La tragedia en Mocoa ocurrida el 31 de marzo del año pasado cobró la vida de más de 300 personas y dejó cientos damnificadas.

Una casa que quedó en pie tras la avalancha en Mocoa.
Una de las pocas casas que quedaron en pie tras la avalancha en Mocoa.
Foto: RCN Radio

Algunos barrios como San Fernando y San Miguel afectados por la avalancha torrencial del 31 de marzo de 2017 son de nuevo habitados por algunas familias, pese a la advertencia de las autoridades sobre el riesgo.

Cuando se recorren los barrios,  lo primero que da cuenta de la magnitud de lo ocurrido son las enormes piedras en medio de algunas casas casi desechas.

Hay otras que solo tienen una pared o hasta dos. La maleza emerge entre algunos colchones, pedazos de silla y de muñecas  que aún quedan como evidencia de lo que fue esa terrible noche.

En medio de esa desolación, poco a poco la gente retorna a sus viviendas. No es fácil preguntar qué recuerda de esa noche. Las caras lo dicen todo.

Sin embargo, con rabia, miedo y un poco de resignación cuentan por qué llegaron o través al lugar que no querían volver.  

“No tenemos a donde ir. Desde diciembre no recibimos el subsidio de arriendo y no tenemos trabajo. Por eso preferimos devolvernos”, afirma Clara Córdoba habitante del barrio La Esmeralda.

Ella tenía su casa propia que quedó casi destruida. Intentó reconstruirla pero las autoridades en Mocoa le dijeron que la casa había que demolerla porque no era segura.

María Fernanda Adarmel Córdoba vivió en el barrio San Miguel. Allí murió  su hija de 22 años y su nieto de 18 meses a quien no ha podido enterrar.

Su nieto hace parte de los 76 desaparecidos en la avalancha, según cifras de la Cruz Roja Colombiana.

María Fernanda siempre ha pagado arriendo. Esa condición, según ella, la destinó a recibir menos ayudas que una persona con casa propia en Mocoa.

“Los primeros tres meses después de la emergencia recibí un subsidio de arriendo. Después de eso, como no tengo casa propia, el Gobierno me dejó de dar el subsidio”, asegura.

El recuerdo de la peor noche

 

La mayoría de las siete mil familias damnificadas por la avenida torrencial no quieren volver a recordar. El dolor está intacto.

El siguiente relato, es el testimonio de Camila Narváez de 22 años quien desde hace cinco meses retornó al barrio San Miguel.

Yo vivía en el barrio Los Laureles muy cerca de San Miguel con mis dos hijos, mi niño de cuatro años, mi bebé de tres meses, y mi esposo.

Fue lo peor. Comenzó a llover durísimo a las ocho de la noche como nunca antes había llovido. Ya me había dormido, pero mi esposo me dijo que se había levantado a tomar agua. Él me despertó. Dijo que había escuchado ruidos. Yo no le creí. Pensé que era broma: “dejá de joder”, le dije.

Él me alzó y me llevó a la ventana. Quedé paralizada. Yo miraba el agua que arrastraba a la gente. El río pasaba al frente de nuestra casa y se llevaba los carros, los cilindros de gas, los electrodomésticos, las personas…

En ese momento pasó la primera capa de la avalancha porque fueron tres capas. La gente gritaba: ¡auxilio! Algunos intentaban ayudar a las personas arrastradas por la corriente de lodo, de piedras y de agua. Mi hijo lloraba.

En la segunda capa, se nos metió todo el lodo a la casa y nos encerró. La puerta no se podía abrir.

Mi esposo partió una teja e intentó sacarnos por arriba. Subió primero a los niños y yo casi no puedo salir. Finalmente lo logré, pero estaba casi sin ropa.

Cuando estábamos sobre la teja, recuerdo que la casa vibraba. Tanto que la gente decía que no se veía nada, nosotros sí mirábamos clarito. Todo lo veíamos.

Cuando iba a llegar la tercera capa de la avalancha llegó una prima y nos ayudó a salir de ahí, pero al momento de salir, como todo estaba lleno de barro, alguien me recibió la niña y después de eso, todo fue un caos. Llegamos a un lugar más seguro pero mi niña había desaparecido.

Nos tocó amanecer en ese lugar pero yo quería salir a buscar a mi bebé. La gente me decía que no me fuera porque era peligroso.

Cuando amaneció la busqué por todos lados. Algunos me decían que mi hija había sido arrastrada, otros me decían que la habían visto en los brazos de una señora mona.

Yo buscaba desesperadamente a esa señora mona y la encontré como a las tres de la tarde. Sentí mucha emoción. Lloré mucho.

Esa señora me contó que la gente le decía que entregara a mi hija porque supuestamente yo estaba muerta. Entonces ella decía que hasta que no viera mi cuerpo, no la entregaría.  

Siempre estaré agradecida con esa señora que cuidó de mi bebé.

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