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Vladimir Putin
Vladimir Putin, presidente de Rusia.
AFP

El hombre que con su presencia en el estadio Luzhniki dio inicio, como anfitrión, al Mundial de Fútbol, es un personaje que nunca pasó inadvertido. A pesar de que, como buen ruso, sonríe poco y habla poco y mantiene con recelo los detalles de su intimidad, Putin es una verdadera caja de sorpresas pero también de incógnitas.

A sus 66 años, Putin, nacido en San Petersburgo -en ese tiempo, Leningrado-, se crió en las calles en un ambiente de gamberros y aprendió a sobrevivir en medio de la hostilidad. Muchos años después, siendo ya el hombre más poderoso de Rusia, reconoció que esa infancia marcó su carácter. "Las calles de Leningrado me enseñaron que si la lucha es inevitable tienes que pegar primero", dijo en una declaración que le dio la vuelta al mundo.

La narrativa construida a su alrededor consigna que al presidente ruso le gusta lucir impecable en todo momento y por eso sus trajes están hechos a la medida; sus marcas favoritas son Kiton i Brioni, y prefiere los colores negros, azules marinos y grises. En cuanto a los zapatos, se inclina por John Lobb o Ferragamo, y cuando luce relojes -al parecer tiene 11- prefiere los Blancpain.

Este hombre que podría durar en el poder tanto como Stalin, es la personificación del alma rusa que adora la fuerza y la vitalidad. Por eso, juega hockey, esquía, lucha cuerpo a cuerpo y es doctor en judo de la Universidad de Yonin. También le gusta la equitación y el rafting y es muy bueno disparando dardos, como cuando le encajó un somnífero a un tigre.

Vladimir Putin fue espía del Comité de Seguridad del Estado, la famosa y tristemente célebre KGB. Allí lo conocían con el nombre de Platov. En esa labor estaba, en Dresde (Alemania), cuando lo sorprendió la caída de la Unión Soviética. Volvió a su país y de la mano de Boris Yeltsin llegó a la dirección de los servicios de seguridad de Rusia.

El presidente ruso, reelegido hasta el 2024, se divorció oficial y públicamente de su esposa Liudmila Ocheretnaia hace cinco años. Ella es la madre de sus hijas, Katia y Marcia. Ese divorcio fue un acontecimiento mediático que ocasionó un debate sobre la conveniencia o no de que el jefe de Estado regresara a la soltería y si era sano para sus inmensas responsabilidades.

De Putin se ha dicho de todo. Se han realizado exposiciones sobre su vida, como "Universo Putin", en Londres, y es sabido que cuando la gente lo ve le regala cosas o se las pide. Se calcula que su salario llega a los 160 mil dólares anuales y versiones periodísticas afirman que solo posee un terreno de 1500 metros cuadrados, un apartamento de 77 metros cuadrados y un garaje.

Su influencia y popularidad se atribuyen a su franqueza y a su carácter fuerte y autoritario, algo que, dicen los nostálgicos de los tiempos soviéticos, es fundamental para conducir al país más grande del mundo por los caminos del control y la estabilidad.

A los rusos no les gusta hablar de política, pero parecen muy contentos con que su presidente le dé a su país un lugar en el mundo y continúe siendo un factor de contrapeso ante Occidente.

Vladimir Putin, ese hombre que se distrajo, para sorpresa de los asistentes, tocando el piano mientras esperaba al presidente de China, no habla mucho pero obra demasiado, para bien o para mal. Nadie sabe si terminará cambiando la constitución para quedarse eternamente en el poder. Pero a nadie le extrañaría.

Para ese propósito le ayuda el factor KGB. Eso se traduce en su obsesión por el manejo de la información clave, estratégica, y por la seguridad. ¿Qué sabe realmente de Donald Trump? ¿Qué más sabe de ISIS? ¿Qué sabe de Nicaragua, Cuba y Venezuela?

Conservar información, acumularla, le ha dado este inmenso poder. En este Mundial lo hemos visto. Podría decirse que el régimen de Putin sabe bien y con detalles quién, cuándo, cómo y dónde, puso un pie en terreno ruso.

Los turistas hemos sido objeto de permanentes revisiones y constataciones, mediante una red de información que va desde el cajero que cambia los dólares por rublos, pasando por la dependienta que te vende el desodorante, el recepcionista del hotel y el que arregla la habitación. 

Eso sin contar las decenas de policías, vestidos de azul o de civil, que te ponen los ojos encima. Dicha exhibición es en realidad un despliegue de poder, del poder de Putin de saberlo todo. Ahí están las claves de su insólita presencia en el concierto internacional y su permanencia prolongada en el poder.

Por Juan Manuel Ruiz, enviado especial a Rusia.

Fuente

RCN Radio

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