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Qué tristeza comprobar que se nos volvieron paisaje, que a nadie le importan, que todo a su alrededor se volvió retórica.

El caso más reciente, o al menos el más conocido mediáticamente, es el de Diana Tatiana. Una niña de diez años asesinada en el puerto de Buenaventura, cuyo cuerpo fue hallado sin vida, atado de pies y manos y con evidentes signos de violencia.

La niña salió de su casa hacia la vivienda de una de sus familiares el sábado, pero solo hasta el domingo en la mañana cuando una de sus tías preguntó por ella, se dieron cuenta que nunca llegó a su destino del día anterior. ¿Es posible que en una familia nadie esté pendiente de un menor de edad como Diana Tatiana y que solo 24 horas después descubran que desapareció?

La búsqueda no tardó mucho porque la pequeña fue encontrada a solo diez minutos de la casa de su mamá. ¿Si la buscan a tiempo, habrían podido salvarla? ¿Y si alguien hubiera podido acompañarla hasta su destino final, se habría evitado el ataque y su posterior asesinato?

Se nos olvida que nuestros niños son pequeños, son vulnerables, necesitan acompañamiento, cariño, importancia. Pareciera como si los adultos nos hubiéramos acostumbrado a creer que los pequeños ya son grandes y pueden valerse por sí solos y defenderse de todos los peligros que los acechan día y noche.

Basta con recordar otros casos sonados, incluso algunos de adolescentes y adultos menores de 20 años, que son víctimas de engaño en redes sociales o de inescrupulosos y que son asesinados porque no tuvieron a tiempo un mensaje de alerta, un momento de compañía, una voz de aliento.

Y entonces nos acostumbramos también a las investigaciones exhaustivas y a los pronunciamientos de las autoridades que pregonan que a los responsables, “les caerá todo el peso de la ley”; que esta vez “no habrá impunidad porque las pesquisas irán hasta las últimas consecuencias” y un largo etcétera de frases prefabricadas para que abran noticieros y sirvan como titulares llamativos en los medios de comunicación que al día siguiente son pasado.

Pero nos acostumbramos tanto, que la situación está llegando a tal extremo, que ya ni siquiera se pronuncian las autoridades competentes. Ni siquiera para expresar el repudio y el rechazo;  la indignación y la consternación. Se ha llegado a tal extremo que las autoridades que debieran dar la cara y ponerse al frente de los casos, se excusan diciendo que no pueden hablar porque “su agenda del día está muy apretada”. O se amparan en argumentos como el de que: “Ayer se sacó un comunicado y se enviaron audios sobre el caso”.

Triste decirlo pero es así: Nuestros niños se nos volvieron paisaje que a veces ni da para un titular de prensa o una nota de registro. Ni los padres, ni los maestros, ni las instituciones de protección infantil, ni los ministerios, ni nadie se preocupa por la salud y el bienestar de los menores en su primera infancia, ni en la adolescencia como tampoco en la adultez temprana, esa que les hace sacar pecho a los chicos para decir que ya tienen 18 o 20, cuando en realidad siguen estando en la categoría de adolescentes vulnerables.

Las campañas deben ser de prevención, de acompañamiento, de educación y, sobre todo, de mucho amor, de abrigo filial, de reconocimiento, de juegos y cuidados. Que no salgan solos a la calle, que sepamos dónde están y con quién están. Que estemos pendientes de sus amigos en redes sociales, de sus amigos en el colegio y que al menos, sepamos en qué y con quienes ocupan y/o comparten su tiempo libre en las Universidades.

Que les dediquemos tiempo, tanto en cantidad como en calidad y que les hablemos para poder escucharlos. Para saber cómo piensan, qué sienten, qué los inquieta, qué los asusta, qué los hace felices. Que no se vuelvan paisaje porque ellos son nuestro futuro y el futuro de sus propias generaciones. De ahí que debamos atenderlos acorde a sus necesidades y sus proyecciones, pues serán ellos los que dominen el mundo. ¿Estaremos haciendo bien la tarea?

Fuente

RCN Radio

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