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La expresión que más vengo escuchando desde que empezó el simulacro de aislamiento obligatorio en Bogotá es “cuídense mucho”.

Los días comenzaron a pasar lentamente y aunque al comienzo para los habitantes de Bogotá y el centro del país fue algo así como aprovechar el puente festivo del 23 de marzo, de una manera diferente, lo cierto es que con el correr del tiempo las cosas han cambiado.

Para muchos, la cuarentena nacional obligatoria que ordenó el gobierno para proteger a los casi 50 millones de habitantes en Colombia del contagio con Covid-19, cayó como un baldado de agua fría. En especial, para quienes derivan su sustento del día a día y quienes, literalmente, si no trabajan no comen.

Me sorprendió sobremanera que cuando abrimos micrófonos a los oyentes en ese puente festivo, la casi totalidad de las personas que llamaban eran pensionados y/o trabajadores independientes, lo mismo que vendedores ambulantes angustiados preguntando no tanto por temas de salud a propósito de la pandemia sino por cómo sobrevivir económicamente durante el tiempo que se extienda la cuarentena.

No creo equivocarme si dentro de ese grupo de oyentes que nos contactaron y lo siguen haciendo desde que estamos en la cuarentena obligatoria son personas de más de 60 años, algunos cabeza de familia, otros que viven del rebusque, muchos de la venta de arepas en la esquina, o de medias sobre el puente peatonal y varios, varios más que dijeron ser solos, sin hijos, sin hermanos, sin trabajo, sin pensión, sin absolutamente nada distinto a ellos mismos.

Hacia ese enorme sector de nuestra población es que deberá el gobierno enfocar sus principales programas de apoyo solidario y ojalá lleguen a manos de quienes realmente lo necesitan y no se enreden por ahí a la mitad del camino. Ojalá llegue la ayuda cuanto antes porque el hambre no da espera y la calle ahora es mucho más hostil, insegura y peligrosa que siempre porque hay altisimo riesgo de contagio.

Mientras tanto, el resto de los habitantes del país tratamos de sobre llevar el aislamiento y aunque tenemos nuestras propias preocupaciones y nuestras propias obligaciones de todo tipo, tenemos un entorno mucho más afable y acogedor. Hemos vuelto a estar en familia, a reunirnos a la hora de las comidas, a ver las noticias también acompañados y a preocuparnos más que siempre por los otros.

Hay familias cuyos miembros están trabajando desde casa pero quizás por eso mismo buscan el momento para coincidir todos, compartir un ratico y saber cómo ha ido el día para los demás. Cuántas cosas hemos descubierto y de cuántas más nos habíamos perdido en todos estos años. También aprovechamos para llamar a los tios, a los abuelos si aún están, a los primos que hace tanto tiempo no vemos y a los amigos que cerca o lejos volvieron al presente y quisimos saber cómo estarán.

Las costumbres están cambiando y los hábitos también y la forma de ver la vida, de sentirla, de valorarla todavía más. En estos primeros días de aislamiento, 11 para los que iniciaron desde el 19 de marzo y 6 para los que comenzaron con la cuarentena obligatoria (a fecha del 30 de marzo) tuvimos que volver a ir a la tienda más cercana para comprar lo del día, a concertar entre todos qué hacer de almuerzo, a turnarnos el lavado de la loza, el arreglo de la cocina, el aseo de la cocina y de los baños.

Labores que para muchos jamás habían tenido que realizarlas. En estos tiempos modernos donde la tecnología nos desborda y el tiempo no permite más que estudiar, trabajar y obviamente en los fines de semana, descansar suena muy exótico eso de arreglar los cuartos, lavar y planchar porque la señora que ayuda en esas tareas que antes hacían las amas de casa, también están en sus casas con los suyos confinados.

Estamos volviendo a lo básico y estoy segura que serán muchas más las cosas positivas que saquemos cuando la pandemia haya sido derrotada y salgamos de nuevo al mundo que tuvimos que dejar vacío para enfrentar el enemigo común de toda la humanidad. 

Ojalá cuando eso ocurra no olvidemos lo aprendido en estos tiempos de dificultades que nos unió a todos. Ojalá los abrazos vuelvan a darse con más fuerza, con más calidez, con más sentido; y ojalá las despedidas sigan siendo como ahora: con un ‘cuídense mucho’, que se dice con sentimiento, con el corazón, con el sincero deseo de que así sea y llegue pronto el dia en que nos volvamos a encontrar.

 

Fuente

RCN Radio

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