Por: Fernando Posada Los tiempos modernos parecían haber dejado sin suelo discursos tan despreciables como el racismo y la xenofobia. La integración entre razas, fruto de la celebrada globalización, fue anunciada durante las últimas décadas del siglo XX como el más importante triunfo social de su momento. Pero luego llegaron los problemas y las crisis, junto con la instintiva necesidad humana de buscar responsables para señalar. Y ha sido en momentos de catástrofes económicas donde ha regresado a la escena el anacrónico nacionalismo, por medio del cual los políticos más mezquinos buscan fortalecerse, aprovechando los tiempos de confusión. Los discursos aparentemente patrióticos observados en diversas latitudes que incluyen a Francia, Reino Unido y Estados Unidos, tienen todos en común rasgos profundamente radicales. El radicalismo ha traído más problemas al mundo de los que ha podido solucionar, dividiendo a la humanidad y relevando la diplomacia a un segundo plano. Pero sobre todo, el fortalecimiento de los discursos nacionalistas tiene una inmensa consecuencia: entre más estrecha se convierte la relación entre un grupo identificado por la noción de un “nosotros”, también crea una brecha que los separa de todos los “otros”. Y es precisamente en medio de esos escenarios cuando la división y la segregación brotan, como resultado de la falsa idea de que algunos ciudadanos son mejores que los demás. En cuestión de horas, luego del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos comenzaron a surgir en redes sociales miles de mensajes de parte de ciudadanos afrodescendientes, latinos y musulmanes, denunciando ser víctimas de ataques y amenazas racistas. La victoria electoral de un candidato tan radical como Trump de manera casi inmediata hizo sentir a los norteamericanos más extremistas que sus posiciones segregacionistas podían volver a salir a flote luego de varias décadas de mantenerlas en secreto. No hay manera de no preocuparse ante al panorama que lentamente se convierte en realidad. Es así como hoy, a las malas, entendemos que la idea de que el racismo y la xenofobia habían terminado para siempre, tristemente era solo una ilusión. Los discursos radicales de derecha, que cada vez surgen con mayor popularidad a nivel global dejan bajo total claridad que aún la noción de la humanidad como una sola gran raza está lejos de ser aprehendida por las sociedades del mundo. Las religiones, el nacionalismo y el populismo desde la política nuevamente amenazan con un violento choque entre las culturas, a pesar de que varias generaciones dedicaran todos sus esfuerzos para que nunca más se repitieran tragedias de semejante escala. En esta era de temor y de pánico generalizado, cabe más que nunca recordar que solo priorizando nuestra inteligencia por encima de nuestros instintos y miedos, podemos evitar que la historia se repita.