Por: Fernando Posada Luchar contra el escepticismo pareciera ser una causa perdida cuando la democracia, uno de los logros más bellos de la civilización humana, se ve carcomida por las maquinarias de la corrupción. Naturalmente es poca la esperanza que puede guardar la ciudadanía mientras observa cómo incluso la institución más sagrada se contamina. Entonces llega el desencanto, con el que todos perdemos. La desconfianza frente a las instituciones de inmediato comienza a tomar formas cotidianas, mientras que las tesis de la democracia, que por siglos han logrado mostrar sus virtudes, lentamente pierden su espacio. El mal ejemplo de tantos líderes, aún siendo distantes de los ciudadanos, comienza a mostrar resultados capaces de invertir todo el sistema de valores, amenazando con dar lugar a una sociedad disfuncional y condenada al fracaso. Algo, sin duda, está ocurriendo en Colombia, que a todos preocupa y que pocos se atreven a explicar. Las más importantes noticias en tiempos recientes bien podrían provocar emociones de alegría, cuando el proceso de paz avanza por su recta final y la Selección Colombia se prepara para regresar a las grandes ligas del fútbol mundial. Pero genera inmenso desconcierto que incluso en un país devastado por tanta guerra la esperanza no muestre señales, y que el ánimo colectivo se incline por el pesimismo y la desconfianza. Cuando las instituciones más sagradas se ven degradadas por la mano de los corruptos, toda la estructura pierde su estabilidad, mientras que los líderes incendiarios aprovechan la oportunidad para radicalizar. Para muchos la abstención como forma de protesta resulta ser preferible antes que salir a votar por políticos en quienes desconfían. Y la perversa lógica de los linchamientos para muchos otros comienza a parecer más legítima que la corrompida justicia, que pierde cada vez más su restante credibilidad. Es ahí cuando la cultura de la trampa desde las más altas esferas del poder muestra con claridad sus estragos en casi todos los ámbitos de la ciudadanía, tristemente dispuesta a dejar de creer en las instituciones que pasan por crisis. Pero debe quedar claro que la desconfianza y el pesimismo solo dan lugar a un círculo vicioso que podría volverse interminable, dando incluso más espacio a los corruptos para hacer de las suyas: no votar en protesta contra las maquinarias solo hace que éstas sean más fuertes y cuenten con mayor libertad a la hora de actuar. Es por eso que el escepticismo no debe ser la respuesta a la crisis institucional que atraviesa el país. Los caminos del activismo, la participación activa y la vigilancia de los recursos públicos por parte de la ciudadanía deben ser el mecanismo para reforzar la confianza y derrotar la corrupción. Hacernos a un lado desde el pesimismo solo nos condenará al fracaso. Twitter: @fernandoposada_