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Sábado 13 de noviembre. Hora: 3 y 20 de la tarde. Ciudad de origen: Bogotá. Lugar de llegada: Tunja, capital de Boyacá. Era un itinerario simple, se trata de un trayecto que debería ser rápidamente resuelto. Al fin y al cabo, son tan solo 128 kilómetros de distancia. En condiciones normales, dos horas bastarían para recorrerlos.

Pero no. Gasté cinco horas exactas, dos y media de las cuales gasté (gastar es el verbo, porque nada se invierte en un trancón, todo se gasta, o se malgasta) entre la calle cien y el peaje de salida de Bogotá, en el norte de la ciudad. Lo grave del asunto es que no había accidentes reportados esa tarde que pudieran justificar semejante demora. En cambio, sí había una extraña sensación de que a la par del trancón podían saltar los rompevidrios para atracar al que diera papaya. Ni modo, entonces, de bajar los vidrios del carro porque las manos astutas del hampa se cuelan fácilmente allí.  Estar atrapado en un trancón de Bogotá durante casi tres horas es una experiencia de pánico.

La razón, simple y llana, para intentar justificar este hecho es que la peyorativamente bautizada Autopista Norte es la única salida de Bogotá en esa zona porque la otra, la carrera Séptima, está igualmente colapsada. Incluso peor. Además, es más estrecha. Igualmente peligrosa.

Que uno gaste cinco horas de su tiempo en una tarde sabatina en un trancón es una verdadera vergüenza y una palmaria muestra del nivel de nuestro subdesarrollo y decadencia. Parece como si en vez de echar para adelante, a tono con los tiempos que vivimos, fuéramos hacia atrás, como mulas asustadas, temerosas o tercas. Vergonzoso es que hablemos de tantas cosas bonitas en este país y no tengamos no siquiera por dónde movernos.

Hasta el momento no se ve voluntad del gobierno local de poner en marcha soluciones reales para semejante situación. La respuesta colectiva es más bien instintiva: madrugue, maestro. Si quiere llegar temprano, madrugue. Pero lo de madrugar acá es literal: antes de las cinco de la mañana. Después: ¡pailas! Ya es muy tarde, después usted quedará atrapado en la realidad de esta ciudad que se estancó en medio de huecos, basuras, desvíos, destrucción e inmundicia. Esa es la Bogotá que hoy vivimos: sitiada por la inseguridad y colapsada y cerrada por dentro por basuras e inmundicia.

Y no es el único caso. Recientemente recorrí en carro el trayecto Bogotá-Medellín. Y quedé viendo un chispero, pues no supe exactamente cuál era la tal Ruta del Sol digna de elogios fáciles en los últimos años. Sospecho que era la amplia que ayuda a recortar un tiempo la duración del recorrido. Por lo demás, si fuera por el estado de la vía, sería otra cualquiera. Menos mal no la recorrí de noche, porque hubiera sido difícil esquivar las troneras en el pavimento que sí se podían detectar a la luz del sol.

Sobra decir que en ese trayecto es casi obligatorio recorrer la vía Villeta-Guaduas, uno de los grandes misterios de nuestro tiempo: ¿Por qué es tan difícil arreglarla? ¿Por qué la ingeniería colombiana no lo ha logrado, no ha podido (o no la han dejado) hacer una obra colosal como la que se requiere para ese trayecto de infierno?

Ir de Medellín a Jardín –uno de lo pueblos más bellos del país-- por poner un ejemplo, también es un sacrificio, aunque hay que reconocer que las autoridades allí están haciendo arreglos en el trayecto que conduce hacia Amagá. Pero el camino es tortuoso, difícil, agotador. Con tramos que se parecen a los de la época dorada de la colonización antioqueña.

Bueno, y qué tal si usted está en la zona de Playa Salguero, en Santa Marta, y quiere ir al centro de la ciudad. Intente ir inicialmente a El Rodadero: vía destruida, abandonada: otra vergüenza. Y después vaya más allá: tendrá que entender que va por una trocha; si lo hace, no hay lío. Será parte del paseo. Pero si llueve, el colapso será tal que el tiempo se devolverá automáticamente al siglo XIX.

En fin.

Podría poner como ejemplo cientos de casos para evidenciar el atraso monumental en el que estamos en materia de vías de comunicación en este país. Y ese atraso es un indicador grave de que no vamos para ningún lado, de que estamos colapsando en calidad de vida y de progreso. No es justo con el que paga impuestos. No es justo con el que se come un cuento y trata de repetirlo para justificar nuestra situación.

El próximo gobernante de Colombia debería comprometerse con poner a Colombia al día en materia de infraestructura vial. Y el gobierno de Bogotá debería intentar hacer algo, aunque sea por decoro o dignidad, por resolver semejante colapso en el que se encuentra la ciudad, resultado de un acumulado de muchos años de desidia. Cierto es que lo que actualmente vivimos en esa materia no se lo inventó la actual administración distrital, pero sí se hizo elegir para intentar soluciones que hasta ahora no se ven.

 

 

 

Fuente

RCN Radio

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