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Ahora en vivo

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El ideal de vida resurgió de entre los escombros, y fue ahí donde la inmensa multitud ardiente, indómita y esplendorosa se lanzó erguida hacia adelante buscando afanosa y decidida la natural esencia de la vida. Mientras tanto, los adonis, los superhombres y príncipes se daban a la tarea fratricida de impedir esta avalancha, que era más que nada la condición irreversible de la naturaleza humana y de la historia.

Sin darse cuenta, los dioses del ocaso se derrumbaban lentamente, dejando una estela olorosa de estiércol y podredumbre, estela que poco más tarde fue borrada por un niño mamando en los jugosos senos de la madre del tiempo.

El lugar quedó transformado en el cementerio perenne de los muchos cadáveres dejados por el egocentrismo y la estupidez y en el paraíso cambiante de los amantes de la vida y el arte, o del arte de vivir, quienes con el tiempo se multiplicaron por montones y salieron por toda la Tierra a combatir el rastro del pasado y a llenar el mundo de libertad. 

Olvidado ya el oscuro pasado, los nuevos hombres comenzaron a crecer y se levantaron por sobre todas las ruinas, arrasando con la pestilencia anacrónica de lo que era y llevando sólo en mente lo que es y será. Los niños volvieron a jugar, a jugar a ser niños; las mujeres subieron a la categoría que siempre les perteneció, pero que siempre se les negó: la de seres humanos autónomos y libres.

Empezó a brotar de las entrañas de la tierra el elíxir deleitoso de la existencia, como si siempre hubiera estado escondido, temeroso de algún monstruo disfrazado de ángel. Las nubes regaron los campos con la leche materna de la ternura, y el sudor del trabajo fue testigo de un desarrollo inusitado, esperado desde siempre pero real sólo hasta ahora.

Todo era vida, todo era amor, trabajo, goce. La naturaleza y sus leyes salieron a celebrar el suceso que habían esperado por siglos, en compañía de todos los seres vivientes, en medio de un eterno baile de placer igualitario y mortal. La apoteosis fue exaltada por un excelso vino extraído de lo más profundo del universo. Los instintos del hombre, tantas veces mancillados, resurgieron de su potencial letargo. Todo era fiesta…

Tronaron dos rayos en aquella arcadia, en medio del festín humanitario. El último soñador yacía inerte en la fantasía eterna de un mundo que ya no será.
 

Fuente

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