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Recepción del hotel (medicalizado) Vía Castellana, Madrid (España)/Carolay Morales.
Recepción del hotel (medicalizado) Vía Castellana, Madrid (España)/Carolay Morales.

Dos días después de haber vivido uno de los momentos más significativos de mi carrera profesional como periodista, me encontraba en un hospital de Madrid (España) diagnosticada positiva para covid-19.

¿El destino se cumple irremediablemente? Es una de las preguntas que me surgen luego de haber vivido tantas casualidades en menos de dos años. Una de ellas, me llevó a una historia fascinante, merecedora del premio internacional de periodismo Rey de España en la categoría radio.

Recuerdo que tres días antes de grabar por casualidad esa historia en la calle había olvidado mi celular, inicialmente, en un bus y luego en un café. En los dos lugares logré recuperarlo milagrosamente.

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En definitiva, creo que “la vida no podía darse el lujo de hacerme perder el celular” porque con ese aparato iba a grabar los videos de cómo Alexander Beja, un migrante venezolano que se ganaba la vida cantando en las calles de Bogotá, era descubierto por la reconocida agrupación mexicana Camila y, luego, invitado a grabar una canción. Sin contar con que ese día, estaba buscando un baño y resulté viviendo uno de los momentos más surrealistas.

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Cuando viajé a Madrid (España) para asistir a la ceremonia de premiación ocurrieron también muchas “cosas extrañas”: el vuelo había sido cambiado unas tres veces y, ocho días antes, tuve que pedir hasta una visa americana porque supuestamente se hacía una escala en Estados Unidos durante el viaje a España.

Luego cambiaron de nuevo el itinerario (todo esto producto de la incertidumbre por la pandemia de la covid-19) y resultó que el vuelo finalmente era directo Bogotá- Madrid. Me tocó solicitar un nuevo pasaporte y, como si fuera poco, cuando llegué al aeropuerto Internacional El Dorado en Bogotá, una trabajadora de la aerolínea me dijo de tajo: “Usted no puede viajar porque no tiene visa Schenguen”.

Todo eso fue superado y recuerdo que subí al avión pensando en las tantas trabas que había tenido para embarcarlo. Por fortuna, casi no había pasajeros. Estuve sola en un puesto de tres sillas, durante las diez horas que tardó el viaje.

Ya en Madrid el panorama, al principio, era de felicidad total. No solo por el premio sino por la posibilidad de descubrir personas, comidas, lugares y momentos nuevos. Pero lo irremediable estaba por ocurrir. 

Dos días después de la ceremonia de premiación empecé a sentir dolor de cabeza, fiebre y tos con flema. Fueron los únicos tres síntomas. Con este panorama, resolví llamar a Gloria, una de las organizadoras del premio en la Agencia EFE. Recuerdo que, de las primeras cosas que me “advirtieron” sobre los españoles, fue sobre “su carácter”. Claro que tienen carácter y dicen las cosas sin filtro. También son muy humanos y compasivos. No en vano compartimos la misma historia y parte de la cultura. Así que presenciar ese sentido de humanidad, me dio la confianza para pedir ayuda y contar lo que ocurría.

Vuelo Bogotá- Madrid en pandemia.
Vuelo Bogotá- Madrid en pandemia//Carolay Morales.

Entonces a Gloria le conté que me sentía muy mal. Decidimos ir al médico, dado que tenía vuelo en unas horas para viajar a Colombia. Llegamos sobre las tres de la madrugada al hospital La Paz de Madrid. Tenía mucho miedo porque mi intuición me decía que no era un simple malestar sino algo más. Algo nuevo.

En el hospital casi no había gente. Me llamaron casi de inmediato y me hicieron exámenes de corazón y radiografía de torax. Por fortuna, los dos salieron bien. Por último, estuve en una sala grande con dos enfermeras y una doctora. Me hicieron la prueba PCR y en 15 minutos salió el resultado.

Positiva para covid-19: el mundo se vino abajo. Pensaba en lo lejos que estaba de mi país, de mi familia, de la gente que quiero. Como nunca antes la incertidumbre por lo que podía pasar, se apoderó de tal forma que pensé en lo peor. Incluso contemplé la idea de cómo sería la repatriación de mi cuerpo, en caso que empeorara la situación.

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No tenía dónde pasar el confinamiento en Madrid. Así que el hospital y la Agencia EFE resolvieron enviarme a uno de los tres hoteles medicalizados de la ciudad. Hoteles que por la pandemia fueron adecuados con médicos y enfermeros solo para atender a pacientes con covid-19. Mientras esperaba el traslado, seguía en el hospital.

No paraba de llorar y Gloria no paraba de repetirme: “No te preocupes, todo saldrá bien”.

Estaba sentada en una silla azul y sobre la una de la tarde, una mujer vociferó mi nombre y me dijo que la acompañara. Salimos y, como si no fuera suficiente el drama, había una ambulancia esperándome para ser llevada al hotel Vía Castellana, ubicado en una de las zonas más transitadas de Madrid.

Hospital La Paz, Madrid España.
Hospital La Paz, Madrid España/Foto: RCN Radio.

En la recepción, una enfermera con un uniforme de color naranja que encima tenía un traje blanco con careta, tapabocas, gafas y guantes me informó sobre las reglas del lugar: no podía salir por ningún motivo de la habitación; si tenía una urgencia debía llamar por un teléfono fijo.

No podía tener mis cosas, ni ropa. Solo podía tener mi celular, el cargador y la billetera. Me dieron una bata, me dijo que la comida la dejaban solo en la entrada, que solo saldría de allí con dos pruebas PCR negativas y que había acceso a internet. Mi habitación era la 816.

Cuando la enfermera cerró la puerta del cuarto logré calmarme y llamar a mi mamá. Desde ese momento no paramos de hablar ni un solo instante. Hacíamos videollamadas dos veces al día.

Siempre me daba fuerza, me alentaba a estar mejor. La veía tan fuerte con todo esto que luego ella me confesó que no era así. “Yo le decía que estaba bien, que me sentía bien, pero eran mentiras. El corazón me dolía cada vez que colgábamos el teléfono”.

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Para aliviar los síntomas del virus me dieron medicamentos para la tos con flema, el dolor de cabeza y durante todas las noches, me inyectaron, en el estómago, un medicamento para evitar la formación de coágulos (trombos) o ataques cardíacos.

Según explicaron los médicos en España, la covid-19 puede desatar estos problemas. ¿Cómo me contagié? Es muy difícil saberlo. Se cree que pudo haber sido durante el vuelo o ya traía el virus desde Colombia.

Como mencioné, no conocía a nadie cercano en España, así que algunas personas con las que tuve poco contacto durante los días de la premiación se enteraron de mi situación y ofrecieron ayudarme. Ellos me llevaron artículos de aseo personal, libros, juegos, un esfero y hasta un diario.

Y ahí estaba, en un cuarto de hotel con una cama sencilla, un televisor, una ventana que daba a la calle. Los enfermeros me recomendaron abrirla todas las mañanas para reducir la ansiedad por el encierro.

La habitación era grande. Quizá tenía unos doce pasos de largo por 15 de ancho. Caminaba por ese espacio todo el día. Leía a ratos, hablaba, jugaba sola, escuchaba música, bailaba, veía televisión o simplemente todas las tardes tipo cuatro, ponía una silla cerca a la ventana y tomaba el sol. También de vez en cuando, escribía en el diario.

Cuarto de hotel medicalizado Vía Castellana, Madrid.
Cuarto de hotel medicalizado Vía Castellana, Madrid.

Día dos: la capacidad de resistir

Me siento más tranquila. Vivir esto es sin duda una experiencia más de la vida. No quiero ponerle etiquetas de bueno o malo. Sencillamente es algo más que estoy viviendo. No niego que es una experiencia que pone a prueba mi capacidad de resistir. De obligarme a pensar positivo y esperar siempre lo mejor a pesar de esto”.

Los días fueron pasando. Empecé a meditar en las mañanas y en las noches. Eso lograba calmar y controlar un poco mi ansiedad. Los síntomas físicos duraron solo tres días. Después de eso empecé a hacer algo de ejercicio. Sentadillas, lagartijas y abdominales. Incluso ponía mi música favorita y bailaba.

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Hablaba con varias personas por teléfono. De la embajada de Colombia en España me relacionaron con un médico infectólogo colombiano, residente en Madrid desde hacía unos 20 años. Conversaba con él casi todos los días.

Pasó de ser un extraño a ser un bastón, un amigo al que no solo le consultaba sobre temas médicos. Con el doctor Marco, de Montería, charlábamos sobre la deliciosa comida colombiana. Incluso le dije que mi mamá me había prometido que apenas llegara a Colombia, me haría un sancocho de gallina.

“Cuando llegues a tu casa tienes que mandarme la foto de tremendo plato”. También me contaba de su familia, de sus hijos, de su trabajo y de lo difícil que había sido el inicio de la pandemia en este país. “Esto parecía una guerra. Murieron muchas personas. Fue muy doloroso (…)”, contaba.

Día cuatro: el tiempo y la ansiedad

“Me siento un poco ansiosa. Acabo de caer en cuenta que me sudan las manos y el corazón me palpita más rápido. Tengo miedo de quedarme encerrada mucho tiempo. Trato de no pensar en los días que me quedan con este confinamiento. Solo quiero pensar en la recuperación y nada más. Hoy hablé con el doctor Marco y me hizo caer en cuenta que debo dejar de controlar el tiempo. Debo dejar que los días pasen. Lo importante es estar bien (...) Trataré de vivir un día a la vez.

No paro de soñar con abrazar de nuevo a mi mamá, a mis hermanos, de volver a ver a la gente que quiero. ¡ESTO NO ES FÁCIL, PERO PONDRÉ LO MEJOR DE MÍ PARA HACERLO LLEVADERO!”.

Los días fueron pasando, en la mayoría logré mantener un buen estado de ánimo. Seguía meditando para controlar la ansiedad que me producía el encierro. Empecé, incluso, a hacer las paces con la comida del hotel- hospital.

Por ejemplo, el desayuno era un pan, una aromática (a veces té o café) y un jugo en caja. Este era el menú de siempre hasta que un domingo cambiaron el pan por unos churros. ¡Casi lloro de la felicidad! Empecé a entender que podía tener la capacidad de celebrar las pequeñas cosas que me hacían sentir bien, pues debía lidiar todos los días con el rechazo y el miedo de los médicos y los enfermeros a contagiarse.

Ventana Hotel Vía Castellana, Madrid.
Ventana Hotel Vía Castellana, Madrid/ RCN Radio.

Día 11: la rabia

Exploté. Ya no quiero estar más tiempo en este lugar. Pienso que no me pueden tener más tiempo encerrada. Discutí con una de las médicas que estaba de turno. Le dije que esto ya sobrepasaba lo mental, que ya no quería estar más tiempo acá. Le grité. Le dije que necesitaba opciones porque no quiero estar más en este país. En un momento ella me pidió que me calmara. Me dijo que no era mi enemiga. Pero en ese momento, sí que la vi como una.  Quiero regresar a mi país, quiero abrazar a mi mamá, quiero comer comida colombiana. ¡Dios mío, cosas tan sencillas y elementales que tenía que ahora anhelo con todo mi corazón!”.

Estar encerrada y contagiada por un virus que ronda en cada rincón del planeta era estar en una montaña rusa de emociones. De la rabia pasaba a la tranquilidad, incluso a estar muy positiva. Ese día me realizaban la tercera prueba PCR y estaba confiada que saldría negativa porque ya me sentía bien.

Día 13: enfocarme en lo que tengo y no en lo que falta

“Indeterminada. Ni positiva, ni negativa. Ese fue el resultado de la tercera prueba PCR. Sentí tanta rabia y tristeza. Me quebré. Afortunadamente Dios me puso en el camino a varias personas a las que pude llamar. Una de ellas, fue a Juan Carlos Iragorri, un compañero de RCN Radio que vive muy cerca de Madrid. Lo llamé en un momento crítico y él me ayudó a ver otra perspectiva. Me hizo caer en cuenta de lo que tengo, de lo que no me pasó. Al final eso es lo que cuenta. Recordar lo que tenemos, lo que podemos sumar, lo que podemos dar. En medio de todo este drama; fui y soy privilegiada. Tengo mi trabajo, mi familia, buenos amigos, hago lo que me gusta. Además, tengo la enorme responsabilidad de no producir más tragedias por cuenta de este virus. Así que lo que tenga que pasar y el tiempo que deba estar acá, para no contagiar a otros. Este virus ha producido un daño muy grande en todo el mundo, en particular a las personas en España. No puedo ser egoísta. No en este momento, cuando la vida me demuestra que, aunque puede ser muy dura e injusta, la humanidad tiene enormes gestos de solidaridad”.

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Día 13 en la noche: el ataque de pánico

“A media noche me dio un ataque de pánico. Desde hace días vengo lidiando con esto, pero anoche no pude más. El corazón me palpitaba más rápido. El aire me faltaba y tenía la necesidad de salir corriendo, pero no podía. Así que levanté el teléfono y llamé. De inmediato llegaron, un doctor y tres enfermeros. No paraba de llorar. Les imploré que por favor me dejara salir un rato. Necesitaba salir a respirar otro aire”.

Este día fue uno de los más difíciles durante el confinamiento. Temblaba y sentía que no iba a poder. Que ya no era fuerte. El médico intentó hablarme de las posibilidades para salir pronto ya que las reglas del lugar solo dejaban salir con dos pruebas PCR negativas. Explicó que, según los parámetros del ministerio de Sanidad Español, cabía la posibilidad de salir porque desde hacía diez días no tenía síntomas y, por lo tanto, no sería un riesgo de contagio para los demás.

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Me dijo que él entendía la angustia que producía el encierro porque a estos hoteles, llegaban reclusos con covid-19 a cumplir cuarentenas, pero a los pocos días, ellos pedían ser trasladados de nuevo a las cárceles porque “era mejor estar en la cárcel que en este lugar”, aseguró.

El médico contó sobre lo difícil que fue el inicio de la pandemia para España. Los ojos se le encharcaron cuando recordó que nunca antes había visto a tantas personas morir. “Creo que esto parecía una guerra. No quiero volver a vivir algo así, por eso somos tan estrictos con tu salida. Afuera hay mucho dolor por las pérdidas de seres queridos”.

En ese momento sentí la nostalgia y la tristeza del médico y de los enfermeros. Por primera vez en este encierro y durante la pandemia, logré conectar con lo que estaba pasando en el mundo. Como periodistas estamos acostumbrados a la cotidianidad del dolor. Informamos sobre las muertes, las catástrofes, sin detenernos, en la mayoría de los casos, a sentir el alma de las personas. Ese día pude conectar con lo que sucedía y la ansiedad desapareció.

Confinamiento Covid-19 en España//Carolay Morales.
Confinamiento Covid-19 en España//Carolay Morales.

Día 16: libre

Si no soy capaz de enfrentar esta situación pues que pase lo que tenga que pasar. Ya no quiero pensar más en el tiempo que me queda. Solo me repito como un mantra: vamos a salir pronto de acá, vamos a salir pronto de acá (…) Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada la falta. Solo él basta”.

Así que, justo cuando empecé a soltar el resultado, ocurrió lo que más anhelaba. Salir de este encierro. ¡Estaba tan agradecida!

- “Recuerdo que ese día estábamos en videollamada y cuando me dijo que ya le daban salida, me arrodillé y la agradecí a Dios por eso. Pensé: ahora se va para un hotel mejor, donde estará por unos días mientras le programan de nuevo el vuelo a Colombia”.

- ¿Qué sintió cuando vio a su hija?, le pregunté a mi mamá. “Una felicidad muy grande, como si volviera a nacer (risas)”.

Me dieron el alta sobre el medio día de ese sábado 23 de noviembre. El médico dictaminó que, dado los exámenes de sangre, la prueba PCR indeterminada y cumplido el tiempo de aislamiento, (16 días) podía salir. Antes de irme no pude evitar conversar un poco más con Paco y Ana, dos de los enfermeros que me ayudaron durante el confinamiento.

En esta charla comprendí que, aunque estaba aislada no estaba sola. Paco, uno de los enfermeros que estuvo en uno de los momentos más críticos del confinamiento con el ataque de pánico, contó que después de esa noche, casi todo el personal médico en el hotel, estaba muy preocupado y pendiente. “Nosotros también la pasamos mal aquella noche. Verte así, tan angustiada, tan nerviosa, nos dolió mucho. Nosotros debemos hacer todo lo posible porque tú rebajes esa tensión, pero también somos humanos y nos duele”.

Ana, de 23 años, una enfermera recién graduada, también dijo que entendía lo difícil que era el encierro y en ocasiones, sentía impotencia por no “poder hacer más”. Lo cierto es que ellos lo hicieron todo. Al final, les agradecí con toda el alma y el corazón, por cada cosa que habían hecho por mí.

Y por fin salí. Respirar el aire de la calle y ver la gente caminando fue algo maravilloso. Mientras los organizadores del premio Rey de España me coordinaban el vuelo de regreso a Colombia, estuve dos días en un apartamento en el centro de Madrid.

Lo primero que comí fue una hamburguesa y luego probé las famosas “tapas”. También caminé mucho. Cuando llegué a principios de noviembre, estaban preparando todo el alumbrado navideño, así que, en la noche tuve la fortuna de ver listo este espectáculo sin igual en La Gran Vía.

Finalmente llegué a Colombia el primero de diciembre de 2020. Nunca antes había experimentado tanta gratitud. Me desbordaba. Abracé a mi mamá y fue lo más grande. Diez días después, volví a hacer una de las cosas que más me gusta en la vida. Salir a la calle, hablar con la gente y contar historias.  Mi trabajo adquirió un valor que no logro describir con palabras.

Gracias. Es la palabra que más pronuncio por estos días. Cierto que estamos viviendo tiempos difíciles, pero sin la solidaridad, esto sería imposible de superar.

Salida del hotel Vía Castellana, Madrid.
Salida del hotel Vía Castellana, Madrid// Carolay Morales.
Fuente

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