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Los casos que se venían visibilizando intempestivamente quedaron opacados por el torrente de información que generó el covid-19. Y quizás el ejemplo más claro sea el de la joven Ana María Castro, que en la madrugada del 6 de marzo de 2020 fue arrojada al pavimento desde una camioneta negra en movimiento.

Ese mismo día, el ministerio de Salud confirmaba el primer caso positivo en una joven de 19 años que había llegado a Bogotá de un viaje por Italia.

El caso de Ana María quedó solo vivo para su mamá, su hermana y los tres implicados en el hecho que, apenas hace dos meses, volvió a ser noticia de primer nivel. O al menos de interés masivo por las condiciones que rodearon la trágica muerte de la chica.

Caso que nos devuelve a una frase que pronunció hace unos años el entonces director de Medicina Legal Carlos Valdez, durante una entrevista con RCN Radio, en la que trataba de explicar los resultados de cifras reportadas en el informe anual Forensis: “Estamos ante una sociedad enferma … ". Se refería el experto a los casos de violaciones y asesinatos de menores de edad y, también, a las crecientes cifras de suicidios en menores de 14 años.

¡Cifras escalofriantes, sin lugar a dudas! Tanto como los datos que arrojan a cuenta gotas las investigaciones de estos otros casos como el de Ana María; o el de Andrés Colmenares, un estudiante de la Universidad de Los Andes cuyo cuerpo apareció en el caño del parque El Virrey en Bogotá tras una celebración de Halloween el 31 de octubre de 2010.

O el del ingeniero de 33 años que el pasado domingo 28 de febrero llegó a su apartamento en Bogotá y apareció muerto horas más tarde en el shut de basuras del conjunto residencial en el que vivía.

Basta con escuchar las circunstancias que rodearon cada uno de estos, y muchos otros casos que en la mayoría de las veces quedan en el anonimato, para confirmar la frase de doctor Valdez porque esto solo ocurre en una sociedad enferma.  Nos debe llevar a preguntarnos en qué estamos fallando, qué debemos hacer, cómo actuar para salir de esa espiral de terror que se resiste a desaparecer.

Es imposible creer que en esas muertes violentas y extrañas, donde hay personas que formaron parte de los hechos, que estuvieron ahí en el momento exacto, o minutos antes o minutos después y prefieran guardar silencio o cambiar versiones para protegerse a sí mismos o para proteger a los otros. Cómo pueden callar sin que les sacuda la conciencia; cómo pueden mentir cuando hay un delito a punto de quedar sin castigo para los responsables.

Vidas humanas que fueron cegadas sin derecho alguno, sin justificación alguna llenando de dolor a sus familias y no pasa nada. ¿A qué grado de descomposición social hemos llegado? ¿Cómo dormir y comer, y reír, y seguir viviendo como si nada? ¿Es posible borrar de la mente y el recuerdo las imágenes de esas muertes violentas de las que formaron parte, ya fuera como protagonistas o como testigos de excepción?

Pero si eso llega a ser posible es porque como sociedad cada uno de nosotros desde lo particular también estamos fallando. Con el ejemplo, talvez; o con palabras que se dicen sin pensar y que los niños o los adolescentes las pueden asimilar de forma que lleguen a incidir en sus comportamientos de adultos.

Es cuestión de principios, habría dicho mi papá. Enseñar a los niños desde su más tierna infancia a ser honestos, a decir la verdad, a pedir perdón, a respetar a los demás, a amar la vida y a entender que mis derechos terminan donde comienzan los derechos de los demás. Y claro, a actuar en consecuencia porque no podemos predicar mas no aplicar. Pero algo hay que hacer y pronto porque esta enfermedad de la sociedad no nos puede exterminar.

Fuente

RCN Radio

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