Cargando contenido

Una mirada a la poesía de la maestra Mary Grueso, quien desde Buenaventura ha creado un mundo cargado de imágenes vivaces y poderosas.

Cuando le pido que conversemos sobre lo que hace, lanza una de esas risotadas que lo llena todo de una energía particular y sólo atina a decir: “Que comience la fiesta”.

- “No la veo”, le digo, mientras cuadramos la conversación por un Facebook Live, como tiene que ser en estos tiempos.

-“No es necesario que me veas, invéntame en tu memoria”, me dice y vuelve a soltar una de esas carcajadas de campeonato, como si lo suyo fueran las sonrisas y no la poesía.

Es una de las figuras preponderantes de la poesía negra contemporánea y sobre ella hay  distintos titulares y reseñas que la califican  como la “voz que cuenta a los niños”, “la escritora del Pacífico” y “maestra de negros”, quien durante el Reinando del Pacífico en el 2016 desfiló orgullosa sobre un vehículo junto a un aviso que decía  “la reina del cuento y la poesía del Pacífico”.

Y comienza la fiesta y le pregunto de una vez por el  carácter de “La muñeca negra”, que tiene una versión de cuento infantil y de poesía, y que es una de sus obras más emblemáticas.

El cuento en versiones bellamente ilustradas empieza: “Este era un hombre casado con su mujer, tuvieron viviendo hasta que llegaron a tener una hija muy linda, de piel negra, tan brillante que el sol salía para verla y la luna para saludarla. Tenía unos ojos color miel y dientes que parecían pedacitos de carne de coco”.

La maestra Grueso afirma que este fue el primer cuento infantil que escribió y como si se desataran sus recuerdos de infancia, hace memoria de sus primeros juegos.

Recuerda que se inventaban muñecas con platanitos y con pan, les ponían un nombre y luego se las comían, tras repetir versos como este: “María Corcoma, que yo te bautice y yo te coma”.

Como en la vida real, “la muñeca negra” inicia con una súplica:

Le pedí a Dios una muñeca

pero no me la mandó,

se la pedí tanto, tanto

pero de mí no se acordó”.

No fue suficiente que ella pidiera antes de salir el sol, ni que pidiera insistentemente una muñeca “con ojos de chocolate y la piel como un carbón”, pues su padre le dijo perentoriamente “que una muñeca negra, del cielo no manda Dios”.

“Mi mamá muy angustiada

de mí se apiadó,

y me hizo una muñeca

oscurita como yo”.

Hay pertinencia entre lo que escribe, lo que piensa, lo que habla y entonces le pregunto por ese poema reivindicatorio que se llama “Negra soy”, que considera fue un ejercicio de autoreconocimiento y de “asumirnos para que los demás nos asuman”.

“Hubo una época en la que los negros no querían que los llamaran así, porque el término era deshonroso y se crearon unos referentes odiosos, pues nos decían 'niches', de color y una cantidad de expresiones para obviar la palabra negro”, dice de manera vehemente.

 “¿Por qué me dicen morena?

si moreno no es color,

yo tengo una raza que es negra,

y negra me hizo Dios.”

Protesta contra quienes quieren “endulzar la cosa diciéndome de color”, como dice:

“Así que no disimulen

Llamándome de color

Diciéndome morena

Porque negra es que soy yo”.

Mary Grueso, a quien alguna vez el escritor vallecaucano Leopoldo de Quevedo y Monroy describiera como “una voz de barco cuando llega al puerto”,  es la presencia viva de una historia que antes contaron  Candelario Obeso con su “Boga ausente”; Jorge Artel con “La voz de los ancestros”;  Manuel Zapata Olivella con “Chango el gran putas” y Arnoldo Palacios con “Las estrellas son negras”, entre otros.

La profe cuenta sus textos de memoria, para ser fiel a la oralidad que ha caracterizado a su cultura y explica que “nosotros que éramos ágrafos, guardábamos todo en el reservorio, y se muestra la cabeza, y aprovechábamos cualquier pretexto para contarlo”.

Para honrar la tradición, este fue un ejercicio de la memoria, aunque la profe Mary insista “que su memoria se fregó”.

Se vuelve a reír y se abraza a su muñeca negra y cuando se apaga la señal del Facebook live, solo queda la imagen de sus dientes, que como en el cuento infantil, parecen pedacitos de coco.

Y así termina la fiesta, esa que supone que mientras haya personas como Mary Grueso, siempre una conversación deliciosa.

Fuente

Sistema Integrado de Información

Encuentre más contenidos

Fin del contenido