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Amenazas al caricaturista Matador nos invitan a reflexionar sobre la defensa de la libertad de expresión y el fanatismo en la era digital.

Vivimos tiempos difíciles para el ejercicio profesional. Por las piedras que tiran desde afuera y también por los errores que cometemos adentro y que alimentan esa peligrosa moda de descalificar a los medios y a los periodistas en conjunto como si la prensa libre fuera una opción y no una necesidad a la que no se puede renunciar en una democracia.  

Es apenas obvio y justo que los periodistas estemos en el ojo del debate público y que los ciudadanos, anónimos o no,  puedan criticar lo que hacemos y opinar sobre lo que publicamos. A los periodistas nos asiste además el derecho a opinar también sin abusar de la posición que tenemos. Debatir sin agresión, discrepar incluso con contundencia es un derecho democrático. Pero cuando se pasa de la crítica a la amenaza, como ha ocurrido con el caricaturista Matador,  hay que encender las alarmas y unirnos en la defensa de la libertad de opinión y de expresión. En Colombia una amenaza puede ser, y ha sido en el pasado, antesala de un atentado. Por eso condenar las amenazas debería ser una causa común sin distingo de credo. 

Sin embargo, como estamos ante una exacerbación constante del fanatismo político, religioso o ideológico, la defensa de los valores fundamentales tiende a quedar también matizada por los odios. Salir en defensa de la libertad de expresión, puede ser un riesgo en medio de los fanáticos. He visto mensajes que justifican y hasta aplauden las amenazas  y otros que defienden “su” libertad de opinar pero no la de los otros.

Esas posiciones extremas, dogmáticas y ciegas han existido siempre y por eso alguien decía que una vacuna contra eso era volver a leer a Voltaire. Imagínense ustedes el tiempo que tienen las ideas fanáticas que ya hace dos siglos y medio el pensamiento filosófico reflexionaba sobre sus riesgos. Fanatismo desde siempre pero lo nuevo es fanatismo en la era digital y eso le pone un ingrediente adicional.  

Hoy las ideas fanáticas se mueven a la velocidad de la luz, se propagan y comparten con las aplicaciones y algoritmos que permiten reforzar una y otra vez los mensajes con los que somos afines. De eso se trata esa mano oscura que se ha descubierto ahora y que asusta porque los que nos quieren vender ideas, productos o candidatos, se meten en nuestra historia, en nuestros secretos para calentar, por la vía de las emociones, nuestros pensamientos más radicales.

El fanatismo ve el mundo en blanco y negro, en buenos y malos, con una máxima sencilla pero contundente: los que no piensan como yo son los malos y mis enemigos. Si a eso se le aplica tecnología para manipular emociones pues tenemos ese monstruo del que no se salva nadie.

En un escenario como este lejos de condenar y querer acabar a la prensa lo que la sociedad necesita es más periodismo responsable y serio. Más reflexión, más análisis, más contexto y menos emoción para entender ese mundo con el que ahora solo nos relacionamos a través de las pantallas. Esa realidad en pixeles no es la verdad y son los periodistas, entre otros, los llamados a hacer el trabajo de fondo para bajar el fanatismo y volver los ojos a los hechos. Ayudarían aquí también los académicos, los filófosos, los investigadores aportando ideas y argumentos para combatir la guerra de insultos.  

Pero ahí viene el error de muchos en nuestro oficio. Como humanos que somos también entre los periodistas algunos (no todos) han caído en el fanatismo, en el periodismo militante, en la descalificación, en las notinovelas que solo apelan a mover las emociones y no a informar. Cuando estamos obligados a publicar hechos nos batimos a duelo de adjetivos, cuando nuestra obligación es confirmar y entender antes de publicar, nos metemos en la onda de todos de retuitear sin verificar. Hemos cometido errores que nos están costando caro a todos, a los que hacen esfuerzos serios por mantener la dignidad del oficio y también a los que venden su credibilidad en la búsqueda de ser tendencia efímera en las redes. Cuando se vende el alma al diablo, el diablo siempre cobra.

Se equivoca la galería cuando pide que crucifiquen a la prensa porque sin periodismo serio todos perdemos y se han equivocado muchos colegas que sucumbieron a las reglas de internet sin pensar en las consecuencias. Defender la libertad de un caricaturista para que se burle de todos con tranquilidad no es atacar a nadie, es defender un principio que nos da sustento como sociedad, pero los principios parecen pasados de moda en tiempos de fanatismo.

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