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Por estos días, la conversación más recurrente entre la gente es qué hacer para que no lo atraquen a uno, no le roben el celular, no lo tumben al suelo por arrebatarle la cartera, no lo acorralen los hampones en Transmilenio, no lo cerquen los motoratones, como una jauría, para asaltarlo y, en últimas y lo más grave, cómo salir vivos de la agresión de delincuentes que están actuando con más sevicia de lo que era "tradicional" en el mundo del hampa colombiana.

Es curioso, pero ahora lo que más está llamando la atención en relación con la inseguridad no es que lo puedan robar a uno, sino que lo puedan matar. Los casos de muertes en atracos están creciendo, así las autoridades y los autodenominados expertos, insistan en que la percepción es superior a la realidad. Lo cierto es que si usted lleva un celular en la mano y está mal parqueado, lo pueden matar para robarlo. Un joven de 33 años que estaba esperando el bus en una zona del Portal de las Américas, en Bogotá, fue uno de los casos recientes. Lo mataron y se llevaron su teléfono móvil.

Vivir inseguros significa adquirir nuevos hábitos, desarrollar nuevas rutinas al momento, por ejemplo, de salir a caminar o de salir a hacer alguna vuelta a pie. Tomando tinto la gente le cuenta a uno que ahora solo saca la cédula, por si lo para la policía, una platica --veinte, cincuenta mil pesos-- y un teléfono hechizo para que los delincuentes no se vayan con las manos vacías porque eso los puede enfurecer: ojo, si usted no lleva nada de nada también lo pueden matar por falta de colaboración.

Salir a la calle significa que cada diez metros usted vuelva la vista atrás, mire para todos lados, esté pendiente de los señores en moto que están parados en la esquina o debajo de un árbol, simulando buscar una dirección; uno de esos lo puede atracar. Ahora esa es una modalidad exitosa para los delincuentes: moverse en moto por los andenes para arrebatar bolsos y teléfonos.

Cada vez es más frecuente que al salir a comer a un restaurante --hay quienes no quieren hacerlo, digo, salir a comer-- la gente lleve un teléfono de repuesto, un "flecha", para entregarle al caco que ahora también es capaz de abordarlo en la propia mesa, mientras usted está disfrutando de la cena. El "servicio del delito", dirían los hampones, ahora es a la carta, por cuanto ingresan a los restaurantes, pasan mesa por mesa, a mano armada, a llevarse lo que encuentren a su paso.

Otra arista del drama de la delincuencia en las ciudades, se produce al momento de ingresar al edificio. Si usted tiene la suerte de que su edificio cuente con vigilantes que le puedan abrir la puerta del parqueadero, debe llamarlos antes y decirles que ya está cerca, que ya casi llega, para que le abran y pueda ingresar rápidamente. Porque, por el contrario, si usted se queda esperando afuera, a la espera de que le abran, ahí lo pueden atracar. Se le pueden llevar el carro y lo pueden matar.

Pero si va manejando y toma alguna calle que está "congestionada" también está asumiendo un riesgo. Lo mejor es que guarde carteras, morrales, bolsos, en el baúl, por lo menos para demorarles la vuelta a los rompevidrios. Eso no lo exime de la posibilidad de ser atracado, de que le rompan los vidrios del carro, pero podría evitar la magnitud económica del robo. Tampoco baje las ventanas; por la pequeña hendija que deja al descubierto pueden ingresar los dedos para quitarle el celular o la cadena, incluso los aretes.

Si va a la peluquería, pilas; pueden entrar a robarlo. Si está en alguna de las estaciones del sistema de transporte masivo, lo pueden acosar o rodear para robarlo o para lanzarlo a la calzada, como ya ocurrió. Si está en su apartamento, como le pasó a la exfiscal general Vivian Morales, se le pueden meter por los balcones. También se pueden meter por el parqueadero, para robar su apartamento y otros más. Ahora los robos son masivos y rápidos, con o sin muertos.

La lista es larga. Así se vive ahora en las ciudades. Hay pocas excepciones. Vivir inseguro es ahora un aspecto rutinario de nuestra cotidianidad, sobre todo si se tiene en cuenta que para los jueces los delincuentes valen más: por algo, dicen, están robando; la justicia, dicen, debe ser proporcional. No se le puede castigar al que no tiene con severidad, porque no tiene la culpa. Por eso los delincuentes son reyes absolutos. La impunidad es su victoria.

Fuente

RCN Radio

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