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Javier Alvernia / Imagen cedida por familiares





Por Indalecio Castellanos

Su recuerdo más intenso es la última mirada que le hizo su hijo Javier Alvernia cuando se lo llevaron los guerrilleros del ELN en su finca del Cesar.

Esta es la imagen que tiene doña Cecilia González: “Una mirada de incertidumbre y de perplejidad que nos dimos como preguntándonos ¿qué pasó?”.

El 17 de enero de 2014 Javier fue abordado por un grupo de hombres armados en su finca de Curumaní, Cesar, en presencia de su mamá. Desde entonces, se desconoce su suerte y su paradero.

Antes de terminar el año 2014 , tres guerrilleros del ELN capturados por las autoridades confesaron que Javier había muerto en cautiverio mientras intentaba huir y según la información, “unos campesinos habrían encontrado su cuerpo y lo enterraron”.

Han pasado cuatro años desde el momento en que se reveló la noticia y, pese al llamado hecho a las autoridades y a los guerrilleros del Eln para que activen la búsqueda y establezcan el lugar en dónde se encuentran los restos, no ha habido ni una sola noticia del paradero de Javier, de quien se dice murió en cautiverio a los dos meses de su secuestro.

Doña Cecilia dice que “en el fondo de su corazón no puede aceptar que su hijo haya muerto y que conservará por siempre un hálito de luz y esperanza”, mientras que reclama que alguien le ayude a encontrar los restos de su hijo.

Las etapas del proceso

Todo este tiempo doña Cecilia lo ha pasado entre la fe absoluta que su hijo regresará y la profunda tristeza de que no podrá ver sus restos.

“Una primera etapa es la esperanza y fortaleza que uno busca en Dios, luego la angustia cuando nos notifican de la suerte de nuestro familiar y, al final, negar la situación e insistirse todo el tiempo en que tu hijo está vivo”, asegura doña Cecilia.

Esta sufrida mamá reitera que su vida, desde entonces, se ha ido en tratar de entender la realidad de lo que le pasa en medio de “la desesperación, la infinita tristeza y la sensación de desamparo y de absoluta soledad”.

Mientras las autoridades encargadas de la búsqueda no avanzan y el ELN no responde a sus clamores,  doña Cecilia se debate en medio de esa culpa interior en “la que piensa que no hizo nada”.

“Si esto es cierto, si mi hijo está muerto y esto tenía que pasar, es un dolor muy grande”, dice doña Cecilia en diálogo con La Noche de La Libertad, tras insistir en que hoy más que nunca está pegada a Dios en un vano esfuerzo por recobrar el aliento y continuar con la búsqueda de noticias sobre Javier.

Sufre ante la perspectiva que el caso de su hijo quede en la impunidad y no se sepa en qué lugar están sus despojos y llora pensando en lo “difícil que es asimilar lo que está pasando desde el día que se cruzó por última vez la mirada con su hijo”.

La luz

Y frente a la incertidumbre, doña Cecilia se convierte en una fuente inagotable de frases.

Empieza con un bucólico “nada está bien”, para seguir con “tengo una  pena muy grande”, “estoy triste y frustrada” y otra demoledora: “La razón me dice que debo conformarme, aunque guardo una gran esperanza”.

Termina con otra frase construida desde la angustia de una mamá que siente que ha perdido a su hijo, pero insiste en que “a pesar de la evidencia, la razón me dice que hay un hálito de luz y que puede aparecer”.

Contra toda evidencia, el espíritu de una madre le indica que es posible “que no haya pasado nada”, aunque no pueda evitar su frustración porque cambiaron el fiscal que llevaba el caso en Valledupar y sienta que el secuestro va camino a “olvidarse inexorablemente”

Y suelta una más: “El caso parece que se está dilatando y, seguramente, todo apunta a que no se sepa absolutamente nada”.

Un nuevo llamado

Silencio es lo que ha habido luego de cuatro años en los que doña Cecilia González no ha parado en pedirles a los integrantes del frente Camilo Torres del ELN  y a los comandantes alias Wilser y Acosta que entreguen los restos de su hijo para poder hacer el duelo.

Les ha hablado en todos los tonos intentando “tocar las fibras de su corazón”, pero nadie responde.

Ahora que se está en un intento de proceso de paz con el ELN, doña Cecilia insiste en que los jefes de la guerrilla le digan que pasó con su hijo y si ello no es posible, que “los mandos del Catatumbo señalen qué le hicieron a Javier”.

“No espero nada de los autores, sino que me digan en dónde dejaron los restos, tener la certeza que murió mientras intentaba fugarse, saber si es cierto que se enfermó, si lo enterraron o no y, finalmente, que le digan a la Cruz Roja cómo pueden llegar al lugar”, expresa.

Siente que no se ha avanzado nada desde que uno de los secuestradores le confesó que su hijo Javier había muerto y se queja de que los guerrilleros que entregaron la primera versión, ahora la niegan.

Siente que su caso “se ha vuelto invisible por no hacer parte de una de las familias poderosas de este país” y recobra el aliento para decir que continuará en la búsqueda por la simple razón, “que no puede perder a su hijo y hacer como si no existiera”.

Su madre recuerda que desde muy joven tuvo que afrontar adversidades, “porque a los 20 años empezó a sufrir una diabetes tipo 1 que asumió con estoicismo y que lo obligó a adoptar una vida más sana y disciplinada”.

Durante el cautiverio la salud de Javier fue la mayor preocupación y, según las informaciones que se conocen, la falta de atención habría provocado su muerte.

Esta mamá tiene la certeza que “las cosas están como si Javier nunca hubiera existido” e insiste en que “es necesario recuperar sus restos  para hacer el duelo y estar más tranquila, aunque ello no signifique cerrar este capítulo para siempre”.

Mientras se sabe que pasó, la consigna para esta familia es “ir aceptando que Javier ya no está”.