ya “se cerró la fábrica de niños”, dice ella con humor.

Han vivido en albergues de paso, en pensiones y en un hotel donde ella pudo trabajar algunos meses hasta cuando ya no se lo permitió más el embarazo. Ahora están en un apartamento por el que pagan 450 mil pesos de arriendo pero donde el dueño les ha permitido que le vayan pagando como puedan desde que nació Abraham.  Entre otras razones porque durante la dieta de Yermaín su marido, Yair, debió cuidarla y apenas hace una semana que pudo volver a trabajar en una construcción, donde “pagan más o menos bien y por lo menos sirve para lo inmediato”.

Algo que definitivamente no podían solventar en Venezuela porque “imagínense y para que se hagan una idea: allá el mínimo está en 4.500 y una bolsa de leche cuesta 7.000. Eso es simplemente imposible, así no se puede sobrevivir porque con esa plata no alcanza para nada. Si se come dos días, no se puede tres”, cuenta ella y confiesa que a sus dos hijas mayores se las está cuidando su mamá, pero que a las tres siempre les tiene que ayudar una hermana que también quedó en Venezuela porque por ahora no tienen cómo ayudarlos desde acá.

Por ahora tienen fe en que el 2019 les sea mucho más amable que el que estamos despidiendo, pero aseguran que han sido bendecidos porque siempre los han ayudado de una u otra forma. Y nos aseguran que el 90% de venezolanos que están en Colombia son gente buena, honesta y trabajadora.

Y claro que hay planes: Aarón va a ir a estudiar porque ya les dijeron que existe esa posibilidad y ya están buscando un jardín infantil para Abraham, pero quieren estar seguros de que sea en un sitio donde el bebé no vaya a correr ningún peligro “con todas esas cosas que uno oye de los abusos a los niños”. Resuelto el asunto y sin descuidar las vacunas y controles de salud que están recibiendo desde que ingresaron al país, ella volverá seguramente al hotel donde le prometieron que le darían trabajo nuevamente después del embarazo y él seguramente ya tendrá un contrato más estable.

Es cuestión de tiempo, dicen. Pero saben que todo ha sido posible con la solidaridad de tantos colombianos que, de una u otra forma, les han tendido una mano y les han hecho sentir que no están solos, que la adversidad va a quedar atrás y que algún día, ojalá no muy lejano, puedan volver al país más hermoso del mundo: el suyo.

Fuente

RCN Radio

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