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Recientes cancelaciones de conciertos de bandas de rock y metal evidencia una contradicción sobre la concepción de valores y ética.

Una de las características primordiales del rock -desde su nacimiento- tiene que ver con el aspecto contestatario y rebelde de un género que, de forma cruda y explícita, se ha encargado a través de su evolución de señalar los defectos de las sociedades. El aspecto del denominado shock value siempre ha estado presente en este género musical, como en ningún otro en la historia de la música.

A raíz de esto, el rock (desde sus inicios en Inglaterra, a finales de los años 50) siempre ha tenido detractores y ha sido perseguido de distintas formas, hasta el punto de que por ley los discos de rock -desde los años 80 en Estados Unidos- tuvieron que tener en su carátula una advertencia escrita sobre el contenido temático de sus letras. Esto, a raíz de hechos lamentables como suicidios y el aumento del consumo de drogas por parte de los jóvenes (principales adeptos del género).

Sin embargo jamás un estudio logró demostrar que la música tuviera un efecto directo en los comportamientos, adicciones u estados psicológicos de una persona. Quienes emprendieron la batalla para censurar este género musical, a partir de esto, fueron derrotados en los tribunales porque los argumentos que esgrimieron para censurar el rock estaban infundados -según los jueces- y tenían que ver más con sus creencias religiosas o políticas que con un verdadero riesgo para la sociedad. Fe de ello pueden dar agrupaciones como Twisted Sister y Judas Priest, que asumieron la batalla legal en nombre del rock.

El pasado 5 de octubre en Bogotá estaba programada la presentación de la agrupación sueca Marduk, en un concierto privado. Era la tercera visita que hacía al país esta emblemática banda de black metal europea; sin embargo, desde el Concejo de Bogotá surgió la iniciativa del ‘concejal de la familia’ Marco Fidel Ramírez de impedir por todos los medios la presentación de estos artistas, por considerar que eran “satánicos, blasfemos y corruptos”.

Finalmente el concierto no pudo realizarse por que, más allá de la campaña mediática del concejal, en esta ocasión sucedieron cosas que jamás habían sucedido en la previa de ningún tipo de evento artístico en Bogotá.

Primero, el lugar en donde iba a tocar la banda fue sellado por la policía por la falta de un documento que certificara que el sitio era apto para hacer ‘conciertos masivos’ (cualquiera que haya ido a un concierto de black metal sabe que a este tipo de eventos en Colombia no asisten más de 600 personas); esta inspección se realizó la misma semana del evento.

El evento fue trasladado a otro sitio. El organizador del concierto responsablemente y a riesgo de apenas salvar económicamente su inversión, decidió suspender la venta de boletas (ya había entregado 150) y limitar este evento a un show exclusivo y privado. Sin embargo, la banda se rehusó a tocar alegando que temía ser deportada si realizaban el concierto, a raíz de amenazas que habían recibido durante su estancia en la capital. 

Vale la pena destacar que la noche anterior, la banda se presentó en un local similar en la ciudad de Pasto, lo que hace que se formulen varias preguntas sobre los estándares para este tipo de presentaciones y cómo varían de una ciudad a otra.

En la Constitución de 1991 está consagrado que Colombia es un estado laico y por ende hay libertad de culto y derecho al  pluralismo religioso, cosa que al parecer no sienta muy bien con algunos sectores religiosos en la capital.

Este año el cierre del primer día de Rock al Parque (evento público y financiado por el distrito capital) estuvo a cargo de otra banda sueca de black metal llamada Dark Funeral, que es considerada también ‘satánica’.

Días después de esta polémica generada a raíz de la cancelación del concierto de Marduk, también se produjo la cancelación del concierto que iba a ofrecer la legendaria banda española de heavy metal Ángeles del Infierno, en la ciudad de Ibagué, esta vez porque los dueños del recinto que había sido alquilado para este evento (un auditorio de un colegio privado) consideraron que la banda no representaba “los buenos valores”.

Sin embargo, Ángeles del Infierno se presentó sin ningún problema el pasado 10 de noviembre en el festival Altavoz de Medellín: de nuevo un evento público financiado por la alcaldía de la capital antioqueña y al cual fue invitada la banda española. Entonces otra vez surge la pregunta ¿Cuánto varían los buenos valores desde Antioquia hasta Tolima? ¿Son distintas las concepciones éticas dependiendo la región en donde nos encontremos?

Vale la pena recordar otro hecho de censura que se registró en el país con el rock hace un par de años, cuando el cantante venezolano de heavy metal Paul Gillman, conocido también por su activismo político y cercanía con el fallecido Hugo Chávez, fue anunciado como uno de los artistas invitados para Rock al Parque.

Esa vez el artista fue “des invitado” del festival después de una campaña mediática liderada por el empresario Julio Correal, al argumentar que Gillman era un vocero del régimen venezolano. Quienes han asistido a los conciertos de Gillman o han comprado sus discos quedaron sorprendidos, ya que ni en sus letras o presentaciones hace mención o apología alguna a las doctrinas chavistas.

El rock y el arte en general, al igual que el periodismo, la investigación y otras actividades que están estrechamente relacionadas con la denuncia, siempre tendrán en la religión, la política y el poder actores antagónicos quienes, a partir de sus propias creencias, buscarán frenar la vida de este tipo de actividades que no es otra cosa más que La LIBERTAD. 

*Shock value: estrategia para llamar la atención a través de acciones, contenidos o imágenes que generan reacciones como indignación, molestia, susto. 

Fuente

RCN Radio

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