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Erika Krum / Foto archivo





Por: Indalecio Castellanos

Ahora que RCN La Radio está emitiendo cada domingo “Mi Novela favorita” en formato de radionovela, se ha vuelto a revivir la épica de la radio en la que se dibujaban imágenes con palabras y se recreaban personajes con tanta vivacidad, que los oyentes pensaban que eran reales.

Héroes de carne y hueso construidos con palabras y sonidos inventados con la boca y lugares fantásticos creados con piedritas amontonadas en un rincón del estudio, con hojarasca y el papelito brillante para avivar incendios imaginados.

Ahora que la radionovela ha dejado de contar aventuras fantásticas de personajes capaces de sobrevivir a la voracidad de la selva y sus peligros, ahora que las historias de amores y desamores no convocan a la familia a reunirse alrededor de la radio, ahora que es el tiempo de otros lenguajes y otros medios, ha vuelto la radionovela.

La captura de la abuela

“Por la boca muere el pez”, decía el cartel puesto en la entrada de la vieja edificación del Servicio de Inteligencia de Santo Domingo, en la época del dictador José Leonidas Trujillo.

Pero la vieja jamás supo de la carga del viejo aforismo, ni de Trujillo, ni de la insultante represión, ni de la miseria que se desparramaba por las calles derretidas del Caribe.

Nadie pudo sacarla del mutismo reverente que caracterizó sus últimos días y es posible que conscientemente nunca quisiera saber para qué estuvo durante más de treinta años en la puerta principal de todas las casas de su pueblo, otro cartel que rezaba: “Dios y Trujillo el jefe manda en esta casa”.

En la época en la que la gente callaba por miedo, la única distracción para la anciana y para los amedrentados habitantes de este país caribeño, era pasar la tarde pegados a la radio.

La abuela se dejaba transportar a otros territorios gracias a las historias fantásticas de “Kalimán” y “Tamakún el vengador errante”, convertidos sin pretenderlo, es una especie de héroes de la libertad de América Latina y una posibilidad política de ver un mundo libre.

Sus hijos parecían también presos. Las fiestas tenían que hacerse con las puertas y ventanas cerradas, para no despertar sospechas con los calié, convertidos en los ojos y en los oídos del régimen.

El volumen alto era una provocación para los esbirros que veían cultivos de revolución en cada encuentro y un pretexto para llevar a las mujeres más bonitas para ofrecerlas al tirano lujurioso.

Acechaban y a escondidas trataban de saber o escuchar lo que pensaban los que se creían contrarios al régimen y los que se sentían vigilados debían mantenerse a buen resguardo para evitar que los calieses pudieran tener pistas, pruebas o razones para denunciarlos.

Un hombre oyendo en la radio las hazañas de Orlando Vigil, el primer dominicano que jugó en las Grandes Ligas, podía ser sospechoso de incubar revoluciones y hasta correr el riesgo de ser conducido al Servicio de Inteligencia para contar lo que sabían y lo que no sabían.

Era como si el régimen consideraba que los comunistas eran una especie de legión de sordos pegados al transistor.

Callar era la ley para todos, mientras que para la abuela era simplemente una forma de ser. Por eso sorprendió que una tarde los calié la condujeran a la vieja edificación en la que se leía “el pez muere por su boca”, porque la encontraron oyendo radio.

Mientras los trujillistas la señalaban de sospechosa, ella explicó que simplemente estaba con la oreja pegada al transistor porque era sorda y esa tarde terminaba su radionovela favorita.“Tamakún el vengador errante “estaba a punto de cumplir su propósito de recuperar el trono que su tío, “el terrible Sakiri el negro”, le había arrebatado por la fuerza a su padre en el corazón del reino de Sacarardí.

Y pensar que la radionovela era como la historia de los dominicanos esperando la caída del dictador.

Lucecita y otras historias

Ella es feliz a sus 82 años, toma cerveza, viaja todavía y sin saber inglés puede conversar una hora con un ciudadano estadounidense y si se lo propone,  podría intentarlo con un iraquí, aunque nació en un pueblo de España entre cultivos de olivos y almendras.

Se llama Aurora y su nombre pudo ser usado para una radionovela de amor que empiece  en medio de las Fiestas del Agua o al final de las Fiestas de la Cosecha en Eje de los Caballeros, al norte de España,  mientras la imagen de la Virgen de la Oliva es llevada  en andas por los fieles ataviados con trajes rituales y la banda municipal interpreta una música triste y casi fúnebre.

La suya, pudo ser una historia de amor  contada sin mayores pretensiones en medio del rigor del régimen franquista que lo controlaba todo desde que el generalísimo se instaló en el poder en el año de 1939.

La radio estatal no estaba para contar historias de libertad ni de sueños y por ello, mientras la gente sufría los rigores de la tiranía, nombres como  “El consultorio de Elena Francis”, “Ama Rosa”, “La sangre es roja” o “Lo que no muere”, se habían apoderado de las ondas hertzianas capturadas por el régimen.

En plena postguerra, España y el mundo registraban un desarrollo fulgurante de la radio en cuanto a la tecnología y la cobertura y las series, los concursos y los deportes, ejercían una fascinación colectiva en el que “La caja de música” era como un lugar a dónde ir.

Aurora es hija de esa generación que, sin quererlo,  encontró en la radio un espacio vital en el que era posible encontrar  voces maravillosas que hacían reír y sufrir con la puesta en escena de tantas historias de  amores y desgracias.

Esta abuela con dos hijos y dos nietas, con una hiperactividad que supera sus años y el tamaño de su cuerpo, prefiere hablar de sus faenas en la cocina, de sus eternos momentos pintando e imaginando el próximo viaje,  del tiempo dedicado a nadar, aunque inevitablemente recuerde los tiempos de las radionovelas.

Con una dictadura militar autoritaria como telón de fondo, “Lucecita” se convirtió en un fenómeno que convocaba a las familias de lunes a viernes entre las seis y las seis y media de la tarde, con la misma devoción que en su momento despertó en la televisión colombiana la telenovela Café, con aroma de mujer.

La cubana Delia Fiallo fue la libretista de este eterno seriado que luego fue llevado a la televisión.

Aurora conversa de todo y puede incluso inventarse una historia sobre la radionovela, para decir que “la gente se iba antes de las seis para escucharla, que todos se reunían en casa y que si no tenían radio pasaban a las casas vecinas para escucharla”.

Todos los días había un pretexto para hablar del sinvergüenza de la serie, para insistir en lo buena persona que era el protagonista, para odiar colectivamente a los malos y para inventar los finales que nunca llegaban.

Es posible que Aurora no recuerde el final de “Lucecita” en la radiodifusión española,  pero es seguro que la historia de la niña de campo ingenua y pobre, terminó en matrimonio.

Es posible que la nieta, que se cree la más inteligente de la familia, sienta pena al reconocer que en sus tiempos jóvenes escuchaba la muy famosa y romántica “Matilde, Perico y Periquín” y que su historia personal no terminará con una boda.

Sus dos amores

Al final de la década de los 70 ella era la encargada de los oficios domésticos de una casa de Tunja en la que tenía que cuidar a tres muchachos en su época escolar, cocinar para ellos y soportar sus necedades todos los días. Tenía dos amores y repartía el tiempo para poder estar religiosamente con ambos.

De lunes a viernes, en la tarde el pequeño transistor de pilas se convertía en una extensión de su oreja para escuchar Kalimán y aunque nunca dijo nada, es seguro que estaba enamorada del hombre de ojos verdes vestido de capa blanca y turbante coronado con una joya preciosa.

Colombia se paralizaba para escuchar las aventuras de este héroe inventado por la magia de la palabra y Delfina hacia parte de esa millonaria audiencia que lo escuchaba todo casi sin respirar, como para mantener el discreto silencio con el que los personajes se desplazaban por la espesura de la selva.

Aunque era su amor eterno, Kalimán no era el que llegaba los domingos a la puerta, sino un soldado de franquicia que los domingos le hacía poner su mejor vestido para invitarla a caminar por las calles vacías de Tunja,  como la princesa de unos de esos cuentos que escuchaba por la radio.

Delia Fiallo hubiera podido empezar una radionovela describiendo el instante en que ella enfundada en un traje rojo y él vestido de paño, se dan un beso apasionado, se dicen lo mucho que se extrañan y empiezan a caminar tomados de la mano por lo que se conoce en la capital boyacense como “La Vuelta al Perro”.

La famosa escritora cubana hubiera podido contar que un hombre llamado Gaspar Ospina, ganó en Medellín un concurso en el año de 1953 y que ello significó su entrada a la radio, en la que fue luego la voz inmortal de Kalimán.

Sería interesante que la libretista pudiera develar el misterio de cómo la voz de Erika Krum encarnaba al pequeño Solín, descendiente de los faraones  y de cómo Lucy Colombia Arias le dio cuerpo a una de las novias de Kalimán.

Sólo una libretista pudiera relatar porqué las radioactrices lloraban de verdad  y porqué ya no suena  “Arandú”, “Tamakún el vengador errante”, “El precio de un hijo”, “El Derecho de nacer”, “Lucecita” o “Cristal”.

Sólo una escritora de estas historias pudiera contarnos qué pasó con el Templo de Yara o el reino de Sacarardí y porqué se acabaron las luchas heroicas de quienes iban detrás de los ladrones de la séptima cabeza del dragón.

Sería interesante saber cómo Gaspar Ospina, Esthercita Sarmiento de Correa, Chela del Rio, Teresa Gutiérrez, Luis Chiape, Dora Cadavid y  Fabio Camelo, pudieron engañarnos con sus voces magníficas.

Es posible que nuestra oyente de entonces  tuviera alma de actriz y también llorara de verdad, es posible que aún añore a Kalimán, es posible que estas historias hayan ocurrido de verdad y que la vida sea una radionovela.