Cargando contenido

Ahora en vivo

Ahora en vivo

Seleccione la señal de su ciudad

Teología del vándalo

Juan Manuel Ruíz / Foto RCN La Radio

Por: Juan Manuel Ruíz 

Desde la ventana del bus, viendo la ciudad pasar, se percibe un espectáculo deprimente. Fealdad, suciedad, abandono. Los pequeños parques que aparecen por ahí se ven destruidos o derrumbados. Los escasos monumentos: descabezados, ridiculizados, mancillados. Paredes, ventanas, puertas: todo, todo pintado o rasgado o dañado con firmas, garabatos o dibujos ininteligibles. Es la marca del vándalo, esa especie de bandido con suerte al que no le pasa nada. Su teología es clara: el caos es su dios, la destrucción sin sentido es su penitencia, la impunidad su redención.

No hay lugar que el vándalo no toque con su odio. Puentes peatonales, puentes vehiculares, sillas de madera, sillas de hierro, casetas. El pavimento de las avenidas, las aceras. Todo dañado o destrozado por su mano. No hay pared que se salve. El que se atreva a pintar la pared de su casa o edificio, la lleva. Cuando por quincuagésima vez tratan de limpiar lo que han bautizado como Monumento a los Héroes, el vándalo celebra: apenas lo limpien, él lo volverá a destrozar. En cada intento por componer las cosas, por ponerlas limpias o dignas, el vándalo estará ahí nuevamente para destruirlo todo: simplemente porque el vándalo se relame a escondidas, después del caos saborea su victoria, se refugia de nuevo y afila las uñas para el próximo ataque.

A los vándalos los disculpan sus cómplices con el argumento del derecho a la protesta. Cuando llega el 1 de mayo, el centro de la ciudad tiembla: vendrán las marchas –bien, bien por las marchas—; vendrán las arengas: bien, bien por las arengas; vendrán las consignas contra el gobierno y sus leyes: bien, bien por las consignas. Pero, ¿por qué después hay que destruirlo todo? Por la sencilla razón de que detrás de toda legítima protesta viven los vándalos. Los que protestan no tienen la culpa. La culpa es de los vándalos, que como lapas, se pegan a todo lo que les permita arroparse con el manto de la rebeldía.

Cuando hay un partido de fútbol en Bogotá, el sector de Galerías tiembla. Sea cual sea el resultado, los vándalos, disfrazados de hinchas o de fanáticos, pintarán todo a su alrededor, dañarán lo que encuentren, no respetarán pinta: el que pase, el que se deje pescar, la lleva, sea persona, animal o cosa. Porque no tienen ley, porque nadie los aprieta, porque nadie los toca, porque son más los que los defienden y disculpan y justifican para generar el caos.

Me perdonan los optimistas de oficio que se adornan con frases hechas, pero por culpa de estos vándalos Bogotá jamás será bonita. Bogotá es agradable, es fuerte, es madura, ha sido capaz de resistir todos los intentos premeditados de acabarla y derribarla. Bogotá es protectora. En Bogotá siempre encontraremos un pan sobre la mesa. Pero Bogotá jamás será bonita por culpa de esa plaga que son los vándalos, a quien nadie es capaz de poner en cintura. ¿Por qué no hay un solo vándalo preso pagando merecida condena? Cuidado: no, eso es políticamente incorrecto. Eso no se puede decir. Pedir condena contra un vándalo es condenar la protesta. Eso no se puede ni pensar. Eso es facho, ni de fundas.

Bogotá no se merece a estas personas. Bogotá es una ciudad a la que le debemos todo, especialmente los que no somos de acá. Pero, sinceramente, no hay alcalde que pueda emprender una tarea novedosa para salvar a la ciudad si no hay una tarea de choque para castigar a los vándalos. Es tanto su daño y su saña, que contra los vándalos, la opción parece resignarse a la suerte y soñar con una ciudad mejor. Como Praga, por ejemplo.