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Llevamos un larguísimo año y medio de pandemia sufriendo la inclemente letalidad del covid-19. Los colombianos y el resto de la humanidad nos hemos visto afectados por el coronavirus en el plano físico, emocional, mental, familiar, social, económico y laboral. Unos más que otros, pero en general todos hemos padecido el flagelo y las consecuencias nefastas derivadas de la peste.

El año pasado pensaba que esta durísima e insólita experiencia pandémica nos iba a dar la oportunidad de crecer como personas, de desarrollar una conciencia de las cosas verdaderamente esenciales e importantes de la vida, de vivir una existencia más espiritual y solidaria. Debo confesar, con suma desilusión, que pecamos de inocentes, ingenuos e ilusos. Ahora que se han reactivado la economía y el comercio, que se han abierto los espacios culturales y los escenarios deportivos, que hemos regresado todos los días a la calle y a la oficina –en algunos casos y empresas-, nos hemos dado cuenta de que sólo estábamos pensando con el deseo.

Con la reapertura hemos tenido que soportar el infierno en que se volvieron a convertir las calles de ciudades como Bogotá, tal como estaban o peor de lo que estaban antes de la pandemia. La manera agresiva, torpe y desconsiderada como han vuelto a manejar los conductores de la capital. El acoso de unos contra otros en las filas del supermercado, del cine, del estadio; incluso, en las colas para vacunarse. La misma detestable costumbre de los colombianos de echársele encima al que está delante en la fila. ¿De dónde vendrá esta molesta y peligrosa actitud en pandemia de este país maleducado e inculto? Pues, por eso mismo, seguramente. Y eso que, contrario a lo que algunos creen a juzgar por su comportamiento, aún no ha finalizado la pandemia por el coronavirus y lo más probable es que se prolongue durante mucho tiempo más.

Ni qué hablar de la inseguridad, la violencia y la agresividad en las calles y residencias de Bogotá y de muchas ciudades. Ya no se puede salir a montar en bicicleta, a caminar por el parque, a trotar por el barrio porque, si no lo matan, lo roban a uno. Y ni qué hablar tampoco de la polarización, los odios, los rencores, las mentiras y la intolerancia entre los colombianos de las más diversas ideologías, tendencias políticas o visiones de mundo. Ya no se puede opinar ni hablar prácticamente de nada en redes sociales porque se convierte uno en víctima de amenazas, insultos o matoneo virtual. 

Pero lo que son las paradojas de la vida. Cuando estábamos encerrados en las cuarentenas obligatorias o en los aislamientos preventivos deseábamos fervientemente poder salir a la calle, emprender un viaje, ir al cine o al teatro; incluso, regresar a la oficina, así fuese un par de días a la semana. Ahora que también nos tocó obligatoriamente y de sopetón regresar todos los días a la oficina, de forma ligera e improvisada, queremos estar trabajando desde la casa. Esto sí hay que entenderlo porque no es fácil pasar de la cuarentena obligatoria en la casa a la cuarentena obligatoria en la empresa, sin solución de continuidad y con todos los riesgos que esta última conlleva. 

También regresamos a la maldita corrupción de cada día. En realidad, nunca se había ido. Una mortal plaga a la que no se le ha encontrado vacuna. Y yo también tuve que volver a hablar de la endémica corruptela que nos agobia. Pasamos del carrusel de la contratación al carrusel de Mintic, dos expresiones distintas de la misma corrupción, la mayor peste de Colombia, que anega en la indignidad y en la miseria física y moral al país. ¿Por qué a ningún político estúpido y cínico de esos que conocemos y no sé por qué soportamos y elegimos no se le ha siquiera ocurrido la estúpida y populista idea punitiva de implementar la cadena perpetua para los corruptos? ¿Será porque ellos serían los primeros condenados? Porque la corrupción mata niños y adultos, los deja en la miseria, con hambre, los enferma, no les permite tener acceso a la educación ni desarrollar libremente su personalidad y su potencial humano. Por supuesto no pedimos cadena perpetua porque es contraria a la Constitución y a los derechos humanos, pero sí exigimos a la Justicia y al Estado que los corruptos vivan muchos años su cuarentena obligatoria en las cárceles del país. Y nada de casaquintas, haciendas o mansiones por cárcel. Y nada de rebaja de penas. Y nada de volver a contratar con el Estado. Y nada de tener la posibilidad de seguir robando a los colombianos como funcionarios públicos. No sean tan descarados y sinvergüenzas.

¿Cómo educarán estos cafres a sus hijos? ¿Cómo mirarán a los ojos a su mamá y a su papá? ¿Irán a misa y le rezarán a Dios? ¿O a Judas? ¿O a la Santísima Virgen María para tener éxito en sus fechorías como hacían los matones de la mafia descritos por Fernando Vallejo en “La virgen de los sicarios”? ¿O será que todas esas habilidades delictivas las mamaron en la casa desde la cuna? Algo tendrán que decir también los colegios y universidades donde se formaron estas lacras esperpénticas.

No sé si valga la pena insistir acá en que el problema de la corrupción e inmoralidad de empleados públicos y ciudadanos en general se debe atacar desde diferentes planos, tales como el educativo, el cultural, el cívico, el espiritual, el familiar, el político, el policial, el de la justicia, el penal, el carcelario, el social, el económico. Tampoco creo que los colombianos sean ladrones por naturaleza o que la corrupción sea consustancial al ser humano como afirmó un miembro de una de las familias más rateras que ha dado el país. Decir eso sería injusto y discriminatorio con los colombianos. Lo cierto es que sí son muchos los bellacos que hacen lo que les da la gana en este país dejado a su mala suerte por el Sagrado Corazón de Jesús. Y sobre todo por la Justicia y la “gente de bien”, que muchas veces es la peor.  

Algo hay que hacer de verdad y de fondo para combatir el flagelo de la galopante dictadura de la descomposición moral, social y política a la que estamos sujetos. No perdamos la esperanza de cara al futuro. Sin embargo, pese a que algunos dirán que no son todos los colombianos y que los buenos somos más, seguimos siendo gobernados, legislados, “liderados”, robados e influidos por payasos, ineptos, corruptos, ignorantes, mafiosos, zafios, infames, criminales y canallas. Por eso tenemos derecho a que a veces nos asista el pesimismo frente al oscuro porvenir de este país que por momentos parece inviable. Al fin y al cabo, ser colombiano es un acto de fe, como decía Borges.

Qué ingenuos pensando que íbamos a retornar más compasivos, amorosos y humanos a esta nueva (a)normalidad. Qué ilusos creyendo que íbamos a crecer como personas y a regresar mejores que antes de la pandemia. Qué inocentes imaginando que íbamos a ganar en civismo y en cultura ciudadana. Qué cándidos soñando con construir un mejor barrio, una mejor empresa, una mejor ciudad, un mejor país y una digna e inspiradora pertenencia a eso que llaman la raza humana. No hay indicios, ni señales, ni Ley de Garantías para atajar esta avalancha de podredumbre y putrefacción que ni el covid pudo eliminar o al menos minar.

El que mejor definió lo que somos fue el maestro Echandía, tan vigente hoy como entonces: Colombia es un país de cafres. O como muy castizamente diría el Quijote: un país de hideputas. O como lo he dicho alguna vez y se lo he oído decir a políticos, empresarios, artistas, deportistas, vecinos, periodistas, amigos y enemigos: Colombia es un país de mierda.
 

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