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Masacre de la Rochela, 30 años de impunidad

El ataque contra 15 funcionarios judiciales, amarrados e impotentes, puso en evidencia a un Estado que se asesinaba a sí mismo.

El lugar exacto de la masacre de la Rochela ha desaparecido en un punto entre Campo 23 y Puente Nuevo, en Santander, donde hoy está la Troncal del Magdalena. Pero el lastre por el nombre de una masacre se lo llevó el corregimiento cercano de La Rochela, donde se había planeado una diligencia judicial en la que se indagaba, entre otras cosas, el asesinato de un grupo de comerciantes, dos años atrás.

El miércoles 18 de enero de 1989 a las 11:00 estaba tan caliente el clima que nadie se atrevía a salir al sol en medio de la diligencia que adelantaba un grupo de 15 trabajadores judiciales, la mayoría de ellos de San Gil.

La programación fue interrumpida por un grupo de hombres armados que les instó a ser trasladados a otro lugar, con la excusa de no poder garantizarles allí su seguridad. Cuentan hoy en La Rochela que todos en la vereda sabían que eran paramilitares; incluso, algunos rumoraban que algo muy malo iba a pasar.

-Como eso era con esa plaga, una nunca anduvo con ellos ni nada.

-¿Cómo supo usted cuando pasaron los hechos?

-Cuando eso yo no estaba acá, porque yo me fui, los que mantenían por aquí… unos conocidos de por allá de Sogamoso me dijeron “váyase porque esto se va a putear”.

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Esos hombres, que se hicieron pasar como guerrilleros, les ordenaron desarmarse y luego, ante la impotencia de todos, los metieron en dos carros y los condujeron con las manos amarradas. Esos hombres con fusil amarraron a la ley, porque ellos eran la ley.

-¿De qué se acuerda de ese día?

-Yo me acuerdo que en esos días la Masacre fue allá abajo. Yo estaba viviendo por los lados de la Viscaína (Vereda).

-Después, cuando supo, ¿Qué pensó?

-Después de que supe tocó quedarse callado.

-¿Era a ley del silencio?

-Sí, tenía que callarse uno la boca, no decir nada.

El corto camino hacia la muerte

Bajo un sol inclemente los funcionarios anduvieron dos kilómetros, donde, en medio de la nada, los paramilitares al mando de alias ‘el negro Vladimir’ dispararon una lluvia de balas contra los carros donde yacían totalmente impotentes las víctimas. Lo demás lo contó, en un documental realizado como medida de reparación a las víctimas, Manuel Díaz Navas, uno de los tres sobrevivientes.

Para mí fueron horas, pero lo que yo no podía entender era cómo yo vivía todavía, porque yo sentía los proyectiles cuando me pegaban en el cuerpo… Cuando eso se termina ni yo mismo lo podía creer, ya se acabó”, recordó.

En contexto30 años después, mirada a 1989, uno de los años más violentos de nuestra historia

Describió cómo casi milagrosamente pudieron él y dos de sus compañeros salvar sus vidas en ese momento: “Comienzo a oír que hay una persona que está dando el tiro de gracia al otro grupo de compañeros, ya en el piso. Alguien gritó allá '¡vámonos vámonos, ya no más, vámonos!', porque venía un carro escalera y fue cuando apuraron y al grupo de nosotros no alcanzaron a hacerle el primer tiro”.

Murieron  Mariela Morales Caro (jueza), Pablo Antonio Beltrán (juez), Samuel Vargas (conductor), Gabriel Enrique Vesga (policía judicial), Cesar Augusto Morales (policía judicial), Yul Germán Monroy (investigador), Carlos Fernando Castillo (secretario), Orlando Morales (investigador), Virgilio Hernández (secretario), Benhur (investigador), Luis Orlando Hernández, (investigador), Arnulfo Mejía (conductor).

Réplica del jeep involucrado en la masacre de La Rochela, en 1989
Esta es una réplica del Toyota 4x4 utilizado durante la masacre de La Rochela, el 18 de enero de 1989, perpetrada por un grupo paramilitar, en el cual 12 de los 15 funcionarios judiciales que investigaban varios delitos en la zona fueron asesinados. Está en exhibición en el museo de la Fiscalía General, en Bogotá.
AFP

Hubo tres sobrevivientes: Manuel Díaz, Wilson Mantilla y Arturo Salgado. Los dos primeros alcanzaron a llegar a un camión que los sacó del lugar, pero Arturo Salgado no pudo alcanzarlos.

¿Cómo sobrevivió Arturo Salgado?

En este punto del relato entra Jesús 'Chucho' Villamizar, un fotógrafo, quien ese miércoles recibió una llamada en las oficinas en su periódico Vanguardia Liberal. Al otro lado de la línea le dijeron que algo muy grave había ocurrido cerca al Puente del Opón. Quiso confirmar con su fuente en la calle.

“Lo primero que hice fue llamar a la funeraria. En la funeraria ya tenían el dato y estaban alistando el viaje, con 15 cajones”, recuerda

Chucho se dirigió al lugar junto con otras dos personas. Nos relata un hecho del cual no se conocía. Cuando recorrían la vía en una camioneta del periódico, dos kilómetros de la zona conocida como Campo 23 vieron dos camperos.

Pensaron que ese era el lugar y se detuvieron un poco más adelante. El fotógrafo recuerda el horror que sintió al ver que eran hombres armados. Quedó paralizado y aseguró que vio a un extranjero tristemente recordado en Colombia.

"Me dijeron 'siga que por ahí encuentran'. Pues claro, ellos vieron la camioneta con el logotipo de Vanguardia Liberal ¿Qué más identificación necesitábamos? Yo me devolví pero a mí me dio mucho miedo y sobre mi mente quedó grabada una persona que estaba en el segundo campero… Yo empece a pensar y tomé la determinación que era Yair Klein, el mercenario israelí”, reveló.

Tres kilómetros después encontraron uno de los jeeps donde se habían llevado a los funcionarios, pintado con mensajes alusivos a las Farc, un distractor que dejaron los paramilitares. En ese automóvil había un hombre muerto, abaleado cruelmente.

Chucho es un fotógrafo de orden público con 40 años de experiencia en el Magdalena Medio, por eso cuidaba cada uno de sus pasos para no encontrarse con “tierra fresca” bajo la cual pudiera haber una mina.

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Caminó a una zanja a unos 20 metros de la primera escena donde reconoció lo que parecía ser el cuerpo de otra persona, giró para avisarle a su compañera, quien al mismo tiempo observaba aterrada lo que comenzaba a pasar a la espalda del fotógrafo.

Agrega que “cuando yo estoy haciéndole señas a la periodista, yo estaba de espaldas a la otra persona. Cuando vi que ella hizo los ojos así (abrió mucho los ojos) y salió corriendo, entonces yo voltee a mirar y el señor se estaba levantando, yo quise correr también, pero entendí que el señor me estaba pidiendo auxilio”.

Era en efecto el tercer sobreviviente, Arturo Salgado, a quien las heridas le habían impedido seguir el paso de sus otros dos compañeros sobrevivientes.

En medio del pánico, el equipo periodístico continuó su camino sin llevarse al hombre malherido y lo que pasó luego le confirmó que esa, sin querer, fue la decisión que les salvó la vida, porque más adelante, al encontrar a las demás víctimas en el camino, llegó otro carro del cual se bajó un hombre con una pistola y un arma de asalto terciada. y Jesús sintió con toda convicción que lo iban a matar.

“Esa persona se me vino y me dijo ‘¡No vaya a tomar fotos!’ y empezó a revisar muerto por muerto, les pegaba con el pié, con la pistola en la mano, y yo entendí que venían a rematar. También pensé en el señor que había quedado atrás, el señor del primer jeep, o sea que si hubieran encontrado a alguien lo hubieran matado y nos habría matado a nosotros. Esa persona no demoró mucho y se fue” relata.

Luego de reponerse, Jesús tomó las fotos que revelarían al mundo la Masacre de la Rochela y volvieron con sus compañeros, sobre sus pasos para encontrarse de nuevo con Arturo Salgado, que yacía aún malherido en la zanja.

Es esta oportunidad el instinto de salvar una vida pudo más que el de perder la propia, porque todos sabían que si se encontraban de nuevo con los hombres del campero no vivirían para contar la historia.

“Entonces yo lo pude sacar pero ese señor pesaba mucho. Mi Dios me dio tanta fuerza que lo pude sacar, yo lo saqué de allá y ya la camioneta echó reversa y lo echamos al platón de la camioneta. Yo no lo podía dejar así”, recuerda profundamente conmovido”, describió.

La camioneta, a toda velocidad, saltaba en medio de la trocha y mientras Chucho atendía a Arturo sintió un sonido que se le dio su primer aliento de esperanza: arriba, en el cielo, un helicóptero del Ejército los rondaba. Minutos después se encontraron con un retén de fuerza pública en la vía.

En uno de los homenajes a las víctimas en 2010, Arturo Salgado envió a través de Tele San Gil, un medio local, un mensaje a Jesús Villamizar.

“Primero que todo, al señor Villamizar, le voy a mandar en nombre mío y de mí familia, mis más sentidos agradecimientos por haberme salvado la vida. Me quiero encontrar con él en algún lugar, para darle un abrazo de gratitud especial”, dijo.

Nunca volvieron a encontrarse. Arturo murió hace cinco años por causas naturales sin darle ese abrazo.

El Estado suicida

Jesús Vaquero Agudelo, alias ‘vladimir’ confesó tiempo después que el crimen fue una asociación de narcos y paramilitares, cada uno con razones distintas para evitar que la justicia del Estado llegara al lugar.

Pero también confesó la participación de altos miembros de la Policía, el Ejército y dirigentes políticos: miembros del Estado que se unieron para matar a otros miembros del Estado.

Según el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo los ‘paras’ querían evitar las investigaciones por la muerte de un grupo de comerciantes, el narcotráfico quería impedir que actuaran contra laboratorios que tenían a plena vista a orillas de la carretera, otros querían impedir indagaciones por víctimas de la Unión Patriótica.

Por su parte, ‘Vladimir’ aseguró ante la justicia que hubo reuniones previas en la finca Las Palmeras de Gonzalo Rodríguez Gacha, también participación de políticos locales, incluso una orden a un batallón para no prestar acompañamiento y hasta recriminaciones de la fuerza pública por haber dejado sobrevivientes.

El difunto general del Ejército Farouk Yanine Díaz fue procesado por estos hechos, pero su supuesta participación no contó con un fallo de fondo.

Aunque la confesión de 'vladimir' le sirvió a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para condenar al país, tras 30 años de la matanza, no se conocen los determinadores que desde el Estado planearon el asesinato. 

La condena de la justicia internacional obligó a Colombia a reconocer su responsabilidad en los hechos, la cual se concretó el 6 de junio de 2014, en la voz del entonces ministro de Justicia, Alfonso Gómez Méndez.

“El estado colombiano reconoce su responsabilidad, por acción y por omisión, en la comisión de esta masacre, conforme a lo dictaminado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en sentencia proferida el 11 de mayo de 2007”, dijo Gómez Méndez.

Se han ejecutado otras medidas de reparación y de reconocimiento público de la verdad, pero los familiares de las víctimas aún no descansan, porque se trató de un crimen del Estado contra sí mismo, contra personas que murieron cuando iban a ejercer la ley y que tras 30 años reciben impunidad e injusticia.