Por: Fernando Posada Es difícil encontrar la palabra precisa para comenzar una transmisión en el momento de una tragedia. Hay noticias que ningún periodista en el mundo quisiera tener que dar. Pero se está ahí, frente al micrófono, y se tiene la responsabilidad inmensa de darle la altura a las preguntas que el país, conmovido, no para de formularse. Entonces cada detalle se convierte más estremecedor que el anterior. Cada imagen consigue partir un poco más el alma, que ya está rota. Y ante la incapacidad y la impotencia generalizada que sentimos todos los que no pudimos hacer nada para prevenir la tragedia, se apodera del clima colectivo la tristeza más profunda. Es cuando nadie puede evitar preguntarse por qué las tragedias golpean siempre a los rincones más desolados del país. Por qué la desesperanza azota con la peor crudeza a las poblaciones que han conocido en carne propia la marginalidad y la destrucción de la guerra. La tragedia de Mocoa nos recuerda que hay regiones que rara vez habíamos percibido como parte de nuestro propio país y ante las cuales conservamos una deuda permanente por el olvido. Y llega también la frustración, al darnos cuenta de que tanto sufrimiento es el resultado de decisiones humanas que poco pensaron en las futuras generaciones. No falta en las tragedias la voz del visionario congresista, o el documento escrito a máquina décadas atrás, advirtiendo que el desastre podría ocurrir en cualquier momento. También aparecen los dedos que buscan señalar culpables como si lo sufrido pudiera ser devuelto en el tiempo. Pero es ahí donde cabe recordar, solo para hacer peor el desconcierto y la preocupación, que el 82% de los municipios colombianos, según reporta una escalofriante investigación de la Procuraduría General, tienen habitantes viviendo en zonas de alto riesgo. Siendo así las cosas, son pocas las tragedias que se pueden evitar. Y se hace urgente replantear la relación entre humanos y medio ambiente, pues de lo contrario los dramas seguirán ocurriendo de manera más regular. No es una coincidencia que cada vez los veranos sean más largos y secos, y que cada invierno destruya poblaciones enteras a su paso, en medio de fuertes vendavales y de niveles de lluvia sin precedentes. Visto desde el fondo, la realidad retrata a una ciudadanía que de manera atroz destruyó paso a paso el planeta, pero que ante el poder devastador de la naturaleza se queda pequeña e incapaz de reaccionar. Por eso esta vez iré en contravía del mensaje que tantos colegas desde el periodismo han planteado, que habla de visionarios que habían alertado la tragedia inminente. No creo que el alud de Mocoa se hubiera podido prevenir con un mejor sistema de alertas o con una cadena de reacciones más inmediata. Las avalanchas aparecen en cuestión de minutos y es muy poco lo que los humanos podemos hacer ante la fuerza de la naturaleza. Pero sí pueden evitarse desastres de semejante escala en la medida en que los asentamientos humanos, desde las ciudades con mayor densidad poblacional hasta los pueblos más alejados del centro, sean construidos respetando los límites del medio ambiente y manteniendo el balance de los ecosistemas. El esquema que volvió a los ríos en ‘caños’, que drenó y tapó los humedales y que deforestó las más empinadas montañas ha demostrado que lejos de ser un capítulo del progreso de la humanidad, se convirtió en una de las más radicales amenazas para su futuro. Que la tragedia de Mocoa nos recuerde que el planeta es prestado y que, en ese sentido, su preservación no es ningún favor que le debemos hacer: es nuestra obligación. Ojalá que el dolor visto en cada una de las imágenes de lo ocurrido en el Putumayo nos lleve a entender, finalmente, que tanto sufrimiento humano no puede ser en vano y que estos desastres nos deben llevar a construir un planeta en el que evitar la repetición de las tragedias se tiene que convertir en la principal búsqueda.