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La dolorosa y trágica muerte del niño Julián Esteban Gómez en la mañana del domingo 18 de julio estremeció al país, por tratarse de una verdadera promesa del ciclismo colombiano y por haber protagonizado una emotiva imagen de felicidad al ver ganar a su ídolo Egan Bernal el Tour de Francia, en 2019.

Pero también removió decenas de tragedias similares de jóvenes que han perdido la vida en carreteras del país durante sus entrenamientos en ciclismo de ruta, o de ciudadanos del común que utilizan la bicicleta como medio de transporte cotidiano y cuyas investigaciones siguen sin mayores avances o, peor aún, ya quedaron archivadas y olvidadas en los despachos judiciales.

En una columna anterior, hablé de la obligación de las autoridades para hacer cumplir las normas en carretera que garanticen la seguridad de peatones, moteros y ciclistas por la vulnerabilidad que representan en sí mismos frente a cualquier otro tipo de vehículos que se desplacen por rutas intermunicipales o dentro de las mismas ciudades.

Pero, además de esa normatividad y del establecimiento de ciclo rutas, bici carriles, reductores de velocidad, señalización y otras tantas disposiciones como cámaras y sensores, me parece crucial que empecemos a formar parte del cuidado y protección de los usuarios de las bicicletas ya sea por fines deportivos, recreativos o como medio de transporte diario.

Es cuestión de tomar conciencia de que cada conductor tiene también la responsabilidad de proteger a los ciclistas y de paso, protegerse a sí mismo. Entre las hipótesis que manejan las autoridades en el caso de Julián Esteban, toma fuerza la de que la tractomula que lo atropelló no llevaba exceso de velocidad pues acababa de atravesar una zona de reductores.

El conductor, que podría ser procesado por homicidio culposo, tampoco fue privado de la libertad pues tras los exámenes de rigor, Medicina Legal estableció que no estaba bajo los efectos del alcohol ni de sustancias sicoactivas. Tampoco tenía antecedentes judiciales ni comparendos o multas pendientes.

Pero coinciden muchas declaraciones en que la tractomula venía acosando al niño y sus dos acompañantes adultos, insistentemente con el estrepitoso ruido de las cornetas de ese tipo de vehículos de carga pesada, lo que pudo asustar a Julián y hacerle perder el equilibrio y control de su bicicleta.

No bastan las normas, las señalizaciones y los reductores. Ni son suficientes las cámara y los sensores y los agentes viales en los retenes. Es entender que en las manos de quienes conducen vehículos de 4 o más llantas está la vida de peatones, ciclistas y motociclistas con los que se encuentren en las vías.

Seres humano, cargados de sueños, de vida, de ilusiones a quienes los esperan sus familias, sus amigos, sus compañeros de trabajo o de estudio. Tan humanos como quienes están frente al volante de los más grandes, estables y seguros automotores que no pierden nada con avanzar con cuidado mientras pueden adelantar a los que momentáneamente se interponen en su camino.

Como ocurre con el autocuidado que nos impuso la pandemia y que tantas víctimas ha cobrado mientras la sociedad entiende que todos somos responsables de todos y que de nosotros depende que nos mantengamos vivos como también nuestros seres queridos y quienes están en nuestro entorno.

Cuido mi vida y cuido la vida de quienes me rodean. Porque en el caso de los accidentes viales con ciclistas, motociclistas y peatones, los conductores de grandes vehículos seguramente no expongan su integridad física pero definitivamente les cambiará la vida en un segundo y para siempre  por haber causado la muerte de una, o más personas que se encontraban en total indefensión.

Fuente

RCN Radio

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