Dice que el tiempo no existe y sin embargo la pasión de su vida ha sido reconstruir relojes desbaratados y ponerlos a funcionar.





Por Indalecio Castellanos

 Tiene nombre y apellido de reloj suizo y ha dedicado una buena parte de su vida a mantener y reconstruir viejas piezas de relojería.

Se llama RolandBrodbeck, viene de una familia dedicada a la gastronomía que fundó el restaurante campestre La Bella Suiza  ytuvo siempre como pasión la compra de antigüedades.

Podría decirse que estaba predestinado a dedicarse a la elaboración de recetas de la fondue o la preparación de la raclette, pero terminó en estaactividad cuando a principios de los años 90 estuvo en Francia, y como dice de manera coloquial, “se le enredó un reloj”.

Pienso en Brodbeck como el protagonista de la película El relojero del año 1916, en el momento en que Charles Chaplin le pone el estetoscopio a un viejo reloj de cuerda, al que se le ha parado el corazón.

Chaplin pulsa la carcaza que no produce ninguna señal de vida, toca insistentemente la vieja campana y termina por abrir el aparato, del que sale un entresijo de piezas que toman vida cuando son rociadas con aceite, aunque después no las pueda juntar.

Cuando empezó en la relojería Brodbeck tuvo el mismo dilema que el personaje de la película y la misma tentación de destruir, de desarmar, para saber cómo funcionaba todo por dentro.

Recuerda que fue a Suiza y en lugar de estudiar gastronomía, o incluso chocolatería, se dedicó a la mecánica de precisión, que es la técnica en la elaboración de los componentes en distintos campos.

Durante uno de sus viajes a París para comprar antigüedades, se trajo un viejo reloj francés que en principio consideró  como un verdadero encarte.

Se ríe contando “que esa vaina no andaba” y ante la imposibilidad de devolverlo sacó del sombrero sus dotes de mecánico de precisión y como Carlitos en la película, no tuvo más remedio que abrir la maquinaria.



“Pensé que no tenía nada que perder y me animé a desarmarlo para ver que podía hacer. Fue en ese momento en que me di cuenta que lo que había hecho en Suiza con la mecánica industrial, era lo mismo que me serviría para reparar un reloj”, asegura Brodbeck.

Y como el cirujano que reconoce lo que hay por dentro del cuerpo humano, este relojero descubrió entonces que la caja de cambios de un automóvil o de una máquina es básicamente lo mismo que un reloj, por una relación matemática de ruedas y piñones.

Y ahora que había descubierto por dentro, como en una disección, el muelle, los ejes, los piñones y los bujes, empezó a ejercer el oficio con fascinación, a aplicar los conocimientos que había adquirido y a pedir asesoría de unos amigos suizos de su papá, que tenían para entonces una relojería muy famosa en Bogotá que se llamaba El Cronómetro.

Como los de Chaplin en su relojería, seguramente muchos de sus aparatos no volvieron a caminar, pero ahora tenía para siempre la curiosidad de arreglar e intervenir.

Cuenta que cuando los propietarios de la relojería fallecieron, heredó sus libros y empezó a complementar los conocimientos que tenía en el tema del funcionamiento mecánico y cambió los automóviles por los relojes.

“Solo reduje el tamaño de la caja de cambios de un camión a un reloj de mesa y prácticamente lo único que hice fue empezar atrabajar con un modelo a escala”, asegura.



El diagnóstico de un grande

Ahora que el majestuoso reloj conocido como el Big Ben de Londres se ha callado por cuatro años, Brodbeck hace su propio diagnóstico de porqué resulta tan complejo reparar el aparato construido en el año de 1858.

Para muchos resulta conmovedor que este símbolo de lo auténticamente británico se hubiera apagado después de 157 años, mientras que para él todo es producto del desgaste y la fatiga.

“Hay que admitir que el mecanismo del Big Ben es muy antiguo y todas sus piezas, sobre todo sus piñones, son de acero o de hierro de fundición y como llevan tantos años trabajando, el desgaste es irreparable”, asegura.

Para que vuelvan los repiques de la gran campana, será necesario entonces que se reemplacen todos los piñones y parte de la maquinaria, de tal manera que únicamente se conserven la estructura y los ejes.

Dice que desafortunadamente en estos tiempos modernos, el viejo aparato estaba caminando mal y para quienes lo han convertido en un símbolo,es imperdonable que tenga atrasos o se adelante, pues muchos apelan a su precisión para cuadrar la hora de sus relojes de bolsillo y de pulso.

“El Big Ben podrá ser un símbolo, pero la verdad es que es sólo un viejo reloj en dificultades”, sentencia Brodbeck.

Su paciente más complejo

Siempre hay pacientes queridos, unos más recordados y otros que lo han hecho sufrir por su estado y otros que están en su memoria por la manera en que logró que recuperaran todo su vigor.

Brodbeck asegura con absoluta certeza que la pieza que más problemas le produjo, fue un reloj de mesa de 1870 fabricado por los hermanos JapyFréres, dueños de unas de las más antiguas fábricas relojeras de Francia que construyó verdaderas piezas de museo.

Dice que esta bella máquina que actualmente está en manos de un coleccionista y tiene un valor de entre 10 y 12 millones de pesos, fue difícil de arreglar pues además de dar la hora y hacerla sonar, tiene un calendario perpetuo manejado por el mismo reloj.

Aclara que un calendario perpetuo es el que le da el nombre al mes, la fecha exacta y le corrige el año bisiesto durante 360 años y por eso insiste en que su intervención fue realmente quirúrgica.



Resucitar piezas

Lo suyo son las operaciones extremas y dice sentirse orgulloso de lo que llama “trabajar con  imposibles”.

Aunque no tiene la cuenta exacta de las piezas que “he resucitado”, asegura que cuando los relojes desbaratados empiezan a funcionar, ha sentido lo mismo que debió sentir Jesucristo cuando vio que Lázaro se levantaba.

En su trabajo de “médico”  solamente se le han muerto irremediablemente unos cuatro o cinco relojes porque eran de mala calidad o porque fueron intervenidos por manos inexpertas.

Brodbeck dice que excepcionalmente le ha tocado hacer lo imposible para recuperar un reloj, cuando algunas familias le insisten que están dispuestas a invertir lo que sea para mantener lo que consideran una verdadera joya.

Dice con humor que nunca se metió con la relojería pequeña y que lo suyo fueron los de mesa y pared y hasta los de torre de iglesia, porque básicamente son los mismos mecanismos.

“El principio siempre es el mismo, pero la diferencia está en que el reloj de pulso maneja una rueda volante y los otros siempre manejan un péndulo”, aclara.

Como en la película El relojero, Brodbeck asegura que muchas veces la magia del mantenimiento está simplemente en limpiar y aceitar, para que vuelva a funcionar.

“El tema de la paciencia del relojero aparece cuando uno se pregunta por qué demonios esto no anda y toca empezar a analizar en dónde se encuentra el desgaste, la falla, el diente torcido, lo que sea”, reitera.

De campanarios y otros lugares

Claro que le ha jalado a los relojes grandes, pero dice que poco a los campanarios  pues asegura que los curas son muy recelosos y “es complicado que lo dejen subir a uno”.

Brodbeckinsiste que en la parte interna siempre hay una plataforma resistente en la que está colocado el reloj, teniendo en cuenta que estos funcionan por gravedad.

“Como los relojes cucu  que llevan estas piñitas, los de iglesia llevan unas dos o tres pesas de  250 kilos cada uno y por ello debe ser una plataforma muy firme para sostener la máquina y poder trabajar allí con mucha seguridad”, reitera.

Se ríe diciendo que subir a las torres de las iglesias conlleva un problema de vértigo cuando es necesario asomarse a cuadrar los punteros o arreglar algo de los tableros.

Una de las experiencias más intensas que ha vivido en su trabajo, fue la instalación en el restaurante El Pórtico de un antiguo reloj francés de 1870.

No se sabe con certeza cuanto tiempo había transcurrido desde que la poderosa máquina de un metro con 20 de envergadura y 3 campanas gigantescas, había sido traída desde Europa a la Costa Atlántica.

Estaba oxidado y casi inservible, cuando Jaime Pradilla decidió recuperarlo y construyó un claustro y una torre especial para exhibirlo.

También ocupa un lugar importante en su memoria, el reloj ubicado en el Parque Nacional de Bogotá y que fue donado por la colonia suiza en el año de 1938 e instalado por AlbertJeanneret.

“Fue otro reloj que trabajé y recuerdo que fue relativamente sencillo instalarlo, porque la torre en dónde se ubicó no era muy alta”.

Se queja de la falta de dolientes para esas joyas que se resisten a morir y que son olvidados por los funcionarios de turno y por la gente.



Al pelo

El que algunos llaman como “el último relojero de Colombia” se atreve a dar algunas claves para escoger reloj, aunque ya muchos lo hayan reemplazado por el celular.

Lo primero es que hay diferencias en la calidad de los relojes con toda seguridad, pero insiste que al final un reloj americano, suizo o alemán va a cumplir la misma función que es mostrar la hora.

“Lo que pasa en la relojería es que hay movimientos, hay máquinas que son más complejas y complicadas, más exactas en su elaboración, pero como en la ropa o en los zapatos, finalmente lo que usted termina pagando es la marca”, advierte.

De una manera divertida  habla de las lógicas del mercado para decir que “le puedo poner un Pissot contra un Omega y la diferencia es de pesos y no de calidad, es como si se compra unos tenis Nike y unos pajarito, ambos le sirven para caminar”.

Algunos podrían pesar que hay una contradicción entre lo que hace y lo que piensa, cuando se le escucha decir al final de la conversación que el tiempo no existe y que es “simplemente la medición de un movimiento”.

-El tiempo lo hacemos nosotros y yo soy el que me muevo”, dice como dictando una sentencia de lo inexorable.