Cuando sonó el tercer disparo y Jorge Eliécer Gaitán cayó herido de muerte, el hombre instintivamente prendió la radio pasa saber qué pasaba

El Radioperiódico Últimas Noticias que dirigía Rómulo Guzmán interrumpió la programación habitual para informar que “los conservadores y el gobierno de Ospina Pérez acaban de asesinar a Gaitán, quien cayó frente a la puerta de su oficina abaleado por la Policía”.

Guzmán, un incondicional seguidor de Gaitán, gritaba con todas las fuerzas de su alma: “A las armas, a la carga, a la calle, con palos, piedras y escopetas, cuanto haya a la mano. Asaltad las ferreterías y tomaos la dinamita, la pólvora, las herramientas, los machetes”.

Acompañado en cabina por el entonces rector de la Universidad Nacional, Gerardo Molina, pedía a la población permanecer en la calle atenta a las directrices de la denominada Junta Central Revolucionaria de Gobierno, establecida como órgano oficial de difusión.

En ese mismo instante la Voz de Bogotá entregaba los primeros detalles del hecho y la Emisora Nueva Granada interrumpía su programación para poner al aire música fúnebre.

Hasta las instalaciones de la Radio Nacional, ubicadas en cercanías del Cementerio Central, llegaban estudiantes e intelectuales como Jorge Zalamea y Jorge Gaitán Durán, quienes pedían “organizar las milicias revolucionarias” y hacer presencia en la emisora con sus reportes.

“El doctor Gaitán empieza a ser vengado”, se escuchó en uno de los primeros momentos de la intervención del poeta en la Radio Nacional, quien más adelanta decía con tono victorioso que Ospina Pérez ha caído y el Ejército y la Policía Nacional controlan las fuerzas vitales demócratas liberales”.

Roa Sierra es arrastrado como un trofeo luego de ser sorprendido en la Droguería Granada, mientras desde distintos lugares de país aparecen las voces de dirigentes liberales para decirle a la turba enardecida “que no es cierto que el Ejército esté con el gobierno conservador”.

En lo que supuso una verdadera batalla librada en las ondas hertzianas, aparecieron emisoras clandestinas que emitían desde sótanos, edificaciones abandonadas, vehículos en movimiento y lugares insospechados en todas las ciudades de país.

Su propósito fundamental era derrocar al presidente Mariano Ospina Pérez con mensajes como este: “Colombianos, que los jefes no le tengan miedo al pueblo y que no tengan miedo de darle dos mil cajas de dinamita al pueblo y que dejen el derrotismo”.

Una radio clandestina que se hacía llamar La Voz del Pueblo retaba al presidente diciendo que emitía “desde un lugar que a nadie le interesa, excepto a Mariano”.

“Los obreros que controlan los centros de industria siderúrgica están haciendo cañones y fusiles”, asegura una voz imperceptible a través de la radio.

Otra amenaza a las fuerzas del gobierno diciendo que “les daremos una sorpresa en un lugar de Colombia que a nadie le importa, pero que tiene que ser el precio de nuestra victoria”.

La familia de Gaitán escucha conmovida la radio en su casa de Teusaquillo, mientras los hijos de Ospina Pérez están conectados en Estados Unidos a un radio de onda corta preocupados por el desenlace de los hechos.

La radio se volvió una trinchera que invita “a los revolucionarios a no desmayar” y en la que se escuchan mensajes pidiendo a los desconcertados habitantes de la capital: “Estad listos, dormid con ropa y con el arma entre las piernas para enfrentar esta guerra que Mariano y Laureano han desatado sobre nuestra querida patria”.

Afuera olía a pólvora y sangre cuando esa noche el hombre apagó el radio agobiado por tanta información y sin saber que era lo que realmente había pasado.

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