Cargando contenido

Ahora en vivo

Ahora en vivo

Seleccione la señal de su ciudad

Yo estuve en la primera línea del bloqueo de Gachancipá. Sí, en la primera línea de los millares de carros que fueron bloqueados durante eternas horas en la vía Tunja-Bogotá, a la altura de aquel municipio de Cundinamarca. Era una tarde soleada y calurosa -quién lo creyera en estas altas montañas andinas-, con un despejado cielo azul; inspirador, diría, junto al paisaje. Despejado como estaba la doble calzada entre la capital boyacense y la capital colombiana.

Venía tranquilo manejando a una velocidad diligente y el trayecto había rendido aun más de lo previsto. De repente, sin solución de continuidad, el tránsito se interrumpió y quedamos atrapados en medio de la confusión. Todo ocurrió en un santiamén, sin siquiera darnos cuenta de lo que estaba pasando. Una fila corta de vehículos estaba por delante de nosotros, y una muy larga se formó detrás con el paso de los minutos.

El reloj marcaba las dos y treinta de la tarde. Unas cuantas piedras, llantas y personas marcaban un peaje infranqueable en la carretera, tanto en el trayecto Tunja-Bogotá como en el de Bogotá-Tunja. Conductores y pasajeros nos mirábamos con recelo sobre lo que estaba pasando y lo que podía pasar.

Aunque lo presumía, tuve que bajarme del carro para averiguar qué estaba ocurriendo exactamente y porque debía hacer una diligencia urgente, de esas que nadie puede hacer por uno. Al principio la gente estaba tranquila, con la expectativa de que el incidente no se prolongara por mucho tiempo, pero nadie sabía lo que nos esperaba.

Con una diferencia de unos 10 o 15 minutos la sirena de dos ambulancias se abrió paso hábilmente por entre los carros hasta llegar al retén. No sé cuánto tiempo angustioso pasó para que las dejaran continuar con su ruta. Ojalá se hayan salvado sus ocupantes. Y ojalá se hayan salvado los padres de una de las vecinas de odisea, de 83 y 80 años, que estaban infectados de covid-19 y necesitaban con urgencia oxígeno.

En esos interminables momentos, su hija envió un sobrecogedor trino que me permito citar: “Señores de Gachancipa ayúdenme a salvar a mis papás. Tienen 83 y 80 años tienen COVID y necesitan oxígeno. Desbloqueen la vía para salvar dia vidas. #SOS vía Bogota-Tunja”.

No sé cuál sería finalmente su suerte. Confío en que sea distinta a la de este país, que se consume en una de sus peores crisis en muchas décadas. Deseo de corazón, porque su drama -como otros- me tocó de cerca física y emocionalmente, que se encuentren bien de salud.

Cuando las ambulancias pudieron sortear el bloqueo, unos cuantos carros más pasaron. En este instante pasé a ocupar prácticamente la primera fila de los carros bloqueados. No sé quiénes eran los cabecillas del cerco, pero lo que sí pude observar desde esta perspectiva “privilegiada” era que no había muchos estudiantes, ni trabajadores, ni transportadores, ni campesinos organizados. ¿Quiénes estaban al frente de este bloqueo? Esa pregunta me rondó en ese momento y me sigue rondando ahora la cabeza.

Tras varias horas de incertidumbre, el hambre y la sed acechaban, pero no había ni comida ni agua. No obstante, más que en mí pensaba en la sed y el hambre de los miles de ancianos, niños, señoras embarazadas y enfermos confinados quién sabía hasta cuándo en la vía. Y eso que ni qué hablar de la profunda crisis de pobreza, miseria y hambre que padecen todos los días de su vida millones de colombianos. Frente a este panorama desolador, mi sed y hambre circunstanciales no tenían mayor importancia.

En el marco de esta tensa atmósfera crucé algunas palabras con los que parecían ser los bloqueadores, pero las circunstancias no eran las más propicias para desarrollar un diálogo sereno y razonable. No escuché muchas consignas o peticiones relacionadas con reivindicaciones sociales, políticas o económicas, pero sí oí un poco más allá que alguien gritaba “gonorrea, hijueputa, si intentan pasar los cogemos a piedra y quemamos las mulas”. En efecto, había muchas mulas, de toda clase, regadas por la carretera, así como muchos buses, camiones y vehículos particulares. Nunca supe hasta dónde llegaba la fila, pero sospecho que eran decenas de quilómetros, quizás hasta muy cerca de Tunja.

Pasadas las seis de la tarde, cuando ya llevábamos casi cuatro horas de bloqueo eterno e infame, comenzaron a circular rumores de que iban a levantar el taponamiento. Nos subimos presurosos al carro y lo encendimos, cuando ya estábamos entre encendidos de la piedra y resignados. La nueva espera dentro de la espera también fue eterna, pero al fin pudimos pasar. No muchos tampoco.

La felicidad es efímera: un par de kilómetros más allá nos esperaba otro bloqueo. Desesperados, sin saber qué hacer al igual que todos los colegas y vecinos de suerte, nos mandamos a la aventura de una vía marginal que, sin advertir a dónde, nos sacaba de la bloqueada Troncal Central del Norte. Sobra decir que no había conexión a internet y que, por ende, no había la posibilidad de consultar a Waze. Sin embargo, no todo era desmadre y confusión. En medio del caos salieron a relucir unos componentes encomiables de la condición humana: la solidaridad y el intercambio social de angustias y posibles soluciones.

Sin instrumentos, como dirían los aviadores, nos adentramos por la vía veredal que quizás nos llevaría a Tocancipá o a Zipaquirá. Esta vía destapada, en mal estado, nos liberó finalmente del bloqueo y nos condujo a Zipa, desde donde nos dirigimos a Cajicá y Chía. ¡Eureka, aleluya! A las ocho de la noche nos despachamos un almuerzo que nos supo a gloria. Entre tanto, millares de personas y de carros continuaban confinados en el infierno del bloqueo. 

Finalmente, como colofón de esta odisea digna de Ulises y evadiendo otros puntos de bloqueos y trancones camino a Bogotá, llegamos a la casa poco antes de la medianoche. Un viaje que normalmente se hace en unas dos horas y media se convirtió en una travesía de casi 12 horas. Como decía, no sé quiénes organizaron este bloqueo ni qué buscaban, pero si pretendían sacar réditos políticos o apoyo del pueblo colombiano a una determinada causa se van a llevar un palmo de narices. En esa carretera quedaron regados millares de votos y de voluntades.

Como quiera que sea, el relajamiento, la serenidad y el equilibrio alcanzados en Villa de Leyva habían quedado atrás. Habrá que volver algún día, preferiblemente con un país sin miseria, sin injusticia, sin hambre y sin bloqueos. ¿Será posible?
 

Fuente

Sistema Integrado Digital

Encuentre más contenidos

Fin del contenido.