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Por Indalecio Castellanos

 

Le pregunto al ingeniero de sistemas de la cadena para qué sirve el fax que está todavía conectado en la sala de redacción de la radio y él responde sin titubear, sin medias tintas: “Para nada”.

No hay en sus palabras ni un asomo de nostalgia ni de arrepentimiento y ese “para nada” es absoluto y hasta demoledor.

Ahí está el viejo armatoste abandonado a su suerte en medio de computadores un poco más modernos y de celulares, las tablets y ipods y toda clase de artefactos que los jóvenes reporteros cargan celosamente, como dando a entender que el poder de la comunicación está ahora en sus manos.

Aunque el ingeniero y los reporteros hablen hasta la saciedad de la inutilidad de este aparato, el viejo fax sigue conectado y esperando que alguien en un lugar del mundo se decida a enviar una carta, una factura o una queja, porque por ahí no volvieron a llegar las noticias.

Este aparato condenado a la inutilidad eterna, sigue esperando que alguien invente un pretexto para enviar un fax, que para las nuevas generaciones  podría ser un proceso complejo y difícil.

Con razón Riszard Kapuscinski recordaba en su libro Los Cinco Sentidos del Periodista un momento emotivo de lo que ha sido la revolución tecnológica en las rutinas de los medios de comunicación.

El reportero de origen polaco hacía memoria que “Ergon Erwin Kisch, corresponsal checo-alemán de principios del siglo XX, escribió en sus memorias que el trabajo de enviar la noticia en ocasiones resultaba más fascinante que el reportaje mismo”.

El fax era el poder de la redacción y ya no es nada, si lo miramos desde la perspectiva que ahora todo es tan sencillo y tan espontaneo y que muchas veces no hay emoción en el proceso de construir y de publicar.

Nadie repara en la presencia de este aparato macizo que insiste en sobrevivir al paso del tiempo y que parece recordarles a los  periodistas de ahora, que en esta redacción antes estuvieron la máquina de escribir y el teletipo.

 

Anacronía

El viejo fax está conectado desde hace muchos años a la línea 2850121, pero ya nadie se sabe ese número en la redacción.

Lo realmente heroico no es que este fax sobreviva después de tanto tiempo, sino que tenga todavía un espacio en la redacción, en la que parece morir de pie.

Es lógico que debería estar en los estantes de la entrada del edificio entre los viejos radios Phillips, Sony y Paillard, entre los viejos tubos calientes de los equipos que salieron de circulación, o al lado de las máquinas de cinta de carrete abierto, que están ahí para hablarnos de la tecnología de otros tiempos.

El fax debería estar en ese museo de la radio, que nadie conoce, y que está atravesando los dos patios interiores de la denominada “manzana de la radio”  en el que reposan los viejos micrófonos Shure, las consolas y las vitrolas que fueron usadas en los tiempos que algunos todavía añoran de la vieja radio.

No se sabe por benevolencia de quien el 2850121 sigue conectado,  pese a que algunos son de la idea que debe empezar a engrosar los elementos decorativos de la cadena.

 

La historia

Muchas cosas han pasado desde que en 1964 la Xerox Corporation patentó la primera máquina de fax moderna, desarrollando el principio de lo que el inventor inglés Alexander Bain llamó en el año de 1881 como el escáner fototelegráfico.

Como la mayoría de los inventos tecnológicos que permitieron construir la magia de la radio, el fax encontró en la guerra el escenario más propicio para su desarrollo, hasta convertirse en un arma poderosa para el ejercicio del periodismo, antes que apareciera el internet y los correos electrónicos, que lo fueron desplazando en la década de los 80.

En el mundo ya se ha desarrollado lo que se conoce como el fax virtual o fax por internet, pero aquí el fax sigue siendo muy real.

El viejo Panasonic  está para recordarnos la inutilidad de muchos de los armatostes de madera y cuero, que fueron reemplazados por artefactos más livianos de resinas sintéticas y de plástico.

El fax es la evidencia que por la redacción pasaron otros artefactos como el denominado “maletín de las noticias”, que empezó a funcionar como la gran novedad tecnológica en el año de 1993 y que desapareció pronto por lo costoso de su operación y las evidentes deficiencias en el sonido.

En RCN La Radio muchos recuerdan aún el instante en que el periodista Reinel Beleño hizo la primera llamada por el maletín al entonces director Juan Gossaín , mientras caminaba por la calle 37 en medio de los aplausos y risas de los ingenieros y los curiosos que observaban el pequeño antena sobre el cajón de madera.

Beleño  debió sentirse haciendo parte de la historia universal de las comunicaciones, como el ingeniero de Motorola Martin Cooper mientras hacía la primera llamada a través de un teléfono celular, el 3 de abril de 1973 en la ciudad de Nueva York.

Nadie sabe en dónde estará arrumado el publicitado maletín de las noticias, que era el concepto más avanzado para entonces de la telefonía satelital, mientras que para la mayoría de los miembros de la redacción, es evidente la presencia del fax en uno de sus rincones.

Lo paradójico es que los dos sirven para lo mismo que ha dicho insistentemente el ingeniero de sistemas y los periodistas de la redacción: “Para nada”.

 

¿El poder para qué?

Y si el fax era el poder y ahora no llega nada por él, habría que preguntarse entonces como un el expresidente Darío Echandía: ¿El poder para qué?.

Son muy pocos los ocupantes de la antigua “Torre Sonora” que recuerdan el frenesí alrededor de este viejo artefacto, cuando por ahí se enviaban los titulares, la continuidad de los programas, los libretos y las noticias que debían poner al aire lo locutores encargados de la lectura de noticias en los boletines y en los avances.

Los nuevos ocupantes del edificio vinieron con sus propios artefactos y con la íntima convicción que no necesitan de nada, y muchas veces de nadie, para ejercer su oficio.

Los nuevos ocupantes no imaginan los afanes de los productores de los viejos programas de la radio, ni la preocupación de HH Trujillo porque no llegaba el boletín con las últimas medidas del Banco de la República, ni el  grito de asombro de Eduardo Carrillo al leer el fax en el que le confirmaban la muerte de Pablo Escobar en diciembre de 1993 en la ciudad de Medellín.

El fax era un punto de encuentro obligado y el lugar en el que empezaban todas las carreras hacia el máster, en busca de la felicidad eterna que significa poner una noticia al aire.

 

Un ejercicio lento y precario

Ningún periodista volvió a pasar por el fax, entre otras razones, porque la mayoría se imagina que tiene usos distintos al de recibir información.

Unos  se imaginan que sirve para trancar puertas, otros piensan que es para sacar fotocopias y otros que puede ser un artefacto instalado por el Departamento de Personal para interceptar las conversaciones de los reporteros.

Nadie busca información  por la sencilla razón de que por allí sólo llega la  Tasa Representativa del Mercado, que debe enviar un señor viejito de la Superintendencia Financiera.

Desde hace muchos años se repite cada día el ritual de  esta pequeña máquina que “escupe” la certificación obedeciendo a las directrices oficiales del Banco de la República, que se parecen a las órdenes emanadas por los juzgados para publicar el edicto emplazatorio para dar legalidad a las diligencias judiciales.

Habría que agradecer el heroico esfuerzo que todos los días hace el anónimo funcionario para enviar el registro del comportamiento del mercado, para que el fax de la redacción de la radio no se muera de tristeza.

 

Las hojitas abandonadas

Muchos desconocen el lenguaje arcaico del fax y parecen ser de otros tiempos señales como la hora de inicio de la operación, la duración, el modo, que generalmente es recepción, el ok que da por terminado el envío, las señales de alarma cuando el papel queda atascado y esa melodía propia del fax, que ya  debería reposar en el museo de los sonidos.

Hace muchos años que por allí no llega nada atractivo y el aparato parece más bien una extensión del Departamento de Recursos Humanos.

En los últimos meses solo han llegado por aquí las invitaciones para un seminario que enseña a hablar en público, uno que ofrece innovación en el rol de las secretarias, uno de recaudo efectivo de cartera y otro de administración de flujos de caja.

Nadie repara en las tentadoras ofertas de la empresa que vende cintas de seguridad y propileno o la que ofrece lavado y embellecimiento de fachadas.

Nadie lee el texto de las hojas que promueven conseguirle “una casa” a las mascotas abandonadas en la calle, ni en el servicio social de joven que se ofrece como mensajero en bicicleta.

Un hombre advierte que “el trabajo no es deshonra”, otro anuncia la próxima venida del Espíritu Santo y otro que se autoproclama como el periodista de la paz, pregona que se ha iniciado el Siglo de la Reconciliación.

Otro personaje escribe desde Cartagena para pedirle a la dirección de Noticias que se rectifique la información según la cual el idioma más hablado en el mundo es el chino y luego el español. “El más hablado es el hindi en India e Indonesia y luego el chino”, escribe con letra de pocos amigos.

El mismo personaje que se hace llamar Jorabo, critica a uno de los prestigiosos periodistas de la cadena que acaba de decir que la reina Isabel es la más importante de Inglaterra y él riposta a través del fax diciendo “que en realidad este honor le corresponde a la reina Victoria, que fue la cabeza del reino británico cuando ellos dominaban el mundo”.

Las hojitas que salen por el fax son tan poco atractivas, que ni siquiera Laidy, la señora del aseo, las bota a la basura.

En un mundo vertiginoso, interconectado, de hombres pragmáticos, utilitaristas y tecnológicos, nadie sabe para qué está este fax en la redacción de la radio.

En el ensayo El Canto de las Sirenas, Willian Ospina habla de la tecnología como una especie de religión en la que la barbarie se ha ido refinando, para dejar atrás inexorablemente a  esa generación de románticos pugna por no desaparecer.

Ospina dice que “una cosa bella es alegría para siempre” y a mi el fax de la redacción me parece una auténtica belleza, aunque nadie sepa que existe, ni para qué sirve.