Algo de bueno debe tener la fiesta brava para que en épocas diferentes de la historia, concite el interés y pasión de celebridades del arte.

Don Luis de Góngora y Argote, Fray Luis de León, Alfonso X “el Sabio”, Miguel de Cervantes, Ortega y Gasset, Picasso, Dalí, Miró, Goya, Monet, Doré, Lorca, Alberti, Buñuel, Miguel Hernández, Camilo José Cela, Fernando Savater, Francis Wolff, Hemingway, Eisenstein, Orson Welles, Charles Chaplin, Bizet, Albert Camus, Fernando Botero, García Márquez, Mario Vargas Llosa, Plácido Domingo, Joaquín Sabina, Serrat, Calamaro, entre muchísimos otros de la estirpe de los grandes artistas y escritores que en el mundo han sido, tienen una cosa en común, aparte de su arte: todos son taurinos, todos son aficionados a las cada vez más criticadas corridas de toros.

Es probable que a todos se les pueda tachar de asesinos y torturadores, como lo hacen muchos antis con los taurinos, pero lo dudo. Es probable que todos sean crueles y carezcan de la más mínima sensibilidad ética y estética, pero aún lo dudo más. Algo de bueno debe tener la fiesta brava para que en épocas diferentes de la historia y en países y culturas distantes, algunas sin tradición taurina, concite el interés y la pasión de tantas celebridades del arte, la literatura, la música y la filosofía.

No se trata de utilizar la falacia argumentativa del “argumentum ad verecundiam” o de la apelación a la autoridad, en este caso a la de los artistas, pensadores y escritores citados, para defender la validez y pervivencia de esa tradición cultural y expresión artística que es la tauromaquia. Hay que escuchar también con atención los argumentos de los animalistas enfocados en el antitaurinismo –no son todos los animalistas-, que defienden los derechos de los animales y los igualan a los de los seres humanos; rechazan el maltrato de los toros de lidia, a los que califican de seres sintientes; consideran que las corridas son una expresión de barbarie, y piensan que los taurinos se deleitan con la tortura de aquéllos en el ruedo.

Entre muchos otros epítetos, algunos de ellos impublicables, los antis les dicen a los taurinos que son inmorales, arcaicos, violentos y faltos de ética. Frente a esta arremetida moralista, el connotado filósofo español Fernando Savater responde: "La moral trata nuestra relación con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza. Dejemos de lado esa sandez de que el aficionado disfruta con la crueldad y el sufrimiento que ve en la plaza: si lo que quisiera era ver sufrir, le bastaría con pasearse por el matadero municipal. Puede que haya muchos que no encuentren simbolismo ni arte en las corridas, pero no tienen derecho a establecer que nadie sano de espíritu puede verlos allí".

El debate sobre las corridas de toros ha venido “in crescendo” en los últimos años en Colombia y en los otros siete países taurinos del mundo. El animalismo y el antitaurinismo se han puesto de moda: algunos de sus militantes y seguidores por profundas convicciones éticas y morales, muchos de los cuales son vegetarianos, condición “sine qua non” para ser antitaurino; otros por fanatismo, por intereses personalistas y por los réditos políticos que se pueden derivar de estar a favor de una causa que interesa sobremanera a las nuevas generaciones. Sólo hay que ver lo que ha pasado con algunos taurinos de toda la vida que hoy son candidatos a la Presidencia de Colombia y que se han convertido en adalides del antitaurinismo y han asumido las banderas del animalismo con una fuerte pero sutil y efectiva dosis de hipocresía y oportunismo. Ah, cierto que la política es dinámica.

Mientras se realizaba la temporada taurina en la Santamaría, denominada “de la libertad”, la Corte Constitucional tumbó la consulta antitaurina en Bogotá, que les costaría cerca de 50.000 millones de pesos a los colombianos. Como es más fácil que judíos y palestinos se pongan de acuerdo, dejemos en manos de la Corte Constitucional, el Congreso de la República y las tendencias históricas el futuro de las corridas de toros y no caigamos en prohibicionismos que no caben en un Estado de Derecho. “Prohibido prohibir”, como en el Mayo francés.

Los rudimentos esenciales de lo que hoy conocemos como la fiesta brava nacieron en el Siglo de las Luces, más de dos siglos antes del Mayo francés, centuria en la que se produjo la Revolución Francesa y fue aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Resulta paradójico que ahora, más de dos siglos después, asistamos a una especie de Declaración de los Derechos de los Animales y de los Toros de Lidia. Algo va de la Revolución Francesa a la causa antitaurina. Algo va de Francisco Romero, su hijo Juan y su nieto Pedro Romero, precursores en el siglo XVIII de la tauromaquia moderna, a Julián López “el Juli”, figura del toreo en el siglo XXI que acaba de torear en la Santamaría de Bogotá.

Por lo pronto, como dice el filósofo francés Francis Wolff (“50 razones para defender la corrida de toros”): “Tolerancia hacia las opiniones, respeto a las sensibilidades y libertad para hacer todo lo que no atente contra la dignidad de las personas”.

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