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El poeta José Luis Díaz-Granados se quejaba recientemente de quienes suelen abordar las tragedias desde una perspectiva matemática y en la coyuntura compleja como esta, lo suelen reducir todo a los números.

Todo parece ser una larga lista de enumeraciones, sin contexto, sin el drama, sin los sueños y sin las expectativas de los protagonistas.

Y a propósito de las cifras diarias de muertos y heridos, desaparecidos y detenidos, Díaz-Granados propone  leer el poema “Cuestión de estadísticas” de Piedad  Bonnett y que hace parte del poemario “El hilo de los días”.

“Fueron  veintidós, dice la crónica.

Diecisiete varones, tres mujeres,

dos niños de miradas aleladas,

setenta y tres disparos, cuatro credos,

tres maldiciones hondas, apagadas,

cuarenta y cuatro pies con sus zapatos,

cuarenta y cuatro manos desarmadas,

un solo miedo, un odio que crepita,

y un millar de silencios extendiendo

sus vendas sobre el alma mutilada”.

Y con esa visión descarnada de los hechos que desvirtúa que la poesía es más que un ejercicio estético y lírico y tiene un tono comprometido y hasta político, el poeta antioqueño José Manuel Arango escribió un poema titulado “Los que tienen por oficio lavar las calles”.

Un poema que dibuja el terror de las noches, como ha pasado por estos días, en la que han actuado los que algunos han llamado los halcones de la muerte.

“Los que tienen por oficio lavar las calles

(madrugan, Dios les ayuda)

encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre

Y la lavan también: es su oficio

Aprisa

no sea que los primeros transeúntes la pisen”.

El escritor dominicano Manuel Rueda escribió un minicuento titulado “La noche” y que resume el dolor y la indolencia generalizada, que podría resumir el carácter de lo que ha pasado estos días al amparo de las sombras.

“Es la noche, oscura como el antifaz de los asesinos. Muy cerca se oye un grito de terror, luego un disparo que lo silencia. Ninguna de  nuestras ventanas  se ha abierto; todos temblamos en el interior, absteniéndonos de ser testigos de un hecho que más tarde podría comprometernos. Un automóvil arranca y se pierde a lo lejos con su carga de muerte. En la esquina alguien agoniza en medio de un gran charco de sangre. A su alrededor un vecindario de culpables trata en vano de conciliar el sueño”.

Sobre el carácter de la poética y la literatura actual y su sintonía con el entorno y la naturaleza de lo que ocurre ahora, el poeta Juan Manuel Roca en su “Lección de Anatomía” señala que “la poesía ahora no es asunto de los dioses” e invita a todos a ser un poeta de verdad en un país de mentiras.

Roca señaló que  la poesía colombiana pasa por un buen momento y que “debe rondar lo social, lo surreal y desacralizar ese especie de espíritu solemne que la ha caracterizado”.

Finalmente el poeta Díaz-Granados dice que “hoy, más que nunca, resulta pertinente leer este desgarrador poema de Emilia Ayarza que podría ser un himno, un pregón de este tiempo”

Ayarza es una poetisa bogotana nacida en el año de 1919  y escribió un poema  en el que relata que nada pudo detener la muerte “que llegó a Cali navegando” y ante el dolor y la tragedia termina diciendo:

(La ciudad era un racimo de plomo derretido

y la muerte le salía a bocanadas).

La historia de Cali dejó de ser un río deliberadamente puro

por cuyas ondas los días eran barcos de vidrio.

El rojo fue una lluvia sostenida en el aire

y entre los montes de cristal la sangre

dibujará para siempre vitrales en la sombra!

¡Hay que llorar desesperadamente!

 

Fuente

RCN Radio

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