El Festival de Teatro cumple 30 años tras ser fundado en 1988 por la inolvidable Fanny Mickey y el exministro de Cultura Ramiro Osorio

Con Argentina como país invitado de honor, la decimosexta versión del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá llega como una suerte de oasis cultural en medio del desierto de la política colombiana. Cuarenta obras -18 colombianas- de 15 países conforman la oferta teatral de este gran evento internacional en el contexto de la tragicomedia de las campañas electorales al Congreso y a la Presidencia de Colombia.

Treinta años se cumplen desde que en 1988 la inolvidable Fanny Mickey y el exministro de Cultura Ramiro Osorio fundaran el Festival de Teatro, el tercero más importante del mundo. Y casi 200 de la victoria del ejército patriota en la Batalla de Boyacá, liderada por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, que dio inicio a estos dos siglos de farsa, melodrama, tragedia, drama, circo y teatro del absurdo de esta Republiqueta Banana de Colombia.

La historia de nuestra Patria Boba se ha caracterizado por luchas intestinas encabezadas por prohombres como Bolívar, Santander, Laureano, López, Rojas Pinilla, Pastrana, Uribe, Santos, que en muchos casos han arrastrado el país a torbellinos de violencia, verbigracia la brutal y estúpidamente conocida como “época de la violencia”. Por antonomasia redundante, la “época de la violencia” en el marco de dos siglos de violencia. Como si la historia de la nacionalidad no fuese la historia de las más crueles y espantosas violencias, escenificadas a beneficio de intereses y veleidades personalistas, partidistas, económicos, religiosos, mesiánicos y megalómanos.

En algo se parece el Festival de Teatro a las campañas políticas: en ambos hay farsas, melodramas, tragicomedias, circos, sainetes, dramas, teatro del absurdo, histrionismo, cinismo, mentiras, teatro de payasos (clown-congresistas). En ambos hay también centenares de actores: unos cumpliendo su papel profesional de artistas de las tablas, que encarnan y dan vida a personajes salidos de la historia o de la imaginación de literatos y dramaturgos, y los otros cumpliendo su papel profesional de engañar con promesas y mentiras al electorado, a su clientela; de encarnar histriónicamente el cinismo y la felonía, y de vivir del ordeño y robo descarado y sistemático del erario.

Según María Pardo, vocera del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá y miembro del comité curatorial del certamen cultural, el festival está basado en conceptos como la tolerancia, el respeto y la amistad, tan distantes de los criterios en los que está fundamentada la política colombiana: la intolerancia, el irrespeto, el odio y el miedo.

El teatro nos abre horizontes vitales, nos permite asomarnos por ventanas estéticas e inéditas a otros mundos y vidas, nos posibilita identificarnos con personajes de la más distinta índole, nos ayuda a ser más felices, tolerantes, compasivos, respetuosos, comprensivos. Todo lo contrario a lo que nos induce la politiquería colombiana en esta época de los “fake news”, de las mentiras, de la manipulación, del rencor, del odio y de la estupidez. "Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo". Cuando Einstein profirió esta lúcida sentencia pareciera que hubiera conocido algo de la política colombiana. Siquiera no tuvo que saber nada de la actual, mucho peor que la pésima anterior.

El festival es único, irrepetible, y se realiza cada dos años; debería ser todos los años. Las elecciones, cada cuatro, pero parece que fueran todos los años por el desgaste, el estrés, el odio, el despilfarro, la corrupción y los excesos que producen. Aunque no den tamal ni aguardiente para ir a disfrutar de las obras de sala o del teatro callejero, el hecho de acudir a los eventos del festival expande los referentes culturales de las personas y amplía sus límites existenciales. Y no hay que vender la dignidad personal ni feriar el país a cambio de un mísero tamal o un corrupto aguardiente.

Los colombianos no podemos perder la oportunidad de reflexionar, emocionarnos, pensar, divertirnos, crecer y enriquecernos con los montajes del Festival de Teatro. Y no podemos tampoco dejar de estar atentos para denunciar los montajes y componendas de las campañas políticas en las elecciones. Bienvenido el oasis cultural del festival a la desértica política colombiana, una refrescante brisa que oxigena el caldeado y contaminado mundillo de la lucha por el poder.
 

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