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Lo que hicieron Robert Farah y Juan Sebastián Cabal demuestra a cabalidad de lo que son capaces los deportistas colombianos.

Muchos años han pasado desde que fui a jugar tenis por primera vez al Club Campestre de Bucaramanga gracias a la amable y desinteresada amistad de Luis Eduardo Rosales, a quien lamentablemente no veo hace rato. También hace rato que mis tenis y medias blancas no se pintan de anaranjado con el tinte del polvo de ladrillo de nuestras canchas colombianas y latinoamericanas.

El amor –mutuo- por el deporte blanco fue a primera vista. Me deslumbraron hasta la adicción mis primeros contactos con la raqueta y las bolas de tenis y mis precoces progresos de la mano del inolvidable profesor Hernando “el Flaco” Leguizamón, un estilista de este deporte, quien me enseñó a jugar. Luego vinieron algunos títulos municipales y departamentales, algunas participaciones en torneos nacionales en categorías infantiles y juveniles y uno que otro campeonato internacional, lo mismo que algunas amistades entrañables.

Recordé con nostalgia y saudade –como dirían los brasileños- en estos días esta etapa de mi vida a propósito del reciente torneo de Wimbledon, el más importante, emblemático y señorial de los cuatro Grand Slam del año, que nos dejó tantas emociones, tantas enseñanzas y el título más significativo en la historia del tenis colombiano.

Lo que hicieron nuestros paisanos Robert Farah y Juan Sebastián Cabal demuestra a cabalidad de lo que son capaces los deportistas colombianos representando al país en los escenarios del mundo. Talento, actitud, técnica, dedicación, disciplina, berraquera, pasión, amor propio y resiliencia son algunas de las características más sobresalientes de estos tenistas.

La amalgama de estos factores, entre otros, y una pizca de suerte, que nunca debe faltar, se produjo en las ignotas canchas de césped de Wimbledon, una población en el suroeste de Londres famosa por su histórico y caballeresco torneo de tenis. Digo ignotas porque nada más extraño y desconocido para un tenista colombiano o latinoamericano, acostumbrado a jugar en la lentitud del polvo de ladrillo, la tierra batida o la arcilla, que una veloz cancha de pasto.

Mientras los colombianos nos hacían vibrar con su juego rápido, potente y eficaz, un suizo, Roger Federer, el mejor tenista de la historia, nos demostraba que a los 37 años todavía se pueden lograr hazañas en el deporte orbital de alta competencia. Y eso que perdió, pese a que tuvo dos bolas de partido cuando ganaba 8-7 ese quinto, último e infartante set de la final de sencillos con el serbio Novak Djokovic, otro grande del deporte blanco. Esta derrota solo ratifica que Federer es un terrícola, mortal como todos, pero no hace mella en su condición de leyenda del deporte.

Estas dos emotivas e intensas finales –dobles y sencillos masculinos- que nos brindó Wimbledon en un fin de semana van a ser imposibles de olvidar: ambas parejas, ambas equilibradas, ambas bien jugadas, ambas de un alto nivel técnico y táctico, ambas de cinco horas de duración, ambas de cinco sets y ambas con esa gran dosis de emoción y dramatismo propia de las inolvidables batallas épicas del deporte.

Este Wimbledon no solo representó para mí el hecho encomiable de ver tenis del más alto nivel y la emoción nacionalista de disfrutar a dos colombianos trepados en los altares del templo sagrado del deporte blanco, sino el retorno a la Arcadia perdida de los griegos, al “locus amoenus” de los latinos, a las canchas de polvo de ladrillo de Bucaramanga, donde, tal vez sin siquiera darnos cuenta, éramos naturalmente felices. Cuando, rucios de arcilla, jugábamos primordialmente de blanco como solo se juega ahora en Wimbledon; cuando éramos felices e indocumentados, como diría Gabo, y soñábamos incluso más con la tierra batida de Roland Garros que con el césped de Wimbledon, lo mismo que les pasaba a Farah y a Cabal.

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