Por: Fernando Posada No le crea a aquellos que con tono nostálgico le digan que la vieja política era más recta que la actual y que los electores más veteranos podrían darle lecciones de sensatez a los jóvenes de hoy. No todo el tiempo pasado fue mejor y a lo largo de la historia los votantes han demostrado en muchas ocasiones estar por debajo de las oportunidades que sus contextos les han ofrecido. En lo que sí tienen razón los melancólicos del pasado es en que si bien los descaches electorales han ocurrido siempre, jamás se habían presentado con tanta frecuencia en un periodo corto de tiempo. Fenómenos como el ‘Brexit’ y el rechazo al acuerdo de paz en el plebiscito colombiano han sido la manifestación directa de que algo extraño está ocurriendo en las democracias del mundo, en donde las redes sociales han transformado las dinámicas participativas. En medio de procesos tan desconcertantes, queda en evidencia que durante esta nueva etapa enrarecida de la democracia la sensación de los votantes en medio un contexto electoral pesa más que la importancia histórica de la elección. La prueba más grande en muchos años para la democracia global tiene lugar hoy en Estados Unidos, en donde los electores deciden entre dos candidatos con cuestionamientos muy serios, que están lejos de ser el modelo ideal de lo que un líder debe ser. La historia recordará estas elecciones como un episodio en donde lo absurdo llegó a poner en jaque a la razón, avalado por una multitud que creció hasta un punto que nadie había creído posible. Y así como en el plebiscito colombiano y el proceso del ‘Brexit’, antes que democratizar el acceso a la información, las redes sociales se convirtieron en un espacio fundamental para la propagación de mentirosas campañas negras. Dejando a un lado el sensacionalismo y las formas del odioso discurso de Trump, que tanto han sido comentados, es claro que hay un elemento del candidato republicano que millones de norteamericanos parecen recibir con simpatía: el hecho de que sea un extraño en el mundo de la política. El ingreso de Trump ha significado una inesperada parálisis para el mapa electoral norteamericano, incluso dividiendo a su propio partido político. Y los electores, muchas veces cansados de unos líderes a quienes consideran distantes y poco conocedores de la realidad de la ciudadanía, encuentran en Trump una figura de Robin Hood político, que a pesar de sus defectos como persona removerá el poder de las manos de los políticos tradicionales. Por otro lado, Clinton representa a la perfección al establecimiento político norteamericano y por eso ha fallado a la hora de congregar a quienes sienten el peligro real que para el mundo significa Trump. La prioridad que le entregan los partidos tradicionales a los apellidos políticos, que permiten que algunos lleguen al poder con más ventaja que otros, con toda razón disgusta al electorado. El balance de este proceso electoral ha sido decepcionante, viéndose reducida a su mínima expresión la altura del debate, mientras que las ofensas personales rodaron de un lado a otro, encontrando un inmerecido eco en los medios de comunicación y las redes sociales. Compitiendo contra un republicano de la talla de Romney o de McCain, Hillary Clinton no habría tenido posibilidades de llegar al poder. Pero teniendo como oponente al nefasto Trump, esta será la única oportunidad real de Clinton para llegar a la Presidencia, no por ser la mejor opción para un cargo con tantas exigencias, sino por tratarse de la candidata menos peor. Esperemos que el fenómeno de la degradación de la democracia que empieza a mostrarse en varios países del mundo no sea permanente y que nuevos líderes traigan aire al deprimente panorama político.