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¿Quién quiere ser funcionario?

Juan Manuel Ruiz

Por Juan Manuel Ruiz

Otro de los deportes nacionales --además de ser director técnico de fútbol y ministro de hacienda desde la comodidad de un sofá-- es despotricar de lo público y de los funcionarios. Sin embargo, la inmensa mayoría de los funcionarios son honestos, trabajadores abnegados, muchas veces sometidos y no pocas matoneados.


Sobre esto último, el matoneo comienza con el estigma con el que se ejerce la función pública: la espada de Damocles que pende sobre su honra y que lo mira sospechosamente como un corrupto en potencia que llega a la oficina a tumbarse la plata, a matar el tiempo, a burlarse de los ciudadanos y a esquivar sus deberes.


Nada más injusto. Conozco lo público. Sé de la angustia que acompaña a muchísimos funcionarios cuando llegan al trabajo, por las responsabilidades que tienen, por la carga laboral, por la inestabilidad de su puesto que puede ser removido de un plumazo porque hay que cumplirle la cuota a un senador o por capricho de uno de los jefes.


Esos funcionarios honestos son puntuales y tratan de hacer lo suyo en medio de engorrosos procesos, de papeles y formularios que tienen que llenar y radicar para cuando los contralores y procuradores lleguen a preguntar por qué no hizo esto o aquello, por qué tomó tal decisión y, si hay algún error, por qué lo cometió y si lo cometió con dolo.


Sé de muchos funcionarios que padecen el calvario del firmón de turno, del filipichín que les instalaron de la noche a la mañana como jefe y que llega con su cuadrilla como todo torero que se respete, con "nuevas ideas", mirando a todo el mundo por encima del hombro y barriendo con los puestos claves para cobrar lo suyo.


En lo público hay mucho martirio y demasiado matoneo. Hay mucho mando medio mediocre y abusador que toma su cuarto de hora para ejercer poder (poder, eso es lo que le gusta y excita), poder para humillar al subalterno, para hacerle saber quién manda y quién tiene la posibilidad de acabar con su futuro y su carrera.


Y aún así esos buenos funcionarios, la inmensa mayoría, insisto, siguen ahí, cumpliendo su labor en jornadas extenuantes, aguantándose al "doctorcito" o a la "princesita" que le nombraron como jefa, tomando Xánax o haciendo yoga para alcanzar un poco de tranquilidad en medio de la presión de los jefes, que es la presión política y el deseo de mostrar resultados para la galería.


Sé de muchos funcionarios que deben aguantarse los almuerzos para halagar al jefe, las colectas para el regalo de cumpleaños de la fulana que te mira con ganas de dejarte en el asfalto, las fiestas y parrandas que le organizan al gañán que dirige la entidad y que tiene el poder de ascenderte o de joderte.


Qué hipocresía, que ambiente tóxico suele haber cuando llega un personaje de esos a dañar lo que se está haciendo bien, a tirarse las cosas porque sí, para dejar huella, para sacar pecho con los logros ajenos o para torcer un proceso a favor de un amigo que lo espera como perro hambriento con la licitación en la mano en el andén de enfrente.


Sé de muchos funcionarios que han caído en la trampa de firmar lo que no debían, o de creer en lo que el otro firmó, porque el ser humano tiene la tendencia a ser confiado, a creer en la buena fe del otro aún sin saber bien quién es, pero creyendo que todos están en el mismo barco y remando hacia el mismo puerto.


¿Y todo para qué? Todo para terminar ¡con una investigación a cuestas que puede poner en riesgo su libertad y patrimonio! Porque así como en este país a nadie se le niega una calumnia tampoco se le niega una investigación.


Es que esa es la diferencia entre trabajar en lo público y hacerlo en lo privado. En el sector privado se parte de la confianza que te tienen y te contratan, te promueven o te echan y la vida sigue. En lo público se parte de la desconfianza que te tienen, te promueven con recelo, si te destacas demasiado te cortan la cabeza y de paso te envainan con los organismos de control con todo lo que en este país significa que te investiguen.


Ese círculo vicioso en el que muchas veces también es posible encontrar virtud, ha llevado a que las buenas personas quieran alejarse de lo público para dejar en manos de los conocedores del sistema el manejo de las cosas, de la cosa pública. Los idealistas y los sanos, que son la mayoría, se alejan del timón de las entidades porque no saben cómo hacerles el quite a las trampas que los mañosos saben poner en el camino.


Así es el asunto y así me lo han corroborado decenas de funcionarios a los que conozco y a los que defiendo, con admiración y con cariño. Porque desde el estado se hacen las grandes cosas, los grandes cambios, las verdaderas transformaciones. Pero a veces el precio que se paga es la ingratitud y la deshonra. Y la cárcel. Como le acaba de pasar a Andrés Camargo.