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Sanders, Hillary y el triunfo del pragmatismo

Fernando Posada



Por: Fernando Posada

En una disputa por el aval demócrata que hasta el más ingenuo sabía que ganaría Hillary Clinton, el sistema electoral norteamericano demostró una vez más que un candidato con un apellido político fuerte tendrá siempre prevalencia sobre todos los demás. La paradoja más grande planteada desde la cuna de la democracia moderna es que llegar al poder, en un esquema que pregona la igualdad de oportunidades políticas para todos los ciudadanos, resulta más fácil para unos que para otros.

La campaña de Clinton no fue ni la más sobresaliente ni tampoco la más revolucionaria. Su discurso no evocaba la esperanza que hace ocho años generó entre los norteamericanos la primera campaña de Obama. La ex primera dama es sin duda una mujer capaz y sobre todo astuta, pero jamás habría llegado a ser la candidata oficial del Partido Demócrata en el escenario de no ostentar un apellido presidencial.

Y aunque Bernie Sanders siempre supo que la maquinaria y la chequera de los Clinton le arrebatarían el aval, mantuvo en pie su campaña hasta el último día. Financiando su aspiración por medio de donaciones de quienes lo apoyaban, Sanders supo sostenerse con firmeza dentro de sus ideales y evitó moldear su orientación política para conseguir más votos. Sanders además tuvo que lidiar con el desesperanzador balance de los medios de comunicación que desde un principio dieron a Clinton como ganadora y lo dibujaron a él como un romántico quijote que perseguía una causa perdida. Porque en un sistema electoral financiado por las corporaciones más poderosas, un candidato firme en sus convicciones siempre será visto como un loco, ajeno a estos tiempos tan difíciles para la democracia, en los que un aval tiene un precio y donde desde el comienzo de la carrera por las nominaciones todo el mundo sabe quiénes serán los candidatos.

Como en tantas ocasiones ha ocurrido antes, esta vez las primarias demócratas (cabe anotar que las republicanas también, por supuesto) las definieron las chequeras y no el debate. Desde el principio de la carrera, Clinton contaba con los delegados que la elegirían, mientras que Sanders daba con toda su fuerza la pelea, con alguna esperanza creyendo que tendría una posibilidad. Al final la derrota que le propinó Clinton no fue aplastante y la sorpresa que dio Sanders contribuyó a dinamizar el proceso electoral.

El triunfo de Hillary Clinton no es una sorpresa para nadie y todavía debe consolidar un discurso más fuerte. Sus posiciones en materias tan diversas como las políticas de defensa, de inmigrantes y del medio ambiente, son en sí mismas la definición del pragmatismo, y de ninguna manera pueden compararse con la inmensa expectativa que generó en el 2008 el demócrata Obama durante las presidenciales.

También con pragmatismo el electorado en una proporción tendrá que entender ahora que Clinton, incluso con todas sus falencias y a pesar del papel que sin duda jugará su marido como figura de poder-detrás-del-poder, es la única carta aún vigente para evitar que Donald Trump sea el próximo presidente de Estados Unidos. Y los estadounidenses sí que saben escoger entre dos malos al menos peor.