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A donde quiera que llegaba, incluso antes de ganar el Nobel, García Márquez causaba revuelo. En México, donde había fijado su residencia, en Europa, a donde viajaba con frecuencia, especialmente en el fulgor de su juventud, en Cartagena, donde tenía una bella casa en la Calle del Curato -que era considerada como parada obligatoria para turistas-, el grandísimo escritor era aguardado, a veces perseguido, por fanáticos, por sus lectores, con enorme devoción, como si viniera del más allá para ratificar su existencia.

Verlo, acaso acercársele para auscultarlo con una mirada de admiración, quizás tocarlo, era un propósito para quienes toda la vida lo habían seguido desde que escribía en El Espectador y comenzaba ya a publicar sus novelas, pero especialmente desde que había alcanzado la gloria con la publicación de Cien años de soledad. Su celebridad fue temprana, por la disrupción que su estilo había ocasionado en el famoso boom latinoamericano y, por supuesto, por sus mágicas historias. Y la mantuvo hasta el último de sus días.

Admirado por presidentes y políticos del mundo entero, criticado por sus enemigos ideológicos, que no eran ni son pocos, envidiado por muchos, imitado por otros que querían parecerse a él en todos los sentidos, rechazado por quienes teniendo un enorme talento para escribir quedaron aplacados por la inmensidad de su obra y de su fama, García Márquez había alcanzado una universalidad que supo rodear, a pesar de todo, de un aura de misterio, por la decisión de mantener a su familia alejada de cualquier figuración pública.

Solo un puñado de amigos pudo estar en las entrañas de su hogar. El secreto de ese misterio estaba firmado por la convicción de Gabo, Mercedes, Rodrigo y Gonzalo, de conformar una especie de club, en donde definitivamente el famoso era él. Rodrigo y Gonzalo, los hijos, criados en México y Europa, no sufrieron el síndrome de hijo que los llevara a triunfar amparados en la gloria de su padre. Fueron discretos, distantes, prudentes en sus ámbitos, y se abrieron campo con éxito en sus profesiones sin salir retratados en los periódicos y sin aprovecharse de la condición de hijos-del-Nobel. Todo el mundo les reconoce ese mérito.

Por eso resulta apasionante que tras la muerte de Gabo en 2014 y de Mercedes, en 2020, se haya abierto una puerta para conocer un poco de la vida interna de ese club, así sea para hablar de los últimos días de sus padres fundadores. Y el hecho se ha producido a partir del libro Gabo y Mercedes: una despedida, escrito por Rodrigo, hoy un reconocido director y realizador de cine, el hijo mayor. Escrito originalmente en inglés y traducido para su publicación para el mundo de habla hispana, este libro es un retrato de ese adiós que el mundo lamentó pero que la familia vivió de manera muy particular y serena.

“Tengo que hablar con mi madre y confirmarle sus peores temores: quien ha sido su esposo por más de medio siglo es un enfermo terminal”, cuenta Rodrigo al relatar la constatación de ese presagio que Mercedes ya tenía al ver la dramática disminución del Nobel tras varios y rigurosos exámenes médicos. “Es muy probable que sea cáncer de pulmón o de hígado, o de ambos, y solo le quedan pocos meses de vida”.

Con ese tono, Rodrigo va contando paso a paso cómo asumía su madre la situación y cómo se vivía el día a día en la enorme casona de México en donde los empleados, la secretaria, el chofer, las enfermeras estaban pendientes con primorosa dedicación, pero, sobre todo, con mucho amor, de la evolución de un enfermo que en medio de la demencia –palabra usada en relato—ya estaba convencido de que el final estaba cerca.

El mayor mérito de este libro, que está acompañado de varias fotografías de la casa mexicana de García Márquez, es que logra acercar al lector a una dimensión terrenal de quien se había convertido en un mito que sobrevivió a la decisión del propio Nobel de abandonar poco a poco la escritura. La vejez y la enfermedad, cuyos síntomas son el alejamiento y el asombro ante la inminencia del adiós, también afectaron a Gabo y por largos años. La verdad más allá del mito queda expuesta en esta narración de gran valor, que cierra un círculo necesario para dar paso al juicio de la posteridad.

“La enfermera diurna y la auxiliar limpian y preparan el cuerpo de mi padre para el viaje a la funeraria. La enfermera le pregunta a mi mamá si le gustaría que mi padre llevara algún traje puesto. Dice que no, por lo que la enfermera sugiere un sudario sencillo. Mi madre aparece con una fina sábana blanca bordada y se la entrega sin solemnidad alguna”. El final, el que a todos nos aguarda, contado por un hijo que tomaba notas juiciosas sobre esos últimos días, sin saber que se convertirían en un hermoso homenaje a sus padres. En el fondo, es una necesaria reflexión sobre la muerte inexorable que reparte sus cartas a todos por igual.

Fuente

RCN Radio

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