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Foto: AFP







Por Indalecio Castellanos

La frágil figura de Omaira Sánchez atrapada irremediablemente entre el barro y el agua que había provocado el colapso de su casa, se ha convertido en el símbolo del estoicismo y la valentía de centenares de víctimas de la tragedia de Armero.

Omaira estuvo atrapada durante tres días y todavía hoy muchos se preguntan qué circunstancias impidieron al final, que la niña fuera rescatada, a pesar de los ingentes esfuerzos de los organismos de socorro y de las miradas de los medios internacionales, que prácticamente transmitieron en directo su agonía.

El médico Leonardo Hernández, que actualmente es el coordinador del Centro de Emergencias para América Latina de la Organización Panamericana de la Salud y que en noviembre de 1985 estuvo en Armero como miembro del rescate aéreo de la Cruz Roja, le contó al Programa Al Fin de Semana de RCN LA RADIO, que en el caso de Omaira hubo una mezcla de imprevisiones y falta de recursos para poder recuperar con vida a la pequeña.

Hernández recordó  que un día después de haber llegado a Armero, unos soldados de la Fuerza Aérea les avisaron que habían encontrado una niña que golpeaba con un palito unas latas de zinc.

“Con tejas y bultos de arroz hicimos una especie de puente en el lugar en dónde se produjo el hecho, que era bastante cerca al helipuerto y empezamos la tarea”, recuerda el hombre que hizo parte de los operativos de rescates de los centenares de afectados por la tragedia natural.

Agrega que “en principio Omaira estaba atrapada del abdomen y de la cintura para abajo y alrededor de su cuerpo había cadáveres, que a su turno soportaban las vigas de las casas que colapsaron en el lugar”.

El integrante de los organismos de socorro recuerda que posteriormente toda “esa estructura fue arrastrada por el agua e hizo comprensión sobre el cuerpo de la joven”, para atraparla irremediablemente.

Hernández recuerda que la pequeña de trece años estaba aparentemente bien, porque en principio estuvo protegida por los cuerpos, presumiblemente de sus familiares más cercanos, pero luego la situación se complicó porque la estructura empezó a aprisionarla.

“El lodo le llegaba casi al abdomen y el resto era agua, casi hasta el nivel del cuello en el primer momento, pero desafortunadamente no había ninguna forma de hacer un trípode ni un soporte para jalar las vigas que apretaban su cuerpo”, recuerda el médico Hernández.

Y luego hace memoria de esa jornada infructuosa para rescatar a Omaira y recuerda que “se intentó por vía aérea, pero no había los cables ni los helicópteros adecuados y en consecuencia fue imposible cortar el acero de las vigas y liberarla delas columnas”.

Todo fue una dolorosa coincidencia, porque en principio cuando se empezó la tarea de ayuda a Omaira, ni siquiera llegaron las motobombas que se pidieron y luego hizo falta equipo especializado.

“Para poder rescatar a la niña se necesitaba un material adecuado y además sumergible y enese escenario y hace 30 años, era bastante complicado tener eso a la mano”, expresa con desconsuelo el médico Hernández.

Lo que se siente ahora

El entonces integrante de la Cruz Roja, Leonardo Hernández dice que durante mucho tiempo tuvo una sensación profunda de impotencia y frustración por no haber ayudado un poco más en esta tragedia, que se revive siempre cuando se conmemora un nuevo aniversario.

Y como una manera de alivianar la carga, señala que  ha tratado de quedarse con los buenos recuerdos, las pocas cosas buenas y sobre, las enseñanzas que deja un episodio de esta naturaleza.

“Recordar con inmenso afecto que Omaira nos decía que fuéramos por otras personas que fuera más fácil rescatar y luego volvieran por ella.

Estas palabras, recuerda el socorrista, nos hicieron reflexionar sobre la tarea y entendimos que la niña nos decía que había montones de personas por rescatar y que a pesar de su tragedia personal, había otros frentes que atender.

“Tuvimos que rotarnos en la atención de Omaira y por ejemplo ir en los helicópteros para ayudar asacar a otras personas y aprender de la valentía y el estoicismo con el que ella manejó la situación”, insiste en señalar en el diálogo con Al Fin de Semana

Y recuerda con nostalgia sus intentos fallidos de rescatarla, pero reflexiona que “no podíamos desmoronarnos frente a ella ni dejarnos llevar por  los sentimientos, porque debíamos atender a los centenares de Omairas que también nos necesitaban y las otras personas que estaban sufriendo”.

Enseñanzas

El hombre que tiene como principal recuerdo que hace 30 años había “tanta gente sufriendo y pidiendo ayuda” y que a pesar de esa imagen sobrenatural no podían desmoronarse y tenía  que actuar, dice que Armero le enseño la humildad y el verdadero valor de las cosas.

“Omaira podía cantar y contar cosas mientras sufría y lo más admirable “es que nunca nos reclamó porque no la sacábamos, ni nos llamó incapaces, ni nunca nos dijo nada agresivo”, recuerda.

Ella, que estaba preocupada por fallar dos días al colegio, tenía la esperanza de salir, de volver a caminar y de estar de nuevo con su mamá.

El socorrista Hernández destaca que hay una gran lección de valentía y de amor, cuando Omaira preguntaba si había otros niños en su misma condición y estando en esas circunstancias expresaba su preocupación por los demás.

“Nos decía, vaya coman y me traen unas galletas”, recuerda el médico, quien insiste que 30 años después de la tragedia, lo realmente importante no quedarse en la anécdota de Omaira sino investigar cómo se hubiera podido evacuar a Armero y salvar a la gente.