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Hoy me siento a escribir esta columna cubierta de una profunda tristeza por todo lo que está ocurriendo en este país que tanto amo. En mi país. Un país que siempre se levanta con más fuerza y dignidad después de cada golpe pero que a veces las heridas y los golpes son tan profundas y tan fuertes, que la oscuridad y la desesperanza se apoderan de su gente.

Con el tiempo, hemos aprendido a enfrentar y superar tragedias como la de Armero, los efectos de temblores, las sequias o las inundaciones, y hasta los holocaustos como el del Palacio de Justicia, pero eso no quiere decir que nos hayamos acostumbrado. Simplemente trabajamos sin descanso para evitar que se repitan en el tiempo.

Pero cuando nos golpean en el alma con episodios tan aberrantes y desproporcionados, tan deshumanizados y enceguecidos como lo que ocurrió el 9 de septiembre con el abogado Javier Ordoñez, lo que nos invade es una sensación de desconcierto mezclada con indignación, estupor e indefensión.

Entonces, cada quien busca exteriorizar su rabia y su impotencia a su manera: unos, equivocadamente volcándose a las calles a romper y destruir para llamar la atención y que los escuchen sin darse cuenta que al hacerlo se exponen ellos mismos a ser blanco de nuevos hechos de violencia o a servir de idiotas útiles por agitadores que aprovechan cualquiera de estas manifestaciones para generar el caos y la anarquía.

Otros, más poderosos y cuyas voces tienen eco siempre en los grandes escenarios, se trenzan en insultos y señalamientos de culpables sin importarles que sus acciones y sus discursos sigan polarizando y dividiendo; sigan ahondando los odios y promoviendo la ira mientras que las horas y los días van pasando por encima de las víctimas y las familias de las víctimas que intentan sobreponerse a la desgracia.

Nada, absolutamente nada justifica lo ocurrido en estos días aciagos. Ni la fuerza desbordada y el abuso de poder de los policías que acabaron, por acción y omisión, con la vida de un hombre que desde el primer momento estuvo en total indefensión, ni de los otros trece muertos que dejaron los disturbios después de que el país observara estupefacto el video que grabó un amigo del abogado Ordoñez durante el procedimiento policial.

Eso no puede ser, eso no puede volver a ocurrir. Somos seres humanos que pensamos, que sentimos. Capaces de dominar nuestros impulsos y de controlar nuestras emociones. Fue tan doloroso escuchar el testimonio de Wilder Salazar, su amigo. El que estuvo con Javier hasta el final y oír cómo contaba lo ocurrido en el CAI de Villa Luz, fue devastador.

No es posible que un ser humano sea sometido de esa manera por otros seres humanos. La especie humana aniquilada por su misma especie ¡Es inaudito! La única raza que se depreda a sí misma y no precisamente por instinto de supervivencia, es inadmisible.

La diferencia entre el ser humano y los demás animales es que estos últimos están más condicionados por su genética. Los seres humanos tenemos conciencia, mientras que los animales no. Los seres humanos nos guiamos por la razón, los animales por instinto. Los seres humanos podemos hablar, desarrollamos el lenguaje más allá de lo corporal para expresar lo que sentimos y lo que pensamos. Pero ni siquiera esa herramienta tan única y poderosa que tiene nuestra raza sirvió para detener tanta violencia, tanta sevicia, tanta barbarie.

Por eso duele tanto la muerte de Javier. Por eso nos indigna y nos hace sentir tan indefensos y tan impotentes como cuando nos estremecen las masacres. La vida humana vale tanto, y sin embargo hay quienes la eliminan con una facilidad escalofriante que cuando escuchamos un relato tan conmovedor como el de Wilder y vemos su rostro ahogado por un llanto inconsolable no nos cabe ninguna explicación, ninguna justificación.

Tan solo nos queda un sentimiento de solidaridad con su familia, con sus dos pequeños hijos y los amigos que lo vieron morir sin poder hacer absolutamente nada por la inconciencia enceguecida que le quitó la vida a un ser humano.

Fuente

RCN Radio

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