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Esta colonial población boyacense tiene infraestructura para competir en la realización de eventos culturales internacionales.

Hace tiempo que no caminaba por las calles empedradas de Villa de Leyva, la bella población boyacense fundada en 1572 en honor de Andrés Díaz Venero de Leyva, primer Presidente de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá. La última vez que lo había hecho con el mismo cuidado y atención, fue en 1993. Veinticinco años después, lo que encontré fue muy llamativo e interesante.

Primero, me sorprendió el auge de su oferta gastronómica y hotelera. Diversas fuentes me aseguran que allí hay cerca de doscientos restaurantes y un número similar de hoteles, posadas y hostales, de todos los gustos y para todos los bolsillos. Desde los viejos y tradicionales hoteles como El Duruelo o el muy señorial y colonial Mesón de los Virreyes, hasta el moderno hotel-spa El Giro, que, dicen allá en la plaza, donde todo se comenta, es de Nairo Quintana.

Hay buenos restaurantes, se come bien. Y hay mucho comercio de artesanías, tejidos, obras de arte, impulsados en diversos  casos por extranjeros. En efecto, al parecer habría más de mil quinientos extranjeros viviendo hoy en la Villa, una gran cantidad si se tiene en cuenta que la población no llega a los veinte mil habitantes. ¿Será real esa cifra?

También es notorio el auge de la industria de la construcción. Casas y más casas se construyen a sus alrededores y modernos barrios, que intentan conservar el estilo colonial, albergan unas residencias realmente hermosas. Me pregunto si tal auge, que es notorio, va de la mano con la consecución de reservas de agua en una zona históricamente seca.

Hay bares estéticamente muy llamativos. Por momentos uno se confunde. Como son levantados dentro de viejas casonas con patio central y frondoso árbol es inevitable compararlos con algunos de La Habana, Cartagena o Nueva Orleáns. Ese aspecto me impactó de manera superlativa: el cuidado y buen gusto con que los dueños cuidan sus negocios, agradando visualmente al visitante.

Anualmente, Villa de Leyva hace más de veinte eventos nacionales e internacionales, aunque son más conocidos y populares los festivales de cometas y de luces. O sea que tiene experiencia para soportar visitas multitudinarias en caso de ser necesario. Y acaba de sacar en limpio uno nuevo: el Primer Festival Internacional de Historia.

Este último fue el que me llevó de regreso a Villa de Leyva. Me pareció que para ser su primera edición, salió bien. Hay algunos puntos por ajustar, claro está. Por ejemplo: hay que ser puntuales en el inicio de las charlas o conferencias; hay que evitar las lecturas largas de las hojas de vida de los expositores –eso está mandado a recoger y suena un poco mañé: hoy en día hasta a los premios Nobel se les presenta por el nombre y el mérito, y al grano—pues quien quiera profundizar consulta en el folleto.

Y por último, hay que aumentar el número de expositores nacionales e internacionales de primer nivel. Repito, son pequeños ajustes que para las próximas versiones vale la pena hacer para que ese Festival no se quede en la primera y única edición.

Quienes solemos asistir a encuentros culturales nacionales e internacionales tenemos desde hace varios años en el Hay Festival o en el Festival Internacional de la Música, ambos en Cartagena de Indias, o el Festival Cervantino de Guanajuato, en México, o en el alicaído Festival de Teatro de Bogotá unos referentes que hay que mirar y de los que hay mucho que aprender.

Si Villa de Leyva, que está a dos horas y media de Bogotá por buena carretera, se pone las pilas e impulsa este tipo de festivales, puede empezar a competir por captar la atención de quienes buscan cada día con mayor emoción la oferta cultural más llamativa. El de Historia fue un ‘cabezazo’ y vale la pena que sus promotores insistan y persistan. Pueden armar una oferta interesante y perdurable, que a todos, empezando por el público, beneficia con creces.

Fuente

RCN Radio

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