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Gracias a la existencia de los libros, que por fortuna precipitaron cambios irrefrenables en las civilizaciones, también existen diversas clases de lectores. Hay quienes leen por placer, quienes lo hacen por curiosidad, quienes lo hacen por vocación, quienes leen por obligación y quienes leen porque saben que tarde o temprano van a dedicarse a escribir. Por supuesto, hay muchas más razones. Cada quien tiene la suya.

En el gran ensayo “Sobre la lectura” (1982), el filósofo colombiano Estanislao Zuleta habla de la lectura como la posibilidad de reunir la capacidad de admiración del camello, la capacidad de oposición del león y la capacidad de creación del niño, todo ello en relación con el texto que se le propone y que se comunica al lector. La lectura, dice Zuleta, es una abierta invitación a descifrar y obligación de interpretar.

Si bien los libros hacen parte de las grandes transformaciones de las grandes civilizaciones, aún hay mucha gente que no lee; que no mira, ni por curiosidad, un libro. Pero pueden seguir adelante en sus vidas, sin lío, porque seguramente la lectura no es una actividad vital que les de un motivo. No saben de lo que se pierden.

Quise escribir sobre la lectura, porque me encontré con un artículo de El Espectador que dedica unas buenas líneas a un asunto que no es menor entre los amantes de la lectura: subrayar o no subrayar. Conozco intelectuales muy connotados que consideran un sacrilegio subrayar un libro. El libro, para ellos, es un objeto sagrado, al que no se le puede imponer mácula alguna, y sobre el que debe haber una suerte de devoción.

Pero hay otros lectores que sentimos verdadera pasión, a veces irrefrenable, por la posibilidad de subrayar un libro que realmente nos subyuga o nos atrapa. Las primeras personas que me regalaron libros cuando niño, o ya en la universidad, solían estampar en las hojas iniciales dedicatorias que eran ya una incursión o un incordio.

Yo seguí con esa práctica, y si bien no hago dedicatorias en un libro del que no soy autor, sí subrayo frases del autor que me parecen poderosas o sobre las cuales valdría la pena detenerse. Esto, en el caso de la literatura. Porque cuando se trata de libros de no-ficción, libros periodísticos o históricos, mi primer impulso es detectar posibles errores o inconsistencias. No lo hago por placer, advierto. Es pura necedad. Cazar esos datos, contradicciones e incongruencias me permite estar absolutamente concentrado en la lectura.

Antes tenía la pésima práctica de escribirle al autor –si era posible—para contarle lo que había encontrado. Pero como pronto me di cuenta de que no siempre era bien recibido el dato de tal o cual incongruencia por parte de quien había escrito el texto, decidí dejar eso atrás y guardar el dato para mí. Sin embargo, tengo la convicción ingenua de que leer un texto ajeno y subrayarlo, es el mejor homenaje que se le puede hacer al escritor, al autor. Señal, por ejemplo, de que no me he dormido en el camino, no he seguido de largo ante una fecha, ni me ha sido indiferente lo que ha querido armar con su relato o con su investigación.

Adicionalmente, lo hago porque soy el primero en reconocer que cuando se escribe se yerra, se puede faltar a la precisión, porque la conexión entre lo que estoy pensando y lo que escribo no es necesariamente proporcional. Escribir es también visualizar una historia que queremos contar, pero no necesariamente lo logramos evidenciar en la hoja en blanco. La mente vuela y la retina salta. Esos pequeños diablillos suelen estar por ahí, al acecho.

Lo otro es que más allá de los gazapos, subrayar un texto es establecer una relación con él. Es darle vida. Los libros son seres vivos que están a la espera de hacer contacto con nosotros y contarnos una historia. Cuando lo abrimos y lo leemos, los sacamos de su dormición o de su reposo. Cuando los subrayamos, les damos valor a sus virtudes o defectos, que, para el caso vienen siendo lo mismo.

Por esa razón, ni establezco con el libro una relación sagrada sino de amistad y de cariño. Cuando lo subrayo, le resalto una virtud. Le doy un valor especial. Creo que si queremos medir qué valor le da un lector a un libro, un indicador interesante está en sus líneas subrayadas. Un texto sin una mancha, sin una arruga, sin una palabra o línea subrayada, puede significar una lectura que no tuvo mayor valor o una señal de que algo pasó, algo extraño o recóndito ocurrió en la mente del lector.

Fuente

RCN Radio

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