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Cuando inició la radio en el mundo
Radio Moscú era el instrumento de poder más persuasivo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Foto: Ingimage

Era un hobby, una afición que se ejercía en secreto. Había mucho de clandestino en ese juego de encerrarse en la habitación, sacar la antena del radio, poner la onda corta y empezar a mover el aparato hasta que empezara a encontrar alguna señal del otro lado del mundo, del más allá, del lugar misterioso e inexplorado que solo podía existir en sueños.

Era de noche, la oscuridad era tu cómplice. Las ondas podían llegar más claras, precisas, y la emoción crecía a medida que empezabas a hacer contacto, a engancharte con ese mensaje que aparecía del otro lado del planeta. Entonces, súbitamente, mientras el corazón palpitaba a mil, escuchabas ese saludo que imaginabas era solo para ti, de un amigo invisible, de ese compañero de viaje por la Vía Láctea: “Aquí Radio Moscú”.

El camino del mensaje solía cruzarse en la mitad de la noche con el de Radio Habana Cuba, ambas señales en español, que venía en contravía atravesando el Caribe. Pero los clarines que sonaban desde la Unión Soviética eran diáfanos, inconfundibles, y te hablaban de un lugar llamado Siberia, de una ciudad llamada Stalingrado, de otra llamada Lelingrado, y así. Desde el más allá contaban historias y soltaban una tonada musical que te dejaba estupefacto: ¿Quién diablos era Katyusha?

En plena adolescencia, apenas sabíamos que ese inmenso país de 22 millones de kilómetros cuadrados —Hoy Rusia tiene poco más de 17 millones—era el otro lado de la luna, la otra cara de la moneda, el complemento del Ying o del Yang. En las películas veíamos que los malos eran los soviéticos, pero en el colegio, colegio público, nos decían que eran lo contrario, que en octubre de 1917 habían tumbado a los zares y habían montado al proletariado en el poder.

Por eso llamaba poderosamente la atención hacer contacto con ellos. Al fin y al cabo, Radio Moscú era el instrumento de poder más persuasivo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El propio Lenin, el padre de la Revolución, se valió de la incipiente radio para desarrollar su programa de lucha contra el analfabetismo en el campo: los campesinos no entendían nada de revoluciones ni de derechos ni de liberaciones. Tampoco estaban muy convencidos de la necesidad de acabar con el Imperio de los Zares.

En Moscú se creó la estación Khondisk para que un locutor anunciara los decretos y decisiones del Gobierno, preparados por la famosa agencia de telégrafos de Rusia, que más tarde sería la Itar-Tass. Aquí se cuenta que los técnicos soviéticos construyeron el transmisor de onda corta para que el régimen soviético pudiera emitir mensajes que eran escuchados en Gran Bretaña, Francia, Alemania e Irak.

Después, en la lI Guerra Mundial —que para los rusos se llama Gran Guerra Patria—la radio se expandió por todo el país. En esta época se consolidó Radio Moscú, con ese nombre poderoso. Era claro, por ejemplo, para Stalin, que la capacidad de difusión de la radio como propaganda política no tenía discusión. Sobre los años 40, tres cadenas de radio transmitían programación varias horas por día en todo el territorio. Su contenido era especialmente de música, programas de entretenimiento, culturales y científicos, noticias y propaganda política.

Cuando cayó la Unión Soviética y con ella el Telón de Acero del que hablaba Churchill también cesó sus actividades Radio Moscú. En su momento, esta emisora llegó a transmitir en 80 idiomas, una locura. Incluso en quechua. Al llegar Boris Yeltsin al poder, esa historia terminó.

Hoy, uno hace un repaso por la noche radial moscovita y encuentra varias sorpresas: la primera, que no hay emisoras en AM. La segunda, que predominan el rock, el reguetón, el ska, el hip-hop, algo de jazz, y una emisora de música clásica. Ignoro cómo será el asunto en internet. Hay programas de radio hablada, tertulia y conversación, éxitos en inglés, poco o nada en español.

De aquella radio estatal de propaganda abierta no hay mucha huella. No se oye mucho a Putin en largos y tediosos discursos, tampoco suenan marchas militares. La Radio Moscú, como el comunismo, las filas, el totalitarismo, quedaron en el pasado. A lo mejor se transformaron y se arroparon con los nuevos trajes sofisticados de estos tiempos de la Cuarta Revolución Industrial.

Al terminar de repasar el dial de Moscú, surge una pregunta inevitable: ¿qué pasó con esa vieja afición a escuchar emisoras lejanas o exóticas? Por lo pronto, supe que ese hobby tiene nombre: diexismo, porque en telegrafía DX significa distancia. ¿Quedará por ahí algún diexista?

 

Por Juan Manuel Ruiz, enviado especial a Rusia.

Fuente

RCN Radio

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