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Puerto Alvira, Meta
Puerto Alvira, Meta
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Puerto Alvira es un corregimiento al que se llega tras navegar por una hora desde su municipio, Mapiripán (Meta), esquivando troncos de árboles a la deriva sobre el río Guaviare.

Usted sabe que llegó porque aparece una ceiba, que es la cosa más grande que hay en Puerto Alvira, y de la que despegan miles de semillas cuando sopla el viento. Semillas como plumas redondas, del tamaño de una pelota de tenis, que vuelan desde el Meta para conquistar el Guaviare al otro lado del río.

Ya en tierra, el puerto recibe a la gente con una maraña de almacenes construidos en cemento, con gente ofreciendo gaseosa, arroz, cercas para fincas, alimento para el ganado y aparatos eléctricos. Resalta de otros caseríos en la ribera donde apenas hay ranchos de madera y lata, esa primera imagen es la de un puerto próspero pero es una impresión que se va deshaciendo.

Israel Rodríguez nos espera en una esquina con una sonrisa enorme y unos ojos azules tristes.

“Aquí vivía mucha gente, aquí había mucha mucha humanidad, era un centro comercial muy hermoso, desde arriba donde hay un potrero, hasta abajo donde había una bomba de gasolina” dice con orgullo y de pronto su semblante se hace más lúgubre.

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Mientras mira eso que ya no existe: “Era un centro comercial donde se convivía, se reía, se jugaba, había recreación, mas no había guerra (...) Pero llegaron los rigores de la guerra y se terminó todo”.

No es entusiasmo lo que delata su voz, es nostalgia. Porque adentrarse en Puerto Alvira es como ir asistiendo a su muerte. Las paredes de la casa siguiente siempre están más agrietadas, las personas empiezan a escasear y al llegar a la segunda calle ya no hay más que un silencio que rompe el ruido de las latas de los tejados golpeadas por el viento.

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Así muere Puerto Alvira, desde hace 21 años

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El lugar de la segunda masacre

¿Por qué estamos en un pueblo que parece un fantasma? Así recuerda María Jaramillo, una anciana, lo que pasó hace exactamente 21 años.

“Era una tarde como lluviosa, cuando entró esa gente como a la 1:00 de la tarde, todos encapuchados y a todos les decían ‘¡a tierra hijuetantas!’. Quedó la gente tirada en el suelo en el polideportivo, tirada ahí, gente inocente que mataron ahí”.

Y repite, con una tristeza remota y vívida a la vez: “Gente inocente la que mataron ahí”.

Recuerda luego el olor del Puerto Alvira luego de esa muerte masiva, entre los residuos de pólvora, el fuego y los cadáveres.

“A los 8 días (sic) volví y no olía sino como a muerto todo este pueblo, huele a feo, de todos los que mataron”, rememora.

A Puerto Alvira también le llaman Caño Jabón. Comenzó su agonía el 4 de mayo de 1998, cuando masacraron a 29 personas, la mayoría de las cuales fue incinerada al lado de la ceiba.

A esta matanza la recuerdan en la zona como “la segunda masacre”. La primera fue la de Mapiripán, efectuada un año antes por los mismos paramilitares al mando de Carlos y Vicente Castaño, quienes la planearon en una finca del esmeraldero Víctor Carranza. Un ataque a sangre y fuego contra lo que llamaban el pulmón económico de las Farc.

Según sus pobladores, Puerto Alvira había florecido gracias a los cultivos de coca que convirtieron a muchas zonas en emporios de narcotraficantes.

Uno de sus pobladores reconoce que “antes Puerto Alvira era una población donde la base de la economía era la coca. Esto aquí se movían a diario casi 500 o 600 millones diarios de comercio acá, y después de la incursión paramilitar quedó un pueblo fantasma”.

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Los pobladores recuerdan que antes de la masacre, los paras habían mandado un aviso: un bus que llegaba tras un día de viaje desde Villavicencio, fue enviado con la cabeza de un hombre pegada al radiador, a la vista de todos. El terror había llegado.

Israel se define como un despojo de la guerra, no a su pueblo sino a él. Y es que siempre somos un poco el lugar que habitamos. Hoy su vivienda es ocupada por una familia indígena desplazada de las selvas del Guaviare, pero quiere recuperarla, aunque de esa casa ya no queda mucho.

Pared de casa abandonada Puerto Alvira
Pared de casa abandonada Puerto Alvira
RCN Radio

Las casas hablan

La inspección de policía es un cubo de paredes blancas con huecos de balas. Está vacía, pero los balazos hablan. Al otro lado de la calle hay un puesto de salud que se ve casi nuevo, con una camilla moderna y un mostrador. Nadie lo atiende.

El monte se comió la pista aérea y si no es por un mojón con una placa nadie sabría que allí hubo alguna vez un pequeño aeropuerto.

En Caño Jabón las paredes de las casas comenzaron a desvanecerse, las latas abandonaron a sus carros, al asomarse por una ventana no podemos saber si hay más selva adentro que afuera, las puertas ya no tienen a quién abrirse, los techos salieron a volar.

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Sin embargo, muchas de las paredes que se resisten a la avalancha lenta e inexorable de la selva se llenaron de mensajes escritos por parejas que se dedicaban su amor, o por amigos que se dedicaban sus bromas de mal gusto.

¿Qué fue de Alex y su novia Disney, que escribieron hace mucho que se amaban en una pared?

¿Quién sembró esté árbol seco frente a la casa que era rosada?

¿Qué pasó con Yudi Helena, que le dio nombre a lo que era un restaurante?

¿Quién atiende este hospedaje recién pintado y que no recibe nunca a nadie?

Nadie volvió al billar y sus mesas se ven como llenas de arena.

Se puede sentir que en ese lugar desolado en otro tiempo rebosaba la vida, como en un pueblo, todos se conocían. Los que sobrevivieron vieron morir y quemarse a sus amigos, muchas personas aterradas saltaron al río Guaviare y ese río de selva se las tragó. Casi todos los demás se fueron de ese sitio.

Una barba como la del Che

Israel habla de Alejandro Sáenz, quien murió por las balas de un hombre a quien se le ocurrió que su barba se parecía a la del Che Guevara. Aunque parezca tan demente como infantil, esa fue la razón de su muerte, que su barba lo hacía ver como un guerrillero.

Rubiela era su esposa, ahora atiende con esmero una de las tiendas del comercio.

Luego de la masacre, Rubiela tomó diez cervezas cada día durante doce años para poder dormir y para olvidar, pero no olvidó. Frente a su tienda está la cancha donde “el sapo” sentenciaba a quienes consideraba guerrilleros o colaboradores de la guerrilla. Alejandro, hay que decirlo, no era un guerrillero.

Aún con la pobreza, con el dolor por la muerte de su esposo y la impunidad por la masacre, aún sin tener ni siquiera las condiciones mínimas de vida, esta mujer continúa persistiendo en habitar un pueblo que pasó de tener 4 mil personas a menos de 100.

La hija de Rubiela y Alejandro tenía 3 años cuando mataron a su padre. Una de las primeras frases complejas que pronunció, recuerda su abuela, fue que necesitaba una pistola para matar a los asesinos de su papá.

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Este afán de venganza, pueril, desde la inocencia de una niña que vio la guerra frente a sus ojos, se disipó con el tiempo. Hoy no vive en Caño Jabón.

Así sigue marchitándose Puerto Alvira, en el silencio que dejó la muerte. Aunque, a veces, detrás de los árboles aparecen niños que corren como jugando con alguien más y le suman alegría a este lugar desvalijado.

Fuente

RCN Radio

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