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El problema de nuestro paralelismo es que está en juego todos los días la posibilidad de ser alguien para esta sociedad racista, clasista.

Hace 100 años las mujeres del mundo occidental estaban viviendo una revolución silenciosa que terminó por cambiarnos la vida a todas las personas que habitamos el planeta. Ellas, con una determinación increíble salieron a las calles a trabajar en la industria y en el agro para sostener la maquina destructora de la guerra. La muerte, la desolación y el horror de Europa pavimentaron el camino para cumplir el sueño de miles que esperaron pacientemente el cambio. 

No, las mujeres no aparecieron con la guerra. Ahí estaban. Sus voces habían sido calladas por siglos de opresión, sus derechos postergados, sus cuerpos lacerados, sus vidas invisibilizadas. Y ahí estaban. De repente, con el mismo ímpetu de la guerra empezaron a ser reconocidos sus derechos. En Colombia, ellas lucharon y consiguieron posibilidad de estudiar lo mismo que los hombres, de heredar, de ir a la universidad, de salir a votar, de tener cédula, de ser elegidas en un periodo de apenas 20 años. 

Igual pasó con los indígenas que, por años, fueron salvajes a quienes podían marcar como ganado en las haciendas caucheras, o lanzar expediciones en la selva para cazarlos. Apenas en la segunda mitad del siglo pasado, reconocimos en Colombia que tenían cuerpo, alma, vida. Ni qué hablar de las personas afro a quienes les impusieron una diáspora cruel que les ubicó en los confines más remotos de la tierra y después, con la mirada volteada de los blancos, les masacraron y jugaron fútbol con sus cabezas recién cortadas. 

A nosotros nos pasó igual. Nos sometieron a la humillación de la enfermedad, a la cárcel por amar, a la violencia por decir que somos diferentes. Y los de antes aguantaron, los de ahora disfrutamos de sus luchas. En 20 años, la situación de las personas LGBTI en Colombia ha cambiado radicalmente: nos podemos cuidar, nos podemos amar, nos matan menos, nos violentan menos, tenemos voz, podemos usar nuestros cuerpos para expresar qué tantas ganas nos tenemos. 

Podría seguir así, nombrando a cada minoría. A cada uno de nosotros los que llevamos inscrita en la piel la diferencia, a todas las personas que nos sentimos orgullosos de decir que el camino no es el de la normalidad. Para ellos, somos las paraciudadanías. El problema de nuestro paralelismo es que está en juego todos los días la posibilidad de ser alguien para esta sociedad racista, clasista, misógina y homofóbica. 

Ahora no solo están en juego nuestros derechos, hay voces que reclaman que el lugar único para las mujeres es la familia, que maricas sí pero no así, que a los negros les dejen sin tierra, que los indígenas no puedan decidir sobre sus territorios, que la periferia tenga que seguir como borrega a Bogotá. Ese proyecto regenerador que ha tomado fuerza a punta de miedo y mentiras no solo nos quiere quitar lo que la Constitución nos dio, también nos quiere quitar nuestro nombre, nos quiere nombrar desde la otredad negativa. 

Ya nos dijeron con una fuerza homofóbica “no-heterosexuales”. Ya escuchamos voces que con superioridad moral dicen que “Bogotá es Bogotá y el resto es tierra caliente” como si vivir en las alturas con la visión cortada por montañas sea mejor que ver los horizontes llanos o el llamado del mar. También, hubo momentos en que lo “no-culto” era cualquier tradición que viniera del folclor construido por generaciones. Ni que decir de todos aquellos que usan “mujer”, “nena”, “nenita” como algo despectivo, como un insulto a la masculinidad. Pronto correrán voces que prefieran la facilidad del “no-blanco” a tener que nombrar cada una de las diferencias de las personas cuya piel guarda el recuerdo África y América destruidas por los conquistadores europeos.

Nuestro lugar no es de paralelos, nuestro lugar no es en contraposición del otro. Nuestro lugar es la diferencia y la diversidad, que nos hace ricos, que nos enseña otros valores, que promueve la vida con dignidad y en paz. 

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