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La nieve, las bajas temperaturas a lo largo del año, la sombra del totalitarismo, la omnipresencia de una burocracia atroz, siguen siendo un misterio y un lugar recurrente que, por absurdo, muchos buscan para desentrañar las claves de la Unión Soviética. Al lado de ello, como es natural, discurre un mundo de personajes y circunstancias que han permitido aceptar y corroborar que todo lo que ocurrió allí fue real y no una ficción política.

Es verdad que miles y miles de textos se han escrito sobre lo que ocurrió con la caída de los zares, el ascenso de la Revolución bolchevique, el papel que jugó Lenin en ese triunfo, la deriva totalitarista que pronto se acentuó con las masacres y las persecuciones, y la debacle que significó el largo periodo de Stalin en el poder, sembrando la caída de ese fracasado proyecto político a comienzos de los noventa.

Pero es a través de las artes como solemos tener una aproximación más humana a los acontecimientos. Por ejemplo, servidos por la literatura hemos aprendido a entender de qué dimensión fue ese fracaso y cómo tocó las fibras de millones de personas que debieron soportar las distintas aristas de esa sociedad centrada en el odio y la sospecha.

Ya hay clásicos para entender lo ocurrido, como el famoso Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn, o el más velado y enigmático El maestro y Margarita, de Bulgákov, para conocer el funcionamiento de ese aparataje sofisticado de dominación, pero la literatura nunca sobra porque hay acontecimientos que siempre serán fuente inagotable de historias.

Con esa advertencia, la de reconocer la existencia de fuentes infinitas, un personaje de ficción se erige por estos días en un elemento clave para echarle otra mirada apasionante a lo que allí ocurrió: el conde Aleksandr Ilich Rostov, en adelante conde Rostov, a secas, protagonista de uno de los libros más aclamados de los últimos tiempos. 

Sobreviviente de la corte de la Rusia Imperial, el conde Rostov cae en las manos de los bolcheviques que lo condenan por haber escrito un poema. Sin embargo, esa condena tiene un modo particular de efectuarse: debe permanecer confinado en el hotel Metropol de Moscú, lugar en el que solía hospedarse en medio de sus intensos viajes por distintos países de Europa.

A partir de esta historia, su autor, Amor Towels (Boston, 1964) nos describe con absoluta maestría la vivencia durante más de tres décadas de este hombre exquisito, refinado, de excelentes modales, condenado a vivir encerrado en este hotel. “No es de caballeros tener profesión”, es una de sus frases, pronunciada ante un tribunal, y salpimentada con una sentencia que agrega a continuación: los caballeros deben dedicar su tiempo a “cenar, conversar, leer, reflexionar. Los líos habituales”.

Lo que ocurre durante su largo confinamiento es descrito de manera extraordinaria, con una enorme calidad estética, casi poética. Las curiosas historias que transcurren dentro de ese hotel, los personajes únicos y maravillosos que van surgiendo con el paso de los años –núcleo real de la propuesta del autor—nos dejan muchas enseñanzas sobre el valor de la verdad, la solidaridad, los afectos, la hermandad y el humor en tiempos de restricciones y de verdades impuestas.

A lo largo de sus quinientas páginas, Towels –quien con este libro se convirtió en uno de los autores más vendidos y leídos de nuestro tiempo—logra magistralmente pintarnos un cuadro colorido y cálido de la capacidad del hombre para adecuar sus sentimientos y conductas a las nuevas realidades, algo que hoy en día se retoma con la palabra adaptación como sinónimo más cercano al éxito y al logro personal, todo bajo el manto de una pluma que no deja de apelar a un espíritu elevado para mostrar las bondades y maldades de una sociedad que restringe la libertad de sus ciudadanos.

En pleno siglo XXI, este libro, Un caballero en Moscú, nos hace contemplar desde un balcón lo que iba pasando en esa inmensa ciudad a medida que se iban introduciendo pequeños cambios en la cotidianidad, mientras el radicalismo demencial se asentaba en la conducción del Estado. Pero lo hace sin denuncias ni argumentos panfletarios, alejándose totalmente de cualquier tentación ideologizada de demostrar los quiebres y requiebres de un sistema. Allí reside su inmenso valor. En la reivindicación de la literatura como espacio vital para viajar e imaginar, para regresar a lugares perdidos en la historia.

Fuente

RCN Radio

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