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Vivimos tiempos en los que le pusimos fronteras a todo, se ha perdido el genuino espíritu de la libertad y las aves nos dan lecciones de vida, de vigor y de fortaleza cuando inventan sus largos periplos, por ejemplo, desde el círculo Polar en Canadá hasta la mismísima Patagonia.

Conmueve el vigor con que las aves realizan estos viajes llevadas por su instinto natural, que podría contrastarse con el que los migrantes realizan sin éxito para llegar generalmente a los Estados Unidos, que es algo así como la Patagonia para las aves.

Miles de haitianos y venezolanos atorados en el Urabá antioqueño en su afán de llegar a Panamá o amenazados por coyotes a su paso por territorio mejicano, se perecen a la tragedia vivida por cientos de patos canadienses que han muerto tras consumir semillas de arroz envenenadas por campesinos del Cesar y Sucre.

Las aves pasan múltiples ecosistemas con un destino fijo para huir del invierno y encontrar tierras fértiles dónde alimentarse, mientras que los migrantes hacen recorridos extenuantes, pasando por múltiples fronteras con la obsesión de llegar a los Estados Unidos.

Esas presencias aladas van volando libremente y descansando en dónde su instinto les indica, mientras los pobres seres humanos van a trancazos, lenta y dolorosamente en medio de la humillación de todos.

A propósito del Día de las Aves migrantes, la investigadora de la Universidad Javeriana María Ángela Echeverry le dijo al Programa Al Fin de semana que durante ciertas épocas del año más de 150 especies de aves atraviesan distintos puntos de la geografía colombiana buscando sitios donde  resguardarse.

Los pájaros van a un lugar, nadie sabe a dónde van los migrantes. Los pájaros escogen los lugares más cálidos con la idea de regresar, los migrantes lo dejan todo.

Hay en las aves una candidez y un vigor especial a la hora del vuelo, mientras los seres humanos que se van apenas nostalgia, rabia, una eterna sensación de angustia.

Algunas de estas aves se quedan para pasar el invierno boreal en Colombia, mientras que la gran mayoría, siguen su camino hasta Argentina”, nos recuerda la bióloga Echeverry, mientras que quienes huyen van por caminos espantables sin rumbo, sin destino.

Las aves van alimentándose en el camino, “pero no mucho porque si están gorditas no pueden volar”, mientras que el hambre, la sed el miedo son el alimento de los migrantes que casi siempre van en sentido contrario de las manadas.

Mientras las aves no tienen con quien pelear y los sitios a dónde van son buenísimos para tener sus crías, los caminantes encuentran muros, confrontaciones ideológicas, posturas odiosas y mezquinas, otros seres humanos que se convierten en sus predadores.

Algunas aves, nos explicó Echeverry, pueden detectar un tipo de luz que nosotros los humanos no podemos ver y que se llama la luz polarizada y que les es útil para saber dónde está el norte y el Sur, mientras que para los migrantes solo parece existir el norte.

Otras aves utilizan las estrellas para poder identificar en estos cientos y cientos de kilómetros hacia dónde deben volar, aunque la contaminación de las ciudades las confunda un poco, mientras que estos seres humanos parecen ir ciegos.

Esos magníficos seres alados tienen un compás magnético en sus cerebros, igualito a como las personas usarían las brújulas, y dotados de esa maravilla de la naturaleza pueden viajar por miles de kilómetros sin parar, volando sobre el océano, llevados por su instinto natural.

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Los gavilanes planean soportados por sus alas anchas, mientras que el pequeño colibrí de apenas seis gramos, puede volar sin parar desde La Florida a la península de Yucatán, para convertirse en un verdadero campeón de la resistencia.

“Es un auténtico ultraliviano que se alimenta de néctar de flores y al que no se puede dar un extra porque, si se alimenta mucho, se pone muy pesado y no llega”, nos cuenta la bióloga Echeverry.

Todos estos viajes son terriblemente desgastantes y las aves, y los seres humanos tienen que inventar estrategias gregarias para resistir los coletazos del viento y enfrentar las contingencias del camino.

Y entonces hay formar una V para ahorrar energía o viajar en la noche como las mirlas y los copetones o pegados a las montañas como las águilas y los gavilanes para planear usando las  corrientes calientes.

Casi siempre las aves arrancan con los polluelos que acaban de nacer, aunque en algunas especies los machos arrancan a volar primero y varias semanas después lo hacen las hembras y sus pequeños. Ocurre lo mismo con los seres humanos que deciden ir a Estados Unidos desde Blangadesh, India, Haití, Venezuela, Méjico,  Ecuador, Honduras, Guatemala, etc.

La bióloga Echeverry nos contó en Al Fin de Semana que las aves saben perfectamente cuándo deben devolverse, pues los días se van haciendo más cortos y saben que viene inevitablemente el invierno.

No ocurre lo mismo con los pobres seres humanos, que nunca podrán devolverse y seguramente en su vano intento de ser felices, tampoco llegarán al destino planeado.

“Pájaros hay que habitan árboles venidos del Paraíso”, escribía en medio de su delirio el poeta Raul Gómez Jattin.

Como pájaros sin brújula, millones de seres humanos vagan por caminos espantables y rumbo a ese paraíso imaginado, que seguramente nunca alcanzarán, lo único que se encuentran es el infierno, por más alas que le pongan a sus sueños.

Fuente

RCN Radio

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